2 de octubre 2008, Día Internacional de la No-Violencia
DOCUMENTO HUMANISTA
Los
humanistas son mujeres y hombres de este siglo, de ésta época. Reconocen los
antecedentes del humanismo histórico y se inspiran en los aportes de las
distintas culturas, no solamente de aquellas que en este momento ocupan un lugar
central. Son, además, hombres y mujeres que dejan atrás este siglo y este
milenio, y se proyectan a un nuevo mundo.
Los
humanistas sienten que su historia es muy larga y que su futuro es aún más
extendido. Piensan en el porvenir, luchando por superar la crisis general del
presente. Son optimistas, creen en la libertad y en el progreso social.
Los
humanistas son internacionalistas, aspiran a una nación humana universal.
Comprenden globalmente al mundo en que viven y actúan en su medio inmediato. No
desean un mundo uniforme sino múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y
costumbres; múltiple en las localidades, las regiones y las autonomías; múltiple
en las ideas y las aspiraciones; múltiple en las creencias, el ateísmo y la
religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en la creatividad.
Los
humanistas no quieren amos; no quieren dirigentes ni jefes, ni se sienten
representantes ni jefes de nadie. Los humanistas no quieren un Estado
centralizado, ni un Paraestado que lo reemplace. Los humanistas no quieren ejércitos
policíacos, ni bandas armadas que los sustituyan.
Pero
entre las aspiraciones humanistas y las realidades del mundo de hoy, se ha
levantado un muro. Ha llegado pues, el momento de derribarlo. Para ello es
necesaria la unión de todos los humanistas del mundo.
I.
El capital mundial
He
aquí la gran verdad universal: el dinero es todo. El dinero es gobierno, es
ley, es poder. Es, básicamente, subsistencia. Pero además es el Arte, es la
Filosofía y es la Religión. Nada se hace sin dinero; nada se puede sin dinero.
No hay relaciones personales sin dinero. No hay intimidad sin dinero y aún la
soledad reposada depende del dinero.
Pero
la relación con esa “verdad universal” es contradictoria. Las mayorías no
quieren este estado de cosas. Estamos pues, ante la tiranía del dinero. Una
tiranía que no es abstracta porque tiene nombre, representantes, ejecutores y
procedimientos indudables.
Hoy
no se trata de economías feudales, ni de industrias nacionales, ni siquiera de
intereses de grupos regionales. Hoy se trata de que aquellos supervivientes históricos
acomodan su parcela a los dictados del capital financiero internacional. Un
capital especulador que se va concentrando mundialmente. De esta suerte, hasta
el Estado nacional requiere para sobrevivir del crédito y el préstamo. Todos
mendigan la inversión y dan garantías para que la banca se haga cargo de las
decisiones finales. Está llegando el tiempo en que las mismas compañías, así
como los campos y las ciudades, serán propiedad indiscutible de la banca. Está
llegando el tiempo del Paraestado, un tiempo en el que el antiguo orden debe ser
aniquilado.
Parejamente,
la vieja solidaridad se evapora. En definitiva, se trata de la desintegración
del tejido social y del advenimiento de millones de seres humanos desconectados
e indiferentes entre sí a pesar de las penurias generales. El gran
capital domina no solo la objetividad gracias al control de los medios de
producción, sino la subjetividad gracias al control de los medios de comunicación
e información. En estas condiciones, puede disponer a gusto de los recursos
materiales y sociales convirtiendo en irrecuperable a la naturaleza y
descartando progresivamente al ser humano. Para ello cuenta con la tecnología
suficiente. Y, así como ha vaciado a las empresas y a los estados, ha vaciado a
la Ciencia de sentido convirtiéndola en tecnología para la miseria, la
destrucción y la desocupación.
Los
humanistas no necesitan abundar en argumentación cuando enfatizan que hoy el
mundo está en condiciones tecnológicas suficientes para solucionar en corto
tiempo los problemas de vastas regiones en lo que hace a pleno empleo,
alimentación, salubridad, vivienda e instrucción. Si esta posibilidad no se
realiza es, sencillamente, porque la especulación monstruosa del gran capital
lo está impidiendo.
El
gran capital ya ha agotado la etapa de economía de mercado y comienza a
disciplinar a la sociedad para afrontar el caos que él mismo ha producido.
Frente a esta irracionalidad, no se levantan dialécticamente las voces de la
razón sino los más oscuros racismos, fundamentalismos y fanatismos. Y si es
que este neo-irracionalismo va a liderar regiones y colectividades, el margen de
acción para las fuerzas progresistas queda día a día reducido. Por otra
parte, millones de trabajadores ya han cobrado conciencia tanto de las
irrealidades del centralismo estatista, cuanto de la falsedades de la democracia
capitalista. Y así ocurre que los obreros se alzan contra sus cúpulas
gremiales corruptas, del mismo modo que los pueblos cuestionan a los partidos y
los gobiernos. Pero es necesario dar una orientación a éstos fenómenos que de
otro modo se estancarán en un espontaneísmo sin progreso. Es necesario
discutir en el seno del pueblo los temas fundamentales de los factores de la
producción.
Para
los humanistas existen como factores de la producción, el trabajo y el capital,
y están demás la especulación y la usura. En la actual situación los
humanistas luchan porque la absurda relación que ha existido entre esos dos
factores sea totalmente transformada. Hasta ahora se ha impuesto que la ganancia
sea para el capital y el salario para el trabajador, justificando tal
desequilibrio con el “riesgo” que asume la inversión... como si todo
trabajador no arriesgara su presente y su futuro en los vaivenes de la
desocupación y la crisis. Pero, además, está en juego la gestión y la decisión
en el manejo de la empresa. La ganancia no destinada a la reinversión en la
empresa, no dirigida a su expansión o diversificación, deriva hacia la
especulación financiera. La ganancia que no crea nuevas fuentes de trabajo,
deriva hacia la especulación financiera. Por consiguiente, la lucha de los
trabajadores ha de dirigirse a obligar al capital a su máximo rendimiento
productivo. Pero esto no podrá implementarse a menos que la gestión y dirección
sean compartidas. De otro modo, ¿cómo se podría evitar el despido masivo, el
cierre y el vaciamiento empresarial? Porque el gran daño está en la subinversión,
la quiebra fraudulenta, el endeudamiento forzado y la fuga del capital, no en
las ganancias que se puedan obtener como consecuencia del aumento en la
productividad. Y si se insistiera en la confiscación de los medios de producción
por parte de los trabajadores, siguiendo las enseñanzas del siglo XlX, se debería
tener en cuenta también el reciente fracaso del socialismo real.
En
cuanto a la objeción de que encuadrar al capital, así como está encuadrado el
trabajo, produce su fuga a puntos y áreas más provechosas ha de aclararse que
esto no ocurrirá por mucho tiempo más ya que la irracionalidad del esquema
actual lo lleva a su saturación y crisis mundial. Esa objeción, aparte del
reconocimiento de una inmoralidad radical desconoce el proceso histórico de la
transferencia del capital hacia la banca resultando de ello que el mismo
empresario se va convirtiendo en empleado sin decisión dentro de una cadena en
la que aparenta autonomía. Por otra parte, a medida que se agudice el proceso
recesivo, el mismo empresariado comenzará a considerar éstos puntos.
Los
humanistas sienten la necesidad de actuar no solamente en el campo laboral sino
también en el campo político para impedir que el Estado sea un instrumento del
capital financiero mundial, para lograr que la relación entre los factores de
la producción sea justa y para devolver a la sociedad su autonomía arrebatada.
II.
La democracia formal y la democracia real
Gravemente
se ha ido arruinando el edificio de la democracia al resquebrajarse sus bases
principales: la independencia entre poderes, la representatividad y el respeto a
las minorías.
La
teórica independencia entre poderes es un contrasentido. Basta pesquisar en la
práctica el origen y composición de cada uno de ellos, para comprobar las íntimas
relaciones que los ligan. No podría ser de otro modo. Todos forman parte de un
mismo sistema. De manera que las frecuentes crisis de avance de unos sobre
otros, de superposición de funciones, de corrupción e irregularidad, se
corresponden con la situación global, económica y política, de un país dado.
En
cuanto a la representatividad. Desde la época de la extensión del sufragio
universal se pensó que existía un solo acto entre la elección y la conclusión
del mandato de los representantes del pueblo. Pero a medida que ha transcurrido
el tiempo se ha visto claramente que existe un primer acto mediante el cual
muchos eligen a pocos y un segundo acto en el que estos pocos traicionan a los
muchos, representando a intereses ajenos al mandato recibido. Ya ese mal se
incuba en los partidos políticos reducidos a cúpulas separadas de las
necesidades del pueblo. Ya, en la máquina partidaria, los grandes intereses
financian candidatos y dictan las políticas que éstos deberán seguir. Todo
esto evidencia una profunda crisis en el concepto y la implementación de la
representatividad.
Los
humanistas luchan para transformar la práctica de la representatividad dando la
mayor importancia a la consulta popular, el plebiscito y la elección directa de
los candidatos. Porque aún existen, en numerosos países, leyes que subordinan
candidatos independientes a partidos políticos, o bien, subterfugios y
limitaciones económicas para presentarse ante la voluntad de la sociedad. Toda
Constitución o ley que se oponga a la capacidad plena del ciudadano de elegir y
ser elegido, burla de raíz a la democracia real que está por encima de toda
regulación jurídica. Y, si se trata de igualdad de oportunidades, los medios
de difusión deben ponerse al servicio de la población en el período electoral
en que los candidatos exponen sus propuestas, otorgando a todos exactamente las
mismas oportunidades. Por otra parte, deben imponerse leyes de responsabilidad
política mediante las cuales todo aquel que no cumpla con lo prometido a sus
electores arriesgue el desafuero, la destitución o el juicio político. Porque
el otro expediente, el que actualmente se sostiene, mediante el cual los
individuos o los partidos que no cumplan sufrirán el castigo de las urnas en
elección futura, no interrumpe en absoluto el segundo acto de traición a los
representados. En cuanto a la consulta directa sobre los temas de urgencia, cada
día existen más posibilidades para su implementación tecnológica. No es el
caso de priorizar las encuestas y los sondeos manipulados, sino que se trata de
facilitar la participación y el voto directo a través de medios electrónicos
y computacionales avanzados.
En
una democracia real debe darse a las minorías las garantías que merece su
representatividad pero, además, debe extremarse toda medida que favorezca en la
práctica su inserción y desarrollo. Hoy, las minorías acosadas por la
xenofobia y la discriminación piden angustiosamente su reconocimiento y, en ese
sentido, es responsabilidad de los humanistas elevar este tema al nivel de las
discusiones más importantes encabezando la lucha en cada lugar hasta vencer a
los neofascismos abiertos o encubiertos. En definitiva, luchar por los derechos
de las minorías es luchar por los derechos de todos los seres humanos.
Pero
también ocurre en el conglomerado de un país que provincias enteras, regiones
o autonomías, padecen la misma discriminación de las minorías merced a la
compulsión del Estado centralizado, hoy instrumento insensible en manos del
gran capital. Y esto deberá cesar cuando se impulse una organización
federativa en la que el poder político real vuelva a manos de dichas entidades
históricas y culturales.
En
definitiva, poner por delante los temas del capital y el trabajo, los temas de
la democracia real, y los objetivos de la descentralización del aparato
estatal, es encaminar la lucha política hacia la creación de un nuevo tipo de
sociedad. Una sociedad flexible y en constante cambio, acorde con las
necesidades dinámicas de los pueblos hoy por hoy asfixiados por la dependencia.
III.
La posición humanista
La
acción de los humanistas no se inspira en teorías fantasiosas acerca de Dios,
la Naturaleza, la Sociedad o la Historia. Parte de las necesidades de la vida
que consisten en alejar el dolor y aproximar el placer. Pero la vida humana
agrega a las necesidades su previsión a futuro basándose en la experiencia
pasada y en la intención de mejorar la situación actual. Su experiencia no es
simple producto de selecciones o acumulaciones naturales y fisiológicas, como
sucede en todas las especies, sino que es experiencia social y experiencia
personal lanzadas a superar el dolor actual y a evitarlo a futuro. Su trabajo,
acumulado en producciones sociales, pasa y se transforma de generación en
generación en lucha continua por mejorar las condiciones naturales, aún las
del propio cuerpo. Por esto, al ser humano se lo debe definir como histórico y
con un modo de acción social capaz de transformar al mundo y a su propia
naturaleza. Y cada vez que un individuo o un grupo humano se impone
violentamente a otros, logra detener la historia convirtiendo a sus víctimas en
objetos “naturales”. La naturaleza no tiene intenciones, así es que al
negar la libertad y las intenciones de otros, se los convierte en objetos
naturales, en objetos de uso.
El
progreso de la humanidad, en lento ascenso, necesita transformar a la naturaleza
y a la sociedad eliminando la violenta apropiación animal de unos seres humanos
por otros. Cuando esto ocurra, se pasará de la prehistoria a una plena historia
humana. Entre tanto, no se puede partir de otro valor central que el del ser
humano pleno en sus realizaciones y en su libertad. Por ello los humanistas
proclaman: “Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de
otro”. Si se pone como valor central a Dios, al Estado, al Dinero o a
cualquier otra entidad, se subordina al ser humano creando condiciones para su
ulterior control o sacrificio. Los humanistas tienen claro este punto. Los
humanistas son ateos o creyentes, pero no parten de su ateísmo o de su fe para
fundamentar su visión del mundo y su acción. Parten del ser humano y de sus
necesidades inmediatas. Y, si en su lucha por un mundo mejor creen descubrir una
intención que mueve la Historia en dirección progresiva, ponen esa fe o ese
descubrimiento al servicio del ser humano.
Los
humanistas plantean el problema de fondo: saber si se quiere vivir y decidir en
qué condiciones hacerlo.
Todas
las formas de violencia física, económica, racial, religiosa, sexual e ideológica,
merced a las cuales se ha trabado el progreso humano, repugnan a los humanistas.
Toda forma de discriminación manifiesta o larvada, es un motivo de denuncia
para los humanistas.
Los
humanistas no son violentos, pero por sobre todo no son cobardes ni temen
enfrentar a la violencia porque su acción tiene sentido. Los humanistas
conectan su vida personal, con la vida social. No plantean falsas antinomias y
en ello radica su coherencia.
Así
está trazada la línea divisoria entre el Humanismo y el Anti-humanismo. El
Humanismo pone por delante la cuestión del trabajo frente al gran capital; la
cuestión de la democracia real frente a la democracia formal; la cuestión de
la descentralización, frente a la centralización; la cuestión de la
antidiscriminación, frente a la discriminación; la cuestión de la libertad
frente a la opresión; la cuestión del sentido de la vida, frente a la
resignación, la complicidad y el absurdo.
Porque
el Humanismo se basa en la libertad de elección, posee la única ética
valedera del momento actual. Así mismo, porque cree en la intención y la
libertad distingue entre el error y la mala fe, entre el equivocado y el
traidor.
IV.
Del Humanismo ingenuo al humanismo consciente
Es
en la base social, en los lugares de labor y habitación de los trabajadores
donde el Humanismo debe convertir la simple protesta en fuerza consciente
orientada a la transformación de las estructuras económicas.
En
cuanto a los miembros combativos de las organizaciones gremiales y los miembros
de partidos políticos progresistas, su lucha se hará coherente en la medida en
que tiendan a transformar las cúpulas de las organizaciones en las que están
inscriptos dándole a sus colectividades una orientación que ponga en primer
lugar, y por encima de reivindicaciones inmediatistas, los planteos de fondo que
propicia el Humanismo.
Vastas
capas de estudiantes y docentes, normalmente sensibles a la injusticia, irán
haciendo consciente su voluntad de cambio en la medida en que la crisis general
del sistema los afecte. Y, por cierto, la gente de Prensa en contacto con la
tragedia cotidiana está hoy en condiciones de actuar en dirección humanista al
igual que sectores de la intelectualidad cuya producción está en contradicción
con las pautas que promueve este sistema inhumano.
Son
numerosas las posturas que, teniendo por base el hecho del sufrimiento humano,
invitan a la acción desinteresada a favor de los desposeídos o los
discriminados. Asociaciones, grupos voluntarios y sectores importantes de la
población se movilizan, en ocasiones, haciendo su aporte positivo. Sin duda que
una de sus contribuciones consiste en generar denuncias sobre esos problemas.
Sin embargo, tales grupos no plantean su acción en términos de transformación
de las estructuras que dan lugar a esos males. Estas posturas se inscriben en el
Humanitarismo más que en el Humanismo consciente. En ellas se encuentran ya
protestas y acciones puntuales susceptibles de ser profundizadas y extendidas.
V.
El campo antihumanista
A
medida que las fuerzas que moviliza el gran capital van asfixiando a los
pueblos, surgen posturas incoherentes que comienzan a fortalecerse al explotar
ese malestar canalizándolo hacia falsos culpables. En la base de estos
neofascismos está una profunda negación de los valores humanos. También en
ciertas corrientes ecologistas desviatorias se apuesta en primer término a la
naturaleza en lugar del hombre. Ya no predican que el desastre ecológico es
desastre, justamente, porque hace peligrar a la humanidad sino porque el ser
humano ha atentado contra la naturaleza. Según algunas de estas corrientes, el
ser humano está contaminado y por ello contamina a la naturaleza. Mejor sería,
para ellos, que la medicina no hubiera tenido éxito en el combate con las
enfermedades y en el alargamiento de la vida. “La Tierra primero”, gritan
histéricamente, recordando las proclamas del nazismo. Desde allí a la
discriminación de culturas que contaminan, de extranjeros que ensucian y
polucionan, hay un corto paso. Estas corrientes se inscriben también en el
anti-humanismo porque en el fondo desprecian al ser humano. Sus mentores se
desprecian a sí mismos, reflejando las tendencias nihilistas y suicidas a la
moda.
Una
franja importante de gente perceptiva también adhiere al ecologismo porque
entiende la gravedad del problema que este denuncia. Pero si ese ecologismo toma
el carácter humanista que corresponde, orientará la lucha hacia los promotores
de la catástrofe, a saber: el gran capital y la cadena de industrias y empresas
destructivas, parientes próximas del complejo militar-industrial. Antes de
preocuparse por las focas se ocupará del hambre, el hacinamiento, la
mortinatalidad, las enfermedades y los déficits sanitarios y habitacionales en
muchas partes del mundo. Y destacará la desocupación, la explotación, el
racismo, la discriminación y la intolerancia, en el mundo tecnológicamente
avanzado. Mundo que, por otra parte, está creando los desequilibrios ecológicos
en aras de su crecimiento irracional.
No
es necesario extenderse demasiado en la consideración de las derechas como
instrumentos políticos del Anti-humanismo. En ellas la mala fe llega a niveles
tan altos que, periódicamente, se publicitan como representantes del
“Humanismo”. En esa dirección, no ha faltado tampoco la astuta clerigalla
que ha pretendido teorizar sobre la base de un ridículo “Humanismo Teocéntrico”
(?). Esa gente, inventora de guerras religiosas e inquisiciones; esa gente que
fue verdugo de los padres históricos del humanismo occidental, se ha arrogado
las virtudes de sus víctimas llegando inclusive a “perdonar los desvíos”
de aquellos humanistas históricos. Tan enorme es la mala fe y el bandolerismo
en la apropiación de las palabras que los representantes del Anti-humanismo han
intentado cubrirse con el nombre de “humanistas”.
Sería
imposible inventariar los recursos, instrumentos, formas y expresiones de que
dispone el Anti-humanismo. En todo caso esclarecer sobre sus tendencias más
solapadas contribuirá a que muchos humanistas espontáneos o ingenuos revisen
sus concepciones y el significado de su práctica social.
VI.
Los frentes de acción humanista
El
Humanismo organiza frentes de acción en el campo laboral, habitacional,
gremial, político y cultural con la intención de ir asumiendo el carácter de
movimiento social. Al proceder así, crea condiciones de inserción para las
diferentes fuerzas, grupos e individuos progresistas sin que éstos pierdan su
identidad ni sus características particulares. El objetivo de tal movimiento
consiste en promover la unión de fuerzas capaces de influir crecientemente
sobre vastas capas de la población orientando con su acción la transformación
social.
Los
humanistas no son ingenuos ni se engolosinan con declaraciones propias de épocas
románticas. En ese sentido, no consideran sus propuestas como la expresión más
avanzada de la conciencia social, ni piensan a su organización en términos
indiscutibles. Los humanistas no fingen ser representantes de las mayorías. En
todo caso, actúan de acuerdo a su parecer más justo apuntando a las
transformaciones que creen más adecuadas y posibles en este momento que les
toca vivir.