2 de octubre 2008, Día Internacional de la No-Violencia
Salvatore
Puledda
INTERPRETACIONES DEL HUMANISMO
Con un
Prologo de Mikhail Gorbachov
Título original: Interpretazioni
dell’Umanesimo.
Traducción de Mónica B. Brocco.
EL HUMANISMO
HISTORICO OCCIDENTAL
1. El retorno a los antiguos y el ideal de “humanitas”
3. El humanismo existencialista
4. Heidegger y la crítica al humanismo metafísico
5. El antihumanismo filosófico
Estimado lector:
Tiene Ud. en sus manos un libro que no puede dejar de hacerle pensar. No sólo porque está dedicado a un tema
eterno, que es el humanismo, sino porque habiendo puesto este tema en marcos
históricos, permite sentir, comprender, que se trata de un verdadero desafío de
nuestra época.
El autor del libro, Dr. Salvatore
Puledda, con toda razón subraya que el humanismo en sus tres aspectos: como
concepto general, como conjunto de ideas específicas y como acción que inspira,
tiene una historia muy larga y complicada.
Según él escribe, su historia ha sido similar al movimiento de las
ondas: ora el humanismo salía a un primer plano, al proscenio histórico de la
humanidad, ora “desaparecía” en algún momento.
En ocasiones, fue relegado a un segundo plano por las fuerzas que Mario
Rodríguez Cobos (Silo) con toda razón califica de “antihumanistas”. En aquellos períodos, fue brutalmente
tergiversado. Las mismas fuerzas
antihumanistas a menudo se pusieron la máscara humanista para actuar bajo su
cobertura y, en nombre del humanismo, realizaron sus oscuras intenciones. En esos momentos el humanismo verdadero
permanecía en la profundidad de la conciencia humana, en las mentes de los
mejores representantes del pensamiento humano como ideal, objetivo y dirección
de la acción social deseada.
El autor del libro tiene razón al
decir que el humanismo, tanto en el pasado como en la actualidad, tenía y sigue
teniendo una multitud de interpretaciones, incluso de las más
contradictorias. Y es posible que
diferentes categorías de lectores perciban de modo distinto el contenido de su
libro, coincidiendo o no con sus conclusiones.
Y, a propósito de esto, debo decir que desde mi personal apreciación el
Dr. Salvatore Puledda de ningún modo se considera poseedor de la verdad en su
última instancia; él reflexiona e invita a reflexionar a sus lectores y ésta es
una muy importante peculiaridad de su libro.
Estoy convencido de que su libro es
oportuno y actual. Es mi opinión y de
la Fundación que encabezo, que estamos viviendo la crisis de los fundamentos de
la civilización y que ésta desgasta aceleradamente su potencial... Y esto, si les parece, puede verse como una
crisis del ser humano mismo. Da la
impresión que todo, o la mayor parte de lo que ocurre, es una verdadera
agresión contra el ser humano. Al ser
humano le amenaza todo. Los resultados
del progreso científico-tecnológico (que en otras condiciones podrían hacer la
vida prolífica y digna) ahondan la crisis en las relaciones entre el ser humano
y el resto de la naturaleza. Y así
llegamos a este estremecimiento en la esfera político-social, a esta
agudización de las contradicciones entre el ser humano y la sociedad, entre el
ser humano y el poder. Esta situación
nos emplaza frente a callejones sin salida en el desarrollo de la educación y
la cultura. Pero, como un recuento de
las actuales dificultades sería demasiado extenso, me permito remitir a las
“Cartas a mis amigos” de Silo, donde él, muy detalladamente, trata todos estos
problemas precisamente desde el punto de vista del humanismo verdadero. Hago aquí esta recomendación porque nuestras
visiones respecto de la crisis actual, social y personal, son muy cercanas.
Debo observar aquí lo
siguiente. Hoy en día, el problema de
las relaciones entre el ser humano y la naturaleza ha adquirido una trágica
significación. Pero la resolución de
este problema, como es de imaginar, no puede ser estrictamente
antropocéntrica. Efectivamente, el ser
humano es la creación suprema. Pero él,
al mismo tiempo, es parte de la naturaleza.
Y la tarea consiste, estoy convencido, no en garantizar el dominio del
hombre sobre la naturaleza (como se ha afirmado durante siglos), sino en el
logro de condiciones para un armónico desarrollo conjunto. Solamente en este caso, podrá el hombre
recibir todo lo necesario de la naturaleza, si él le garantiza sus
requerimientos actuando para el restablecimiento y mantenimiento del equilibrio
de la biósfera, hoy ya seriamente deteriorado.
La superación de la desencadenada
crisis de la civilización presupone, en nuestra opinión, el paso hacia un nuevo
paradigma de la existencia humana, hacia una nueva civilización que debe partir
de la importancia y dignidad del ser humano y ser dirigida hacia la realización
de su potencial. En otras palabras, el
tema es el paso hacia una civilización verdaderamente humana que garantice no
sólo la eliminación de los peligros y amenazas existentes para la continuidad
del género humano, sino que también genere condiciones para una digna
existencia de las generaciones actuales y futuras.
Exagerando un tanto la situación, yo
diría que estamos ante la necesidad de una revolución humanista. Es posible que la palabra “revolución” en
este caso no sea totalmente adecuada, si se tiene en cuenta el concepto que de
ella se ha difundido. Por eso aclaro:
el tema es la revolución por medio de la evolución, por medio de progresivas
transformaciones y a través del logro de un consenso convergente de diferentes
corrientes de pensamiento y acción.
Claro que tal camino no descarta la necesidad de hacer frente a las fuerzas
del antihumanismo, en caso de contraataque de su parte. Pero en principio la revolución humanista
comprende los medios humanistas correspondientes a su contenido. De otro modo se perderá su misma
esencia. Debe comprenderse, me parece,
esta cuestión. La revolución humanista
no se concretará (o se convertirá en una nueva manifestación del
antihumanismo), si ella se realiza en la forma de una “uniformación general”;
si dicha revolución lleva a la privación en las gentes, pueblos y naciones, de
la libertad de elección. Toda la
historia de la humanidad ha sido signada por la superación de la opresión hacia
la libertad de elección y esto muestra que la revolución humanista habrá de
garantizar al ser humano esta libertad y dar amplio espacio a la multiplicidad
de la existencia humana.
Nosotros, en la Unión Soviética,
comenzamos diez años atrás una serie de transformaciones que recibieron el
nombre de “Perestroika”. Su sentido
consistía en garantizar la humanización de los distintos aspectos de la vida
social. La primera y más importante
tarea consistió en concretar el paso desde el Totalitarismo hacia la
Democracia. Esto, en general, se logró. Pero no todo lo que planeamos se resolvió
tal cual lo habíamos querido. Las
fuerzas antihumanistas, ancladas en el orden anterior, organizando el golpe del
19 de agosto de 1991 frustraron mucho de lo pensado. Y después de esto, en diciembre del mismo año, el acto concretado
de liquidación de la Unión Soviética llevó a los países, a sus herederos, por
caminos muy alejados de los valores y tareas de la Perestroika. De este modo, tanto para Rusia como para los
otros estados formados en el lugar de la Unión, la tarea de humanizar la vida
ha quedado aún sin resolver.
En el plano de la política mundial,
después de 1985, nos propusimos también la tarea de una enérgica contribución a
la humanización de la vida de la sociedad mundial, nos propusimos la superación
de la confrontación y el logro de una pacífica colaboración entre estados y
pueblos a fin de generar precondiciones para la resolución de esta tarea. En este camino fue logrado el fin de la
“guerra fría”, el paso desde la carrera armamentista nuclear hacia el desarme,
el paso desde el crecimiento de otros tipos de armamentos hasta la disminución
de sus reservas. Como consecuencia de
estos hechos fueron reconocidos a escala mundial determinados niveles en la
esfera de los derechos humanos y se produjo una significativa atenuación de la
crisis en la relaciones entre el hombre y el resto de la naturaleza.
Sin embargo, ha quedado pendiente
una colosal cantidad de tareas de gran envergadura. Hasta lograr una aceptable humanización de la vida de la
comunidad mundial y superar todas las deficiencias del pasado confrontativo (y
en parte del presente), queda por recorrer no poco camino.
El Dr. Puledda está en lo cierto al decir que nuestros tiempos han sido
marcados por el eclipse del humanismo.
A pesar de esto me parece que ahora estamos en una etapa de desarrollo,
apta para superar el déficit de humanismo que nos ha dejado el pasado. La afirmación del humanismo, no tanto
como una corriente contemplativa y compasiva, sino como una fuerza de acción y
colaboración es, realmente, un imperativo de nuestro tiempo. Es una precondición de supervivencia de la
humanidad. En estas condiciones
el libro de Salvatore Puledda aparece como un fenómeno notable y
significativo. Se trata de la búsqueda
de un camino de desarrollo que responda a las necesidades esenciales del ser
humano y dé un aporte a la superación espiritual de la actual crisis de la
civilización.
Mijail
Gorbachov.
Moscú
30/10/94.
El concepto de humanismo es
actualmente uno de los más indeterminados y contradictorios; de aquí la
necesidad de reconstruir las diferentes intrepretaciones que ha tenido y delinear, al menos en lo que concierne sus
aspectos esenciales, los contextos histórico-filosóficos en los que tales
interpretaciones han surgido.
Hoy el término humanismo se
utiliza comúnmente para indicar toda tendencia de pensamiento que afirme la
centralidad, el valor, la dignidad del ser humano, o que muestre una
preocupación o interés primario por la vida y la posición del ser humano en el
mundo. Con un significado tan amplio, la palabra da lugar a las más variadas
interpretaciones, y en consecuencia, a confusión y malentendido. Efectivamente, ha sido adoptada por muchas
filosofías que –cada una a su modo– han afirmado saber qué o quién es el ser
humano y cuál es el camino correcto para la realización de las potencialidades
que le son más específicas. Vale decir que toda filosofía que se ha declarado
humanista ha propuesto una concepción de naturaleza o esencia
humana, de la que ha derivado una serie de consecuencias en el campo práctico,
preocupándose por indicar lo que los seres humanos deben hacer para así
manifestar acabadamente su “humanidad”.
El término humanista se utiliza con
un segundo significado, más limitado pero también más preciso, en cuanto
resulta claramente definido en términos históricos. En este caso, se lo utiliza
para designar a ese complejo y multiforme movimento cultural que produjo una
radical transformación de la civilización occidental, poniendo fin al Medioevo
cristiano. A los siglos XIV y XV en
Italia, donde se inició esa gran “mutación”, se los conoce como “edad del humanismo”,
mientras que, al siglo siguiente, en el que la transformación se extendió a
toda Europa casi como una explosión, se le da el nombre de “Renacimiento”. Con
esta acepción el témino indica en modo inequívoco un específico movimiento
cultural en Occidente, históricamente determinado en sus formas y límites
temporales.
Sin embargo, en tiempos recientes,
ha aparecido una nueva interpretación que reformula el concepto de humanismo,
colocándolo en una perspectiva histórica globalizante, en sintonía con la
época actual que comienza a ver los albores de una civilización planetaria.
Esta línea de pensamiento afirma que el humanismo que se manifestó en Europa en
la época del Renacimiento estaba implícito en otras culturas que contribuyeron
en modo decisivo a la construcción de la civilización occidental. En este contexto, el humanismo no parece ser
un fenómeno geográfica o temporalmente delimitado, sino que se trata más bien
de un fenómeno que surge y se desarrolla en distintas épocas y lugares del
mundo y que, precisamente por esta razón, hoy puede dar un dirección
convergente a tantas culturas que se encuentran forzadamente en contacto en un
planeta unificado a través de los medios masivos de comunicación. Va en sustento de esta posición la gran
influencia, históricamente documentable, que ejercieron en modo directo las
culturas de Medio Oriente e indirectamente las culturas asiáticas en el
desarrollo del humanismo histórico occidental.
Este es un punto de capital importancia para el Nuevo Humanismo que propone
esta línea interpretativa, en el que no podemos detenernos ahora y que merece
ser expuesto in extenso en un trabajo específico.
Aquí nos ocuparemos de algunos
aspectos del humanismo renacentista que nos parecen esenciales para comprender su
especificidad histórica y su impulso innovador. Trataremos de aclarar el
significado de aquel ideal de humanitas que fue el estandarte del
humanismo del Renacimiento, y luego delinearemos la nueva imagen del hombre y
del mundo natural que éste construyó en
oposición a la concepción medieval.
Haremos, además, una descripción
sintética de las principales corrientes filosóficas que en nuestro siglo se han
definido como humanistas. Tomaremos en consideración los humanismos marxista,
cristiano, existencialista y los de “nuevo cuño” como el Nuevo Humanismo,
tratando de elucidar la concepción, explícita o implícita, que cada uno de
ellos propone del ser humano. Daremos
espacio también al punto de vista de aquellos que han criticado drásticamente a
los humanismos filosóficos o que han asumido posiciones programáticas
antihumanistas. El primer caso es el de
M. Heidegger; en el segundo se incluyen los “estructuralistas” (ejemplificados
aquí en la figura de C. Lévi-Strauss) y M. Foucault.
Como se verá en el curso de esta
exposición, las corrientes humanistas del Novecientos, aun testimoniando un
renovado interés por el humanismo, le han dado interpretaciones radicalmente
divergentes. Por lo tanto, en este siglo, no nos encontramos como en el
Renacimiento con un movimiento humanista homogéneo a pesar de su complejidad,
sino más bien con un conflicto entre distintos humanismos. Y es por ello que, como decíamos al
principio, el significado de la palabra se ha ido perdiendo en una confusión de
lenguas e interpretaciones.
Pero las voces de esta torre de
Babel se han silenciado de pronto: después de la intervención de los
“filósofos de la existencia”, que se remonta a fines de los años Cuarenta, el
debate sobre el Humanismo aparentemente se ha apagado. Hoy son pocas y de momento poco
escuchadas, las voces que se alzan para
proponer a los seres humanos una nueva comprensión de su “humanidad”. Ciertamente, mucho se habla de derechos
humanos –sistemáticamente avasallados–, de “naturaleza” humana –descrita
siempre en forma vaga y contradictoria–, de la correcta ubicación del ser
humano en el mundo natural, especialmente a causa de los tremendos problemas
ecológicos actuales. No obstante todo,
es evidente que nuestros tiempos asisten a un eclipse del humanismo. Por cierto que ésta no es una situación
nueva: las corrientes humanistas,
presentes ya al comienzo de la civilización occidental, muestran un
comportamiento ondulatorio: aparecen en
determinadas épocas y desaparecen luego para reaparecer nuevamente. Así ocurrió con el humanismo antiguo, que se
desarrolló en las escuelas filosóficas griegas y romanas, que fue opacado
durante diez siglos por el cristianismo medieval, para luego reaparecer con
gran fuerza en la época del Renacimiento.
A su vez, el humanismo renacentista fué perdiendo ímpetu hasta ser
desplazado por las filosofías antihumanistas de los últimos siglos. Si las cosas están así, no es utópico pensar
que pueda surgir una nueva corriente humanista capaz de contrarrestar la crisis
actual, caracterizada por la pérdida del sentido de lo humano y agravada por la
prospectiva de la catástrofe global, con todas sus aterradoras
alternativas.
El humanismo[1] renacentista se
desarrolla en un arco de tiempo que aproximadamente se extiende desde la
segunda mitad del siglo XIV hasta finales del siglo XVI. Para Italia, y en general para Europa, éste
es un período de extraordinaria aceleración histórica en el que los acontecimientos
se suceden a ritmo vertiginoso, produciendo radicales transformaciones
políticas y espirituales.
Un tema de interminable discusión
entre los historiadores es si el humanismo constitutye una ruptura neta con
respecto a la época medieval o si es la culminación de un proceso de maduración
de temáticas filosóficas, religiosas, sociales, económicas, etc. que ya habían
surgido en el Medioevo tardío.
Indudablemente existen excelentes argumentos para sostener ambas interpretaciones,
pero –más allá de la posición que se elija– ninguna reconstrucción histórica
puede prescindir de la imagen que los protagonistas de aquella época tenían del
propio tiempo y del significado que atribuían a sus obras. Este punto no da lugar a ambigüidades ya que
la evaluación es unánime. En efecto,
todas las grandes figuras humanistas perciben que el tiempo que les ha tocado
vivir es especial: un tiempo en el que la humanidad, luego del largo sueño de
barbarie del Medioevo, retorna a sus orígenes, pasa a través de un
“renacimiento” entendido según la tradición mística, es decir, un “segundo
nacimiento”, una renovación total que le permite recobrar la fuerza, el ímpetu
que sólo es posible encontrar en el principio. Por lo tanto, para la cultura del humanismo no se trata
simplemente de desarrollar y completar las realizaciones de la época
precedente, sino de construír un mundo y una humanidad completamente renovados,
y esto –de acuerdo a la imagen del “renacer”– es posible sólo gracias a la
muerte, a la desaparición del mundo y del hombre medievales.
Para la Edad Media cristiana, la
tierra es el lugar de la culpa y el sufrimiento; un valle de lágrimas en el que
la humanidad ha sido arrojada por el pecado de Adán y del que sólo es deseable
huir. El hombre en sí no es nada y nada
puede hacer por sí solo: sus deseos mundanos son solamente locura y soberbia;
su obras, no más que polvo. El hombre puede aspirar sólo al perdón de un Dios
infinitamente lejano en su perfección y trascendencia, que concede su gracia
según designios inescrutables.
La concepción de la historia y la
imagen del universo reflejan esta visión teológica. La historia no es la memoria de hombres, pueblos, civilizaciones,
sino el camino de expiación que lleva del pecado original a la redención. En el límite extremo del futuro luego de los
terribles prodigios de la Apocalipsis, vendrá el juicio tremendo de Dios. La
Tierra, inmóvil y al centro del universo según la concepción tolomeica, está
circundada por las esferas de los cielos planetarios y de las estrellas fijas que
giran animadas por potencias angélicas.
El cielo supremo, el empíreo, es la sede de Dios, motor inmóvil que todo
lo mueve.
A su vez, la organización social
coincide con esta visión cosmológica cerrada y jerárquica: los nobles y las
clases subalternas de los burgueses y los siervos se encuentran rígidamente
separadas y se perpetúan por vía hereditaria. En el vértice del poder están los
dos guías del pueblo cristiano: el Papa y el Emperador, a veces aliados, pero a
menudo enfrentados en duras luchas por la preeminencia jerárquica. La organización económica sigue el mismo
esquema general. En el Medioevo, al
menos hasta el siglo XI, también la economía es un sistema cerrado, basado en
el consumo del producto en el lugar de producción.
La cultura del humanismo rechaza
totalmente la visión medieval y, en su esfuerzo por construir una humanidad y
un mundo completamente renovados, toma
como modelo a la civilización clásica greco-romana. Así, el retorno al principio, el “renacimiento”, es un
retorno a los antiguos, un rescatar la
experiencia de una civilización a la que se le atribuyen esas potencialidades
originarias de la humanidad que el Medioevo cristiano había destruído u
olvidado.
Al principio, el
humanismo se manifiesta sobre todo como un fenómeno literario que apunta al
redescubrimiento de la cultura clásica.
Con Petrarca comienza la búsqueda de manuscritos antiguos olvidados en
las bibliotecas de los conventos. Un
siglo después de Petrarca, se llega a conocer del mundo latino al menos diez
veces más de lo que se había conocido en un milenio. La llegada a Italia de numerosos doctores bizantinos –primero en
ocasión del Concilio de Florencia (1439) que debía sancionar la reunificación
de las iglesias ortodoxa y romana, y luego con la caída de Constantinopla
(1453)– renueva en Occidente el conocimiento del griego.
La literatura greco-latina, que de
esta manera vuelve a la luz, se refiere a la vida terrena. Es una literatura
que habla de los hombres de este mundo, radicalmente diversa a la literatura cristiana
de los libros sagrados, de los padres de la Iglesia, de los doctores
medievales, donde Dios y la vida ultraterrena constituyen el centro de todo
interés. Es precisamente la
contraposición de las humanae litterae a las divinae litterae lo
que inicia la renovación cultural operada por el humanismo.
Sin embargo, los códices antiguos no
habrían servido de mucho si la sociedad europea no hubiese sido capaz de mirar
con nuevos ojos y con renovada curiosidad los vestigios del mundo antiguo. De hecho, en los humanistas se encuentra
inmediatamente una actitud nueva en relación a las obras literarias
descubiertas.
Antes que nada, está el amor por el
texto, que se trata de reconstruír en su originalidad para liberarlo de las
interpolaciones y deformaciones que generaciones de clérigos habían insertado
con la intención de adaptarlo a la visión cristiana. El gran descubrimiento asociado a esta actitud (y que va de la
mano de la introducción de la perspectiva óptica en la pintura) es la
perspectiva histórica; el texto antiguo fielmente reconstruído permite percibir
con extrema claridad la imposibilidad de conciliar al mundo greco-romano con el
mundo cristiano. Por consiguiente, la
conciencia de la diferencia entre pasado y presente se transforma, en el humanista,
en conciencia del fluir de la historia que la visión medieval había anulado.
Por otra parte, los textos antiguos
redescubiertos muestran una variedad extraordinaria de figuras de fuerte
personalidad, orientadas a la acción, que no huyen ni desprecian el mundo, sino
que viven en la sociedad humana y allí luchan por construír su propio
destino. Estos individuos se convierten
en los modelos a seguir, porque su modo de vida parece ser el más adecuado para
responder a las exigencias y aspiraciones de una sociedad en rápido desarrollo,
que siente profundamente la necesidad de elaborar nuevas formas de organización
de la vida civil y nuevos intrumentos para dominar a la naturaleza.
Pero la cultura del
humanismo no se reduce a una imitación artificial de los modelos del pasado.
Por el contrario, su vitalidad consiste en la conciencia de que el regreso a
los grandes ejemplos de la antigüedad sería totalmente vano si no diera lugar a
una nueva orientación en la vida moral, artística, religiosa, política, etc. Para la cultura del humanismo, imitar a los
antiguos significa sobre todo educar a los hombres nuevos como lo hacían
los antiguos, cultivando las “virtudes” que ellos habían demostrado poseer en
sumo grado y que habían expresado en la vida civil. Sólo con hombres así formados habría sido posible renovar
verdaderamente la sociedad humana.
De este modo, el
humanismo renacentista hace suyo aquel ideal, a un tiempo educacional y
político, que figuras como Cicerón y Varrón habían propugnado en Roma en la época
de la República: el ideal de la humanitas, palabra con que se tradujo al
latín el término griego paideia, es decir, educación. En una confluencia
rica de significados, humanitas llega a indicar el desarrollo, por medio
de la educación, de esas cualidades que hacen del hombre un ser verdaderamente humano,
que lo rescatan de la condición natural y lo diferencian del bárbaro. Con el concepto de humanitas se quiso
denotar una operación cultural: la construcción del hombre civil que vive y
opera en la sociedad humana.
El instrumento al que
recurrió este “primer humanismo” occidental fue la cultura griega, a la que el
mundo romano del siglo I A.C. se abrió velozmente y encontró sistematizada en los ciclos de estudio de las escuelas
filosóficas del período helénico tardío.
Estas escuelas tenían una orientación ecléctica, habiéndose ya
extinguido la fase creativa del pensamiento griego. De todas maneras, a través de ellas llegaban al mundo romano las
temáticas, los métodos de investigación y el lenguaje desarrollados por los
grandes sistemas filosóficos de la tradición helénica. Es en instituciones de este tipo que,
gracias al ejemplo de personajes relevantes como Cicerón, comenzó a formarse la
nueva clase intelectual y política romana, asimilando un saber filosófico y una
cultura poética y artística que la propia tradición había desatentido casi
completamente. Fue precisamente del
encuentro con los grandes modelos griegos que extrajo su linfa vital el
espléndido florecimiento de la literatura latina en los dos siglos separados
por el nacimiento de Cristo.
Luego, después de casi
mil años de cultura cristiana,
reaparece en Occidente el ideal de humanitas, la confianza en el
inmenso poder formador que la filosofía, la poesía y las artes ejercen sobre la
personalidad humana, que fue característica de Grecia primero y de Roma más
tarde, y en la que se identifica la esencia misma del humanismo
renacentista. Ahora el instrumento
educativo está dado por los grandes clásicos de la literatura latina, y en
segundo lugar –dado el limitado conocimiento del idioma– por los clásicos
griegos. En ellos se basan los studia
humanitatis. De aquí el nombre de humanistas
atribuido a aquéllos que se dedican a estos estudios que, a principios del siglo XV en Italia,
comprendían: gramática, retórica, poesía, historia y filosofía moral.
Sin embargo, es necesario tener
siempre presente que para el humanismo del Renacimiento estas disciplinas no
conforman un simple curso de estudios que transmiten un conjunto de nociones o
fórmulas. Por el contrario, los studia
humanitatis constituyen fundamentalmente un vehículo para la educación de
la personalidad, para el desarrollo de la libertad y la creatividad humanas, y
de todas esas cualidades que sirven para vivir felizmente y con honor en la
sociedad de los hombres. En este
sentido, los humanistas no son solamente literatos o eruditos, sino los
protagonistas de un grandioso proyecto de transformación moral, cultural y
política, un proyecto cuyo lema es Iuvat vivere (vivir es hermoso) que testimonia
el optimismo, el sentimiento de libertad y el renovado amor por la vida que
caracterizan a la época.
Toda la literatura del
humanismo se concentra en exaltar al hombre y reafirmar su dignidad en
oposición a la desvalorización operada por el Medioevo cristiano. No obstante la diversidad de los temas,
todos apuntan a un objetivo común: recobrar la fe en la creatividad del hombre,
en su capacidad de transformar el mundo y construir su propio destino.
El ataque contra la
concepción medieval es decidido y continuo. Una de las primeras personalidades
del Humanismo, Gianozzo Manetti, critica en su libro De dignitate et
excellentia hominis (La dignidad y la excelencia del hombre) precisamente
una de las obras más representativas de la mentalidad medieval, el De
miseria humanae vitae (La miseria de la vida humana), escrito por aquel
diácono Lotario di Segni que más tarde, con el nombre de Inocencio III, sería
uno de los papas más potentes de la Edad Media. A la miseria y degradación de la naturaleza del hombre, fácil
presa de vicios y pecados, a la debilidad de su cuerpo, Manettii contrapone una
exaltación del hombre en su totalidad de ser físico y espiritual. Pone de
relieve la proporción, la armonía del organismo del hombre, la superioridad de
su ingenio, la belleza de sus obras, la audacia de sus empresas. Los grandes viajes, la conquista del mar,
las maravillas de las obras de arte, de la ciencia, de la literatura, del
derecho, constituyen el mundo del espíritu humano. El reino que el hombre ha construído para sí mismo gracias a su
ingenio. El hombre, además, no está
sobre la Tierra como un simple habitante, criatura entre las criaturas: su
posición es especial en cuanto Dios lo ha creado con la frente en alto para que contemplase el cielo y fuese así
espectador de las realidades supremas.
En el centro del pensamiento de Manetti está la libertad humana que,
además de ser un don de Dios, es una contínua conquista por la que el hombre
lucha cotidianamente con su trabajo, llevando belleza y perfección a las obras
de la creación. Por consiguiente el
hombre no es un ser inerme y despreciable, sino el libre colaborador de la
divinidad misma.[2]
Otra gran figura
humanista, Lorenzo Valla, ataca en su diálogo De voluptate (El placer)
uno de los aspectos centrales de la ética medieval: el rechazo del cuerpo y el
placer. Remitiéndose a la concepción
epicúrea, nuevamente conocida gracias al redescubrimiento de Lucrecio, Valla
arremete en dura polémica contra toda moral ascética, ya sea estoica o
cristiana, que lleve al hombre a humillar su cuerpo y a rechazar el placer.
Para Valla toda acción humana –aun aquella que parece dictada por otros
móviles– está motivada por fines hedonistas. Aún el aspirar a una vida después
de la muerte se encuadra en este sentido. ¿Qué puede ser, en efecto, más
hedonista que una vida celeste que las Sagradas Escrituras designan con la
expresión paradisus voluptatis (paraíso del placer)? En el hombre no puede haber una oposición
entre cuerpo y espíritu, como no puede existir una parte buena y otra condenada
a priori. El placer, lejos de ser un
pecado es más bien un don divino (divina voluptas). En el placer, la naturaleza se expresa con
toda su fuerza y de la manera que le es más propia. Invirtiendo los términos del problema, Valla llega a afirmar que
peca verdaderamente quien humilla y reprime la naturaleza que palpita en
nosotros, rehusando el amor físico y la belleza. Por lo tanto, el himno a la felicidad de Valla que exalta al
hombre todo, no sólo supera el antiguo dualismo entre carne y espíritu, sino
también el pesimismo de los antiguos epicúreos.[3]
León Battista Alberti –que fue
filósofo, matemático, músico, arquitecto– es una de esas extraordinarias
personalidades universales que la época del Renacimiento prodigó al mundo. El centro de sus reflexiones es uno de los
más típicos temas humanistas: que la acción humana es capaz de vencer hasta al
Destino. En el Prólogo a los libros Della
famiglia (La familia)[4], Alberti niega todo
valor a la vida ascética, rechaza toda visión pesimista del hombre y otorga a
la acción humana la más alta dignidad.
El verdadero valor del hombre reside en el trabajo, que permite la
prosperidad de la familia y la ciudad.
Alberti invierte la ética medieval de la pobreza y la renuncia,
afirmando que el florecer de las riquezas no sólo no va contra los principios
religiosos, sino que es una clara demostración del favor divino. Además, la “virtud”, entendida como fuerte
capacidad de querer y obrar, como humana laboriosidad (también en los campos
sociales y políticos), es superior al Destino mismo. Para Alberti, el hombre es causa de sus bienes y de sus males:
solamente los estúpidos reprochan al Destino el origen de sus desgracias. El Destino o “Fortuna” es incapaz de condicionar
totalmente la acción humana cuando ésta es virtuosa. Y si en algunos casos la “Fortuna” parece superar a la virtud,
esta derrota es sólo temporánea y puede tener una función educadora y creativa. Por consiguiente, en la concepción de
Alberti no hay lugar para el retiro del mundo ni para la sumisión del hombre al
Destino; al contrario, la verdadera dignidad humana se manifiesta en la acción
transformadora de la naturaleza y de la sociedad. El interés de Alberti, arquitecto innovador y teórico de la
Arquitectura, se dirige también a la construcción de la ciudad ideal (otro
constante tema humanista), en donde “la naturaleza se somete a las intenciones
del arte”. La ciudad ideal, hecha por
el hombre y para el hombre según armónicas estructuras geométricas, es el lugar
de la acción humana y también el lugar donde, a través del ejercicio de las
virtudes sociales, es posible la verdadera glorificación de Dios.
Así es como ya en los primeros
humanistas aparecen claros los grandes motivos de la exaltación del hombre y de
sus capacidades creadoras, y la ruptura de la concepción medieval. Pero a fines del siglo XV, con el
redescubrimiento de la filosofía platónica y de las doctrinas herméticas, la
imagen del hombre se proyecta a una dimensión religiosa y adquiere valor
cósmico.
Protagonista del
movimiento neoplatónico y exponente central de la Academia florentina, fue
Marsilio Ficino. Bajo la protección de
Cósimo de Médicis, padre de Lorenzo, Ficino tradujo al latín todas las obras de
Platón, de Plotino y varios textos de los neo-platónicos antiguos. Pero la obra que tuvo mayor importancia en
la construcción del pensamiento filosófico del Renacimiento (y una gran
resonancia en aquel tiempo) fue la traducción del Cuerpo Hermético, o
sea el conjunto de obras que contiene la enseñanza de Hermes Trismegisto (el
tres veces grande). Los manuscritos de
estos textos llegaron a Occidente por interés de Cósimo quien disponía de
agentes que buscaban y compraban los antiguos códices en el Imperio Bizantino.
Se puede comprender la
importancia excepcional atribuida por el mundo humanista a las obras herméticas
si se considera que Cósimo ordenó a Ficino dejar a un lado la traducción de
Platón para dedicarse a éstas. Por lo
tanto, la sabiduría de Trismegisto era considerada superior aún a la del
“divino” Platón. La figura de
Trismegisto adquirió tal popularidad que fue representada junto a Moisés en el
gran mosaico que se encuentra en el ingreso a la Catedral de Siena.
Los textos herméticos,
que contienen enseñanzas filosóficas, prácticas mágicas y alquímicas, según la
crítica moderna fueron escritos probablemente entre el siglo II A.C. y el siglo
III D.C. y son expresión de ambientes sincréticos greco-egipcios. Sin embargo, no es posible descartar que
transmitan enseñanzas mucho más antiguas.[5] Ficino y sus contemporáneos atribuyeron a
estas obras una gran antigüedad y creyeron redescubrir en ellas la religión
egipcia, o lo que es más, la religión originaria de la humanidad, que habría
pasado luego a Moisés y a las grandes figuras del mundo pagano y cristiano:
Zaratustra, Orfeo, Pitágoras, Platón y Agustín. Ficino llegó a creer que existió siempre, en todos los pueblos,
una forma de religión natural que habría asumido aspectos diversos en las
distintas épocas y en los diversos pueblos.[6] Esta concepción resolvía el problema, tan
sentido en aquellos tiempos, de la conciliación entre diferentes religiones
(especialmente el Cristianismo y el Islam), y la cuestión de la Providencia
divina para los pueblos que, por razones históricas y geográficas, no habían
podido conocer el mensaje cristiano. De
esta manera el Cristianismo era redimensionado a una religión histórica, a una
manifestación de la religión primitiva de la humanidad. Aún más, la verdadera raíz del Cristianismo
debía ser buscada en aquella religión originaria y no en las formas barbáricas
de la Iglesia medieval.
Ficino es una figura
filosófica compleja, preocupada sobre todo por conciliar la dignidad y la
libertad del hombre, exaltadas por el primer Humanismo, con el problema
religioso que aquel no había afrontado adecuadamente. Aun siendo el más decidido propagador del platonismo, no rechazó
el cristianismo y hasta tomó las órdenes sacerdotales porque para él
cristianismo y platonismo coincidían en su más profunda esencia. Sin embargo, precisamente partiendo del tema
religioso, completó la obra de glorificación de la naturaleza humana hecha por
los primeros humanistas y elevó al hombre casi al nivel de un dios.
Del neoplatonismo
antiguo Ficino retoma la idea de la manifestación de la divinidad, el Uno, en
todos los planos del ser, por un proceso de “emanación”. No hay, por tanto, un abismo entre el hombre
y la naturaleza por un lado y Dios por el otro, sino un pasaje ininterrumpido
que va de Dios al ángel, al hombre, a los animales, a las plantas, a los
minerales. El hombre está al centro de
esta escala de seres y es el vínculo entre lo que es eterno y lo que está en el
tiempo. El alma humana, punto medio y
espejo de todas las cosas, puede contener en sí todo el universo.
Así es cómo se expresa
Ficino: «¿No se esfuerza el alma para
transformarse en todas las cosas, así como el hombre es todas las cosas? ¡Se esfuerza en manera maravillosa! Vive la vida de las plantas en su propia
función vegetativa, la vida de los animales en la actividad sensible, la vida
del hombre cuando con la razón trata las cuestiones humanas, la vida de los
héroes investigando las cosas naturales, la vida de los ‘demonios’ en las
especulaciones matemáticas, la vida de los ángeles en el indagar los misterios
divinos, la vida de Dios haciendo por gracia divina todas estas cosas. Cada alma humana hace, de algún modo, todas estas
variadas experiencias, pero cada una según su forma. Y el género humano en su
conjunto tiende a transformarse en el todo, porque vive la vida del todo. Por esto tenía razón el Trismegisto en llamar al hombre un gran
milagro».[7]
Es esta misma máxima,
atribuida a Trismegisto, la que una de las figuras más singulares del
Humanismo, Giovanni Pico della Mirándola, cita al comienzo de su oración sobre
la Dignidad del hombre. Se trata
de un texto que, por las intenciones propagandísticas con que fue escrito,
puede ser considerado un verdadero “manifiesto del humanismo”. Pico, que pertenecía a una rica familia
principesca, había mostrado un precoz ingenio y una extraordinaria curiosidad
intelectual. Conocía el griego, el
árabe, el hebreo, el arameo; había estudiado a los grandes filósofos musulmanos
y hebreos; la Cábala lo había fascinado.
Con poco más de 20 años había tratado de recopilar y sintetizar toda la
sabiduría de su tiempo en 900 tesis que, según su intención, debían ser
discutidas públicamente en Roma por los más grandes doctos de la época,
convocados a su cargo desde todos los rincones del mundo. Pero este extraordinario programa, que
superaba los confines de las religiones y las culturas, y que apuntaba a la paz
y la conciliación, fue inmediatamente
congelado por la oposición eclesiástica.
Algunas tesis fueron declaradas heréticas, el gran debate fue prohibido,
Pico huyó a París donde fue arrestado por orden del Papa. Logró salvarse sólo gracias a la simpatía de
la que gozaba en el ambiente intelectual y en la corte de Francia. Poco después, Pico se refugió en Florencia
donde, bajo la protección de Lorenzo el Magnífico, pasó el resto de su breve
vida.
La oración sobre la Dignidad
del hombre había sido pensada como introducción al evento romano: se tendría
que haber leído antes de comenzar los trabajos, a fin de dar dirección a la
discusión y delimitar su horizonte. Al
inicio de la oración Pico presenta su concepción del ser humano, y lo hace con
un artificio retórico de gran efecto: Dios explica cómo ha creado al ser
humano. He aquí el texto: «No te he dado un rostro, ni un lugar propio, ni don
alguno que te sea peculiar, Oh Adán, para que tu rostro, tu lugar y tus dones
tú los quieras, los conquistes y los poseas por ti mismo. La naturaleza encierra
a otras especies en leyes por mí establecidas. Pero tú, que no estás sometido a
ningún límite, con tu propio arbitrio, al que te he confiado, te defines a tí
mismo. Te he colocado en el centro del mundo, para que puedas contemplar mejor
lo que éste contiene. No te creado ni celeste ni terrestre, ni mortal ni
inmortal, para que por tí mismo, libremente, a guisa de buen pintor o hábil
escultor, plasmes tu propia imagen. Podrás degenerar en cosas inferiores,
como son las bestias; podrás, según tu
voluntad, regenerarte en cosas superiores, que son divinas».[8]
Así, para Pico el ser
humano no tiene una “naturaleza” rígidamente determinada que condicione sus
actividades, como ocurre con los demás seres naturales. El hombre es fundamentalmente ausencia de
condiciones, libertad, elección. El hombre puede ser todo: por libre elección
puede colocarse en cualquier nivel del ser, puede degradarse hasta vivir como
los animales o elevarse a un estado en el que participa de la vida divina. Es,
por lo tanto, un puro existir que se construye a sí mismo a través de lo que
elige.
Es difícil subestimar
la importancia de una tal concepción de ser humano y la influencia que ésta ha
ejercido directa o indirectamente hasta nuestros días, como aparecerá
claramente en este ensayo. Esta concepción rompe con todo determinismo y coloca
a la esencia humana en la dimensión de la libertad.
En la obra del humanista francés
Charles Bouillé, De sapiente (el sabio) la glorificación del hombre
alcanza quizás su máxima expresión.
Bouillé, formado en el pensamiento de Ficino y Pico, afirma –siguiendo a
sus maestros– que el hombre no posee una naturaleza determinada, sino que
resume en sí todos los distintos grados del ser: existe como la materia
inanimada, vive como las plantas, siente como los animales, y además razona y
reflexiona. Gracias a esta capacidad el
hombre se asemeja a la Naturaleza creadora. Pero no cualquier hombre es capaz
de alcanzar este nivel, sólo el sabio puede hacerlo a través una
paciente obra de autoconstrucción, gracias a su virtud y su arte. Aquí aparece con toda claridad el ideal de
hombre que la cultura del humanismo ha siempre anhelado: el hombre superior,
que supera a la “naturaleza” de los hombres comunes, que se construye,
eligiendo y luchando, una segunda “naturaleza”, más alta, más cercana a la
naturaleza de lo divino.[9] En el ser humano existe esta posibilidad,
como así también existe la posibilidad de detenerse en un grado inferior del
ser.
Bouillé retoma y trasciende la
equivalencia microcosmos-macrocosmos típica del hermetismo. El cosmos es todo
pero no es conciente de lo que es; el
hombre es casi nada, pero pueder saber todo. Entre el hombre y el mundo
descansa la misma relación que existe entre el alma y el cuerpo. El hombre es el alma del mundo y el mundo es
el cuerpo del hombre. Pero la
conciencia de sí, que el hombre confiere al mundo, humanizándolo en cierta
medida, coloca al hombre por encima del mundo.[10] Esta concepción, por el valor supremo que
atribuye al hombre, bien puede ser considerada como “digno epígrafe de la
filosofía del humanismo”.[11]
Todas las corrientes
filosóficas del Renacimiento están saturadas de “naturalismo”, pero en este
caso el término asume un connotación especial, que nada comparte –es más, que es
incompatible– con la concepción moderna.
El mundo natural no es –como en la
visión científica actual– pura materia inanimada sujeta a leyes mecánicas y
ciegas, sino un organismo viviente dotado de energías en todo semejantes a las
del hombre. Infinitas corrientes de
pensamiento y de sensaciones lo atraviesan, uniéndose a veces, y a veces
oponiéndose entre sí. Al igual que el
hombre, posee sensación e intelecto, siente simpatías y antipatías, placer y
dolor. Según la concepción hermética,
el universo es un gigantesco individuo dotado de un alma invisible que siente y
conoce, el alma del mundo, y de
un cuerpo visible, dotado –como el humano– de distintos órganos y
aparatos. El universo es un macroantropos.
Por lo tanto, la clave para acceder
a la comprensión del mundo natural está en el hombre. El hombre es el
código, el paradigma del universo, ya que, como microcosmos, presenta
las mismas características fundamentales. La estructuralidad, la armonía del
cuerpo humano, el hecho de que todas sus partes se interrelacionan y
desarrollan funciones complementarias, se reflejan en la solidaridad y la
unidad del universo. Los distintos
planos del ser en los que el universo se articula –los minerales, las plantas,
los animales, los seres humanos, las inteligencias superiores– no están
separados ni se ignoran recíprocamente: están unidos por hilos sutiles, por
misteriosas correspondencias.
Cierta estrella lejana, cierta piedra, cierta planta, a pesar de la
diversidad y de la distancia que las separa, están ligadas entre sí por una
relación aún más profunda y esencial que la que existe con otras estrellas,
piedras o plantas de distinto tipo. Cada una, en su plano, es la manifestación
de una forma ideal; cada una es el signo de un aspecto esencial
de la naturaleza.
El hombre, precisamente
porque comprende en sí todos los planos del ser, por su naturaleza proteiforme
–una maravillosa síntesis del resto de la naturaleza– es capaz de seguir los
hilos misteriosos que se extienden de un extremo al otro del Universo, de
descubrir los influjos secretos que unen a seres aparentemente distintos y
lejanos. Él puede leer en la naturaleza
los signos que la mano de Dios ha escrito, como si fueran las letras del libro
sagrado de la creación.
Pero además, si el alma
y el intelecto actúan intencionalmente sobre el cuerpo humano, ¿por qué no
deberían actuar también sobre el cuerpo del mundo, del cual el humano es una
extensión? Si la Luna hace crecer las
aguas, si el imán atrae al hierro, si los ácidos atacan a los metales, ¿por qué
el hombre, que es todas estas cosas juntas, no puede ejercer una acción sobre
cada aspecto de la naturaleza? Él puede
conocer los odios y amores, las atracciones y repulsiones que acercan o separan
a los elementos. Pero mientras estas
fuerzas obran de manera inconciente, el hombre puede usarlas y dominarlas
concientemente.
Así, el humanismo del
Renacimiento concibe la relación entre el hombre –en este caso el hombre
superior, el sabio– y la naturaleza, fundamentalmente como una relación de tipo
animista, mágico. El sabio es un mago
que, utilizando sus facultades intelectuales y anímicas, somete a las fuerzas
de la naturaleza o coopera con ellas.
Su arte puede acelerar, detener o transformar los procesos
naturales cuyos secretos conoce. La astrología,
la alquimia, la “magia natural” son las “ciencias” características de la época.
Es cierto que la
astrología conlleva un fuerte elemento de determinismo y de fatalismo, y por
esto fue ásperamente combatida por Pico que, en cambio, era favorable a la
magia. Si el destino de los hombres, de
los países, de las civilizaciones es dictado por los movimientos de los astros,
que a través de sutiles vías llegan a determinar sus comportamientos, no hay
lugar para la libertad en la gran máquina del Universo. Pero hasta las
concepciones astrológicas del humanismo se conforman al espíritu de la época,
poniendo en primer plano al hombre y su libertad. Así, el conocimiento de los influjos astrales es entendido como
el comienzo de un proceso de liberación de la esclavitud que éstos imponen y,
en un plano cósmico, aporta las pruebas de la solidaridad que une entre sí
todas las partes del Universo.
La ciencia de los
astros y de las leyes de la naturaleza implica el uso de las matemáticas. Pero este uso es bien diferente del que le
dará la ciencia moderna. Fiel a la
concepción pitagórica y platónica, el humanismo renacentista no concibe a los
números y las figuras geométricas como simples instrumentos para el cálculo o
la medición. Los considera entes en sí,
expresiones de la verdad más profunda, símbolos de la racionalidad del
Universo, comprensibles sólo a través de la facultad más característica del
hombre: el intelecto. Así, el humanista
Luca Pacioli, que redescrubre la divina proporción o sección áurea, considera
a la matemática –tal como lo hicieran Pitágoras y Platón– fundamento de todo lo
existente. Se trata, por lo tanto, de
una matemática mística y no de una ciencia que encuentra su legitimación en
medir, proyectar o construír.
Por cierto, estos aspectos
son también de fundamental importancia durante el Renacimiento. El hombre de
esta época es eminentemente activo: intenta, prueba, experimenta, construye,
impulsado por una ansiedad de búsqueda que lo lleva a poner en discusión y
someter a verificación las certezas consagradas por la tradición secular. Este espíritu de libertad, de apertura,
constituye la condición para la revolución copernicana y todos los grandes
descubrimientos de la época. Pero en la
base del trabajo técnico, del arte, subyace siempre la idea de un mundo
natural que no se contrapone al hombre, sino que es su prolongación. Y es por esta razón que la actitud hacia las
matemáticas y la técnica de Alberti, Piero della Francesca y Leonardo, que hicieron
vastísimo uso de ellas, es sustancialmente diferente a la del técnico y del
científico moderno. La diferenciación
entre alquimia y química, astrología y astronomía, magia natural y ciencia se
desconoce en esta época y vendrá mucho más tarde. Aun Newton, en pleno siglo XVIII, escribe un tratado de
alquimia... y los ejemplos de este tipo
se podrían multiplicar.
Para el humanismo del
Renacimiento existe en la naturaleza un orden matemático que puede ser
descubierto y reproducido. Este orden
es divino y reconstruírlo a través del arte significa “acercarse a Dios,
haciéndose como Dios, creador de cosas bellas.”
Después de la Segunda Guerra
Mundial, el “modelo” de marxismo que Lenin había instaurado en la Unión
Soviética estaba sufriendo una dramática y profunda crisis, mostrando con
Stalin el rostro de una despiadada dictadura.
Es en este contexto que se desarrolla una nueva interpretación del
pensamiento de Marx –en opocisón y como alternativa a la “oficial” del régimen
soviético– que se conoce como “humanismo marxista”. Sus representantes
sostienen que el marxismo posee “un rostro humano”, que su problemática central
es la liberación del hombre de toda forma de opresión y de alienación y que,
consecuentemente, es por esencia un humanismo. Un grupo bastante heterogéneo de
filósofos pertenece a esta línea de pensamiento. Los más representativos son:
Ernst Bloch en Alemania, Adam Shaff en Polonia, Roger Garaudy en Francia,
Rodolfo Mondolfo en Italia, Erich Fromm y Herbert Marcuse en los Estados
Unidos.
Y es así entonces que,
a partir de los años Cincuenta, con el desafío a nivel de interpretación
teórica que el humanismo marxista lanza a la doctrina “ortodoxa” del régimen
soviético, se asiste a un áspero enfrentamiento entre dos modos
mutuamente excluyentes de entender el pensamiento de Marx. Pero tal situación
no representaba una novedad o una anomalía en la historia del marxismo: al
contrario, era casi una constante. El pensamiento de Marx ha conocido, durante
el arco de su desarrollo y por diversos motivos, una amplia variedad de
interpretaciones.[12]
En los años inmediatamente
posteriores a la muerte de su fundador (1883), o sea en el tiempo de la Segunda
Internacional (1889), el marxismo era interpretado prevalentemente como
“materialismo histórico”, al que se entendía como una doctrina “científica” de
las sociedades humanas y de sus transformaciones, fundada en hechos económicos
y encuadrada en el contexto más amplio de una filosofía de la evolución de la
naturaleza desarrollada por Engels. Esta interpretación estaba teñida por el
clima cultural de la época, dominado por el evolucionismo darwiniano y, más en
general, por el positivismo. En este caso, la “cientificidad” que el marxismo
se arrogaba era la de las ciencias empíricas, cuyo método y rigor pretendía
extender al campo de la economía, la sociedad y la historia, antes dominados
por concepciones “metafísicas”, es decir, irracionales y arbitrarias.
En el siglo XX, la victoria de la
revolución proletaria en Rusia y su fracaso en Alemania y en el resto de Europa
Occidental impusieron la interpretación del marxismo elaborada primero por
Plejanov y Lenin, y más tarde por Stalin. Esta interpretación entiende al
marxismo fundamentalmente como “materialismo dialéctico”, es decir como una
doctrina filosófica materialista (se podría casi decir una cosmología) en la
que la dialéctica —o sea el
procedimiento lógico desarrollado por Hegel— juega un papel central: es, a un
tiempo, la ley evolutiva de la materia y el método teórico-práctico que permite
la compresión del mundo físico y de la historia, y que indica por lo tanto,
cuál es la acción política correcta. Aquí la filosofía de la naturaleza
elaborada por Engels —que en la interpretación precedente constituía solamente
el marco filosófico para la obra sociológica y filosófica de Marx— deviene
central y se superpone al materialismo histórico. También en este caso se
entiende al marxismo como una “ciencia”, pero no en el sentido de una
disciplina propiamente experiemental: se trata ahora de una ciencia filosófica
considerada “superior”, que se basa en la aplicación de las leyes de la
dialéctica hegeliana a los fenómenos naturales, y que integra y supera a las
ciencias empíricas. Con Stalin, el “materialismo dialéctico” se transforma en
la doctrina oficial del partido marxista-leninista soviético y de los partidos
comunistas que dependen de él.
Trataremos ahora de analizar las
ideas en las que se basan estas dos interpretaciones del marxismo, que son las
que han prevalecido históricamente.
El término “materialismo histórico”
comienza a aparecer en las últimas obras de Engels quien, sin embargo, prefiere
utilizar en general la expresión “concepción materialista de la historia”.
Cuando se habla de materialismo histórico se hace referencia al análisis y a la
interpretación de las sociedades humanas y de su evolución. La tesis
fundamental que este término denota —enunciada por Marx y Engels en diversas
obras— es que las producciones comúnmente llamadas “espirituales” (el derecho,
el arte, la filosofía, la religión, etc.) están determinadas, en última
instancia, por la estructura económica de la sociedad en donde se
manifiestan. El hecho histórico
primario consiste, para Marx, en la producción de bienes materiales que
permiten la supervivencia de los individuos y de la especie. Para poder hacer historia, los seres humanos
deben antes que nada lograr vivir, es decir, satisfacer sus propias necesidades
fundamentales: comer, beber, vestirse, disponer de una vivienda, etc.
Son estas necesidades primarias las
que estimulan al ser humano a buscar, en el mundo natural, los objetos y los
medios que le permitan satisfacerlas. La relación entre el hombre y la
naturaleza —entendida como relación entre la necesidad humana y el objeto
natural que la colma— es la base del movimiento de la historia. Se trata de una relación dinámica,
dialéctica, que no desaparece una vez que una necesidad primaria ha sido
satisfecha. De hecho, esta satisfacción
y el instrumento adoptado para lograrla inducen nuevas necesidades y llevan a
la búsqueda de nuevos medios para satisfacerlas.
La mediación entre estos dos polos
opuestos, la necesidad y su satisfacción, —y, por lo tanto, entre hombre y
naturaleza— está constituida, para Marx, por el trabajo. Es por medio del trabajo que el hombre crea
los instrumentos con los cuales obtiene de la naturaleza los objetos que le son
necesarios.
Toda época histórica se caracteriza
por un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas,
expresión que define simultaneamente el conjunto de las necesidades y de los
medios de producción (técnicas, conocimientos, hombres, etc.) empleados para
satisfacerlas. A estas fuerzas se corresponden específicas relaciones de
producción, de trabajo, que ligan entre sí a los hombres empeñados en la
fabricación de los bienes materiales necesarios para la existencia.
Marx ha llamado modo de
producción al conjunto dado por las relaciones de producción y las fuerzas
productivas. El modo de producción es el verdadero fundamento de la sociedad,
lo que determina su ordenamiento en las distintas articulaciones: jurídica,
política, institucional, etc. Es a
partir de esta base material (la estructura) que se desarrollan todos
los fenómenos que comúnmente se relacionan con la conciencia o con el espíritu
(la superestructura).
He aquí cómo Marx expresa este
concepto fundamental en el prefacio de la Crítica de la Economía Política
(1859) que contiene una exposición sintética del materialismo histórico: «En la
producción social de su existencia los hombres se encuentran en relaciones
determinadas, necesarias, independientes de su voluntad, es decir, en
relaciones de producción, que corresponden a un determinado nivel de desarrollo
de sus fuerzas productivas materiales.
El conjunto de relaciones de producción constituye la estructura
económica de la sociedad, la base real sobre la cual se eleva una
superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas
de conciencia social. El modo de producción
de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual. No es la conciencia la que determina el ser
de los hombres sino que, al contrario, es el ser social de los hombres el que
determina su conciencia».[13]
En base a estos principios, Marx
reconstruye la historia de las sociedades humanas a partir de las comunidades
primitivas hasta la sociedad burguesa de su tiempo. Para Marx la historia está dada por la sucesión de diversos modos
de producción a través de los cuales los seres humanos logran disponer de los
bienes materiales necesarios para la subsistencia. El pasaje de un modo de
producción a otro no sigue un proceso lineal, contínuo, sino que al contrario,
se da como ruptura del orden precedente, ruptura detonada por una dialéctica
interna. Un modo de producción entra en crisis cuando sus elementos
fundamentales —las fuerzas productivas y las relaciones de producción— se
vuelven recíprocamente contradictorios.
En ese momento se verifica una transformación revolucionaria y se establece
un nuevo modo de producción. Con éste
aparece también una “cultura” y una “conciencia” nuevas que suplantan a las
anteriores. Marx dice al respecto: «A
un cierto nivel de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la
sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción en vigor, o
para utilizar un término jurídico, con las relaciones de propiedad con las que
han marchado hasta ese momento. Luego
de haber sido formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones
se transforman en obstáculos para las fuerzas productivas mismas. Llega entonces una época de revolución
social. Con la modificación de la base
económica, la enorme superestructura se derrumba por completo más o menos
rápidamente».[14]
Este es el destino histórico de la
sociedad burguesa fundada en el trabajo industrial, la propiedad privada de los
medios de producción, la hegemonía del capital. Pero comparado con los modos de producción precedentes (el
medieval, el esclavista del mundo antiguo, etc.), el sistema capitalista
presenta características particulares: está obligado a revolucionar
continuamente las fuerzas productivas e imprimirles un impulso enorme. El campo de acción del capitalismo se
extiende ya al mundo entero: extrae las materias primas de los lugares más
remotos y penetra con sus productos en todos los países, por aislados que éstos
sean. Pero el capitalismo está minado
por una contradicción insanable entre las fuerzas productivas y las relaciones
de producción: de hecho, el carácter social de los procesos productivos
industriales —cada vez más acentuado— está en patente contraste con la
propiedad privada de los medios de producción.
La fuerza que pondrá fin al dominio
de la burguesía capitalista es la negación dialéctica, el espejo en negativo de
todas las características de la burguesía: el proletariado. He aquí como Marx se expresa: «En el
desarrollo de las fuerzas productivas, se llega a un estadio en el cual se
crean fuerzas productivas (las máquinas) y medios de relación (el dinero) que
pueden sólo ser nefastos para la situación existente, que ya no son fuerzas
productivas sino destructivas, y —hecho ligado a lo anterior— surge una clase
que debe soportar todas las cargas de la sociedad, que se ve forzada a una
posición de antagonismo extremo con las demás clases; una clase formada por la
mayor parte de los miembros de la sociedad, y de la cual surge la conciencia de
la necesidad de una revolución radical: la conciencia comunista...».[15]
Sin embargo, también la desaparición
de la burguesía y la victoria del proletariado están determinados por las
condiciones materiales de la sociedad y no por un impulso revolucionario
puramente voluntario. Marx se expresa
así: «Una conformación social nunca desaparece antes de haber creado todas las fuerzas
productivas que es capaz de desarrollar; y las nuevas relaciones de producción,
más elevadas, jamás logran reemplazar las precedentes antes de que las
condiciones materiales para su existencia hayan sido generadas en el seno de la
antigua sociedad».[16]
De todas maneras, la victoria de la revolución
proletaria está asegurada porque se inscribe necesariamente en la dinámica de
la evolución histórica: ella instaurará un modo de producción —el comunismo—
más avanzado que el capitalismo. Con la abolición de la propiedad privada y la
socialización de los medios de producción, el comunismo hará que la relaciones
de producción sean conformes al carácter social de las fuerzas productivas. De
este modo sanará la contradicción del capitalismo y dará a las fuerzas
productivas mismas un nuevo y extraordinario desarrollo. Para Marx, con la creación de la sociedad
comunista termina el proceso histórico, o mejor dicho, concluye la prehistoria
de la humanidad y se inicia una fase radicalmente nueva de la existencia social
humana.
Estas son, en breve síntesis, las
ideas centrales del “materialismo histórico”.
De los textos que hemos citado (que han sido siempre considerados de
central importancia para evaluar el pensamiento de Marx) parece emerger una
concepción histórica modelada en base a un materialismo radical. No es
sorprendente, entonces, que el marxismo haya sido interpretado, desde sus
comienzos, con este preciso significado por muchos de sus analistas y
seguidores. Y, efectivamente, en esta concepción, no hay nada que supere el
rango de las fuerzas productivas, de las que dependen y derivan tanto la
organización social como las manifestaciones espirituales del ser humano.
Claro está que una visión tal de la
sociedad y de la historia exponía a numerosos problemas. En particular, la relación entre estructura
económica y superestructura era muy poco transparente. Y no se trataba de un problema simplemente
teórico, ya que involucraba directamente algunos aspectos políticos y
organizativos fundamentales del movimiento obrero. Por ejemplo, ¿cuál era el
rol de un aspecto superestructural como la “conciencia comunista” o
revolucionaria, cuyo portador —según
Marx— era el proletariado? Y ¿de qué
modo actuaba esta “conciencia” sobre la estructura económica de la
sociedad? En términos prácticos este
problema se enunciaba así: ¿cómo y cuándo, en la fase de decadencia del
capitalismo, el proletariado (o, mejor dicho, su parte más “conciente”, o sea,
el partido comunista) debía hacer uso de la violencia intencionalmente? En base a los escritos de Marx la respuesta
no es clara. Por una parte Marx
confiere al proletariado y a sus organizaciones un rol fundamental en la caída
de capitalismo, pero por otra parte, en su teoría, este derrumbe parece ser el
resultado de leyes intrínsecas que rigen el desarrollo del capital. Si se considera el análisis de la evolución
del capitalismo así como Marx lo presenta en El Capital, se tiene la
impresión de que el proceso que llevará a la caída del régimen burgués está
determinado por mecanismos inflexibles, reglas férreas, leyes casi
cuantitativas como sucede en las ciencias físicas. En efecto, Marx consideraba
que su análisis del capitalismo era “científico”, o sea dotado de la capacidad
de previsión de las ciencias exactas.
En este proceso rígidamente determinista, la conciencia comunista parece
desempeñar un papel secundario.
Después de la muerte de Marx, la
discusión sobre las formas de organización y de acción del proletariaro en
vista del “derrumbe inevitable” del capitalismo se exacerbó tanto que Engels
mismo se sintió obligado a hacer algunas aclaraciones. En una famosa carta[17], Engels explicó que la
concepción materialista de la historia había sido mal entendida y que había
sido un forzamiento el ver un determinismo absoluto y unidireccional de las
fuerzas productivas sobre la conciencia y las superestructuras. Ciertamente la
estructura economica constituye en última instancia el factor
determinante del desarrollo histórico. Pero no es el único factor
operante. Los diversos aspectos de las
superestructuras, tales como las formas políticas de la lucha de clases, el
ordenamiento jurídico de los Estados, y hasta las creencias filosóficas y
religiosas, ejercen su influencia sobre el curso de los advenimientos
históricos. Esta influencia no es
decisiva, pero tampoco desdeñable: debe ser tomada en cuenta.
No obstante la aclaración de Engels,
la cuestión de la relación entre estructura y superestructura nunca ha dejado
de avivar la discusión teórica, fuera y dentro de los partidos marxistas. Surgió nuevamente, y en forma dramática,
poco antes de la primera guerra mundial, cuando la Social Democracia alemana
votó por mayoría la declaración de guerra de Alemania. El proletariado alemán —el más “conciente” y
mejor organizado de Europa— tomó partido junto a la burguesía nacional en
contra del proletariado de Francia e Inglaterra, que siguieron el mismo camino.
Un elemento totalmente superestructural, como la identidad nacional, había
prevalecido por sobre el interés “objetivo” de los distintos proletariados
europeos que era unirse entre sí para combatir la opresión de las respectivas
burguesías nacionales.
Por lo que concierne al término
“materialismo dialéctico”, es necesario aclarar que nunca fue utilizado por
Marx para designar su concepción filosófica; su uso se hizo común a partir de
Lenin y con Stalin —como dijimos anterioremente— llegó a denominar la doctrina
oficial del partido marxista-leninista en el poder en la Unión Soviética.
El “materialismo dialéctico” es una
construcción teórica elaborada casi exclusivamente por el marxismo ruso en base
a las reflexiones sobre el mundo natural que Engels expone en varios escritos,
en especial el Antidühring (1878) y La dialéctica de la naturaleza. Esta última es una obra incompleta y
fragmentaria, a la que Engels se dedicó durante varios años en modo
discontinuo, y que fué publicada en la
Unión Soviética recién en 1925.
Engels, amigo de Marx durante 40
años y su colaborador en la redacción de varias obras, era un apasionado de la estrategia militar y
demostraba gran interés por las ciencias, lo que lo llevó a relacionarse
epistolarmente con numerosos investigadores.
En el campo científico su interés se dirigía a la formulación de una
filosofía general de los fenómenos naturales que explicase los grandes
descubrimientos de su tiempo (la célula, la conservación de la energía, la
evolución de las especies, etc.) y que concomitantemente constituyese un
fundamento “objetivo”, o sea “científico”, de la concepción histórica de Marx.
Reconociendo el peligro de la
fractura entre saber filosófico y saber científico, Engels criticaba el
empirismo y el escaso interés en la filosofía que demostraban los científicos
de su época, dedicados a la experimentación en campos limitados y separados
entre sí, pero incapaces de justificar filosóficamente sus
descubrimientos. De hecho, el mundo
científico del siglo XIX en general seguía considerando la naturaleza como un
conjunto de entidades fijas y aislables, que debían ser estudiadas
separadamente, y explicaba las transformaciones naturales como interacciones
mecánicas entre tales entidades fijas.
Engels consideraba a este
mecanicismo ingénuo sólo como una mala filosofía, un residuo de la visión del
mundo del Setecientos que impedía la comprensión del continuo devenir de la
naturaleza, que Darwin había descrito brillantemente. Para Engels —gran admirador de Darwin— el mundo natural debía
estudiarse como un conjunto de relaciones y de procesos dinámicos, como
desarrollo evolutivo de estructuras que se influencian recíprocamente. Para explicar la dinámica compleja de los
fenómenos naturales, Engels recurrió a las leyes de la dialéctica descubiertas
por Hegel.
Hegel, revolucionando la lógica
tradicional basada, a partir de Aristóteles, en los principios de identidad y
no contradicción, había construído una nueva lógica dialéctica cuyo eje central
era, precisamente, el principio de contradicción. Para Hegel, el carácter
contradictorio de las ideas sobre la realidad no demuestra en modo alguno que
éstas sean ilusorias. Al contrario, la
contradicción es una propiedad esencial tanto de la realidad como del
pensamiento.
Un concepto aparece en su identidad
estática y totalmente separada de su contrario sólo a una conciencia
intelectualista y abstracta. La lógica dialéctica muestra que los opuestos no son mutuamente
indiferentes, sino que cada uno es lo que es, gracias a su relación de
oposición a su contrario, y cada uno se define por ser, precisamente, lo que el
otro no es. Cualquier concepto
entendido como positivo implica su correspondiente negativo, la propia negación
determinada: el bien existe sólo en cuanto superación de su contrario, el mal;
la vida es tal sólo en relación a lo que constituye su negación, la muerte,
etc. Así, una cosa nunca es sólo positividad, sino que contiene en sí la propia
negatividad.
La razón misma tiene dos tareas
fundamentales: una negativa de disolver, negándolos, los conceptos fijados y
aceptados, y una positiva que consiste en reconocer que la oposición entre
conceptos opuestos se supera y se resuelve en una unidad superior que contiene
a ambos (la síntesis). Ésta a su vez
está en relación con una nueva negación determinada (la antítesis) y así
siguiendo.
En su Fenomenología del espíritu,
Hegel muestra cómo este proceso dialéctico constituye el camino a través del
cual la conciencia humana se eleva gradualmente desde las formas más ingenuas y
“naturales” a formas más altas y complejas: autoconciencia, razón y
espíritu. Hegel reconstruye la
distintas “figuras” del saber limitado y aparente (de aquí el término fenomenología)
por las que pasa la conciencia en su evolución. Cada “figura” se transforma en su negación, a la que sigue
una síntesis, una conciliación entre opuestos, que a su vez constituye el punto
de partida para una nueva etapa, para un saber más completo que incluye el
precedente. El proceso concluye cuando
se llega al estadio en el que la conciencia, como “saber absoluto”, reconcilia
y supera la oposición entre la certeza (su saber) y la verdad, entre razón y
realidad.
Engels acepta el esquema evolutivo de
Hegel pero invierte el protagonista de la historia: lo que se desarrolla según
una dinámica dialéctica no es un principio espiritual sino la materia. Para Engels, la naturaleza, incluyendo las
especies vivientes y el hombre, es materia que encuentra en sí misma el motor
del propio dinamismo. En este sentido,
el materialismo dialéctico constituye una suerte de “fenomenología del
antiespíritu”.[18]
Esta inversión de la dialéctica
hegeliana (o “enderezamiento” como dirá Engels con satisfacción) corresponde puntualmente
a la operación de inversión efectuada por Marx a la concepción hegeliana de la
sociedad y de la historia. Pero a
diferencia de Marx —cuyas relaciones con la dialéctica hegeliana son ambiguas—
Engels adopta concientemente este procedimiento lógico y llega a reconocerle
una validez positiva, “científica”. La
leyes de la dialéctica natural son para él las mismas leyes del pensamiento: la
dinámica del conocimiento es “espejo”, reflejo de la dinámica de la realidad. Con esta síntesis entre idealismo y
materialismo, entre Hegel y Darwin, Engels trata de salvar la fractura entre
pensamiento filosófico y científico y de sentar las bases para la construcción
de una nueva ciencia global que supere el especialismo de las ciencias
empíricas y la visión exasperadamente analítica que éstas dan de la realidad
natural.
Estas ideas son adoptadas por Lenin,
que organiza y sistematiza las reflexiones dispersas de Engels, desarrollando
en particular la teoría del “espejo” que este había apenas esbozado. Pero el punto más interesante reside en el
hecho de que con Lenin la teoría de la evolución de la materia asume la
precedencia sobre la concepción histórica de Marx, a la que sirve de base
filosófica. Stalin reafirmará esta
posición y la transformará en ortodoxia en su famoso opúsculo de 1938, Materialismo
dialéctico y materialismo histórico.
Pero el materialismo dialéctico no
se conciliaba bien con la concepción histórica de Marx, a la que pretendía
legitimar: para Marx la relación dialéctica fundamental es la del hombre con la
naturaleza, de la cual el hombre obtiene los objetos que le sirven para
satisfacer sus necesidades. En el
materialismo dialéctico, esta relación se desequilibra completamente, porque el
hombre ha sido reducido a un epifenómeno, un producto secundario e innecesario
de la evolución de la materia. Y el desarrollo de las sociedades humanas, que
Marx trataba de explicar desde la prehistoria hasta el triunfo y la crisis de
la burguesía europea, en el materialismo dialéctico no es más que un breve
capítulo de la historia natural del mundo.
Además, equiparando las leyes del
pensamiento a leyes “científicas”, inmanentes a la naturaleza, la concepción de
Engels resultaba ser tanto un idealismo cuanto un materialismo. En esta concepción, la distinción entre
pensamiento y realidad tiende a desaparecer, exactamente como en la filosofía
hegeliana que Engels había pretendido “enderezar”. De hecho, si se dice que las
leyes del pensamiento son un reflejo de las leyes de la realidad, bien se puede
afirmar que las leyes de la realidad son un reflejo de las leyes del
pensamiento. Paradójicamente, el materialismo dialéctico terminaba siendo una
reproposición de la filosofía de la naturaleza del romanticismo alemán.
Resta aún por señalar que la
capacidad heurística de la nueva “ciencia” dialáctica —que debía otorgar
estructuralidad y una visión global a las ciencias empíricas— fue prácticamente
nula. Ya Engels, pretendiendo aplicar
las leyes de la dialéctica a todos los campos del saber, había llegado a forzamientos
vistosos, aportando pruebas que eran demasiado genéricas o que fueron
invalidadas por las investigaciones posteriores.
Para dar una idea de la
arbitrariedad con la cual Engels utilizó el método dialéctico en el campo de
las ciencias, baste el siguiente ejemplo en el que una de las tres leyes de la
dialéctica que él derivó de las obras de Hegel –la “negación de la negación”–
se aplica al álgebra: «Tomemos —dice Engels— una magnitud algebraica
cualquiera, por ejemplo, a. Neguémosla
y obtendremos -a. Neguemos esta
negación multiplicando -a x -a: obtendremos así a2, es decir, la primera
magnitud positiva pero a un grado más elevado, o sea a la segunda potencia».[19]
Mucho más lamentables se mostraron
las aplicaciones dogmáticas del materialismo dialéctico soviético. Una de las más conocidas es la que intentó
el biólogo Lysenko. Éste se encontraba
en abierta polémica con los genetistas occidentales que sostenían la tesis de la
invariabilidad del gene —entendido como factor hereditario determinante— a través
de las generaciones. Según él, una
teoría que postulase la fijeza de una estructura biológica era necesariamente
falsa porque incompatible con el materialismo dialéctico. Lysenko aplicó a la
organización del plan agrícola soviético sus propias teorías genéticas basadas
en el materialismo dialéctico. Los resultados fueron tan desastrosos que al
poco tiempo Lysenko desapareció de la escena política y científica.
Éstos son los aspectos fundamentales
de la doctrina del materialismo dialéctico, cuya importancia creció en el
movimiento marxista internacional a medida que aumentaba la fuerza política de
la Unión Soviética. Como ya hemos visto, los escritos de Engels tuvieron un
peso determinante en la elaboración de esta interpretación del marxismo. Pero su influencia fue también grande en la
formación de la otra interpretación, la que ve al marxismo como una “ciencia”
—en sentido positivista— de la sociedad y la historia.
En este punto se hace necesaria una
aclaración. El rol desempeñado por
Engels en la construcción de la imagen “científica” del marxismo hacia fines
del siglo XIX se explica no sólo por el clima cultural de la época y el interés
que este autor tenía en las disciplinas experiementales, sino también por el
hecho de que las obras de Marx eran conocidas en forma muy parcial. En aquel
entonces Marx era fundamentalmente el autor de El Capital, un escrito de
economía política. Los textos propiamente filosóficos se reducían a los
prefacios de El Capital y a otro famoso, aunque breve de 1859, aquel de La
crítica de la economía política que, como hemos visto, contiene una
síntesis del materialismo histórico. La
mayor parte de los textos de la juventud que permiten entender la base
filosófica y metodológica de Marx (Crítica de la filosofía hegeliana del
derecho publico, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, La
ideología alemana) no fueron publicados antes de los años Treinta. Y sólo en esa década los críticos pudieron
acceder a importantes textos de la madurez ya publicados, como los Grundrisse
y la Teoría de la plusvalía. Y, como veremos detalladamente más
adelante, es sobre todo en base a las obras juveniles que se contruyó la
interpretación humanista del marxismo.
Pero aun sin que se supiera de la
existencia de estos textos, la línea interpretativa del marxismo como “ciencia”
(ya sea en sentido positivista o dialéctico) comenzó a ser duramente criticada
desde principios de los años Veinte por algunos teóricos eminentes que operaban
fuera de la Unión Soviética. G. Lukàcs,
K. Korsch y más tarde A. Gramsci, cada uno a su modo, niegan decididamente que
el marxismo sea una ciencia y que deba necesariamente derivar su propio método
de las disciplinas experimentales. Para ellos, por el contrario, el marxismo es
fundamentalmente una crítica a la sociedad burguesa y una doctrina de la
revolución social que se orienta a la liberación del ser humano de todas las
alienaciones a las que el sistema capitalista lo ha condenado. La teoría de la alienación y del fetichismo
de los bienes, patente en El Capital pero practicamente ignorada por los
comentaristas posteriores, con Lukàcs reaparece en primer plano como uno de los
aspectos fundamentales del pensamiento de Marx.
En esta línea interpretativa —que
recibe el nombre de “marxismo occidental”— el verdadero núcleo del pensamiento
de Marx, el centro teórico que contiene la carga revolucionaria, está dado por
la dialéctica. A ésta se la entiende
como un método teórico-práctico para la comprensión de la historia y de la sociedad
humanas, y que no se puede extender a la descripción del mundo natural así como
lo entienden las ciencias empíricas. En
este caso, la dialéctica adquiere las características de tales ciencias, es
decir, se transforma en un mecanismo de causa-efecto, en una conexión
determinista entre datos, entre hechos.
La dialéctica, al contrario, postula la negación de un mundo
históricamente dado: un mundo dividido, alienado, que debe ser superado y
reconstituido en su unidad a través de la actividad revolucionaria. En este sentido, la dialéctica es incompatible
con la lógica de las ciencias empíricas.
Para Lukàcs esta lógica que despedaza el mundo en datos separados y
desconectados es la misma lógica de la producción industrial del capitalismo,
donde la división del trabajo se hace exasperada y donde el trabajador es
transformado en objeto, en cosa, en “hecho natural”. Preteder utilizar los métodos de investigación de las ciencias
empíricas o una interpretación “científica” de la dialéctica para comprender la
historia y la sociedad humanas es tergiversar el pensamiento de Marx.
Gramsci ataca duramente las teorías
de Engels y de sus seguidores rusos en cuanto proyectan en el mundo de los
hombres un determinismo que no existe. Los hombres están sí condicionados por
un cierto modo de producción y por ciertas superestructuras pero, precisamente
por ser hombres y no simples objetos naturales, pueden transformar su situación
histórica a través de la toma de conciencia y de la práctica revolucionaria. Un
evolucionismo vulgar, un determinismo naturalístico, como el que propone
Engels, no podrá jamás explicar las transformaciones históricas. Gramsci llega a negar que el marximo sea un
materialismo y ataca la idea misma de “realidad” objetiva, que es el fundamento
de las ciencias empíricas. Creer en la
“realidad”, en la objetividad del mundo —y en esto Gramsci se remite
directamente a Hegel— constituye sólo el primer estadio cognoscitivo, estadio
que corresponde a una conciencia ingenuamente “natural”. “Objetivo” para
Gramsci significa siempre “históricamente subjetivo”, por lo que su visión no
da lugar a teorías del “reflejo”. Esencialmente, Gramsci ve en el marxismo un historicismo y un humanismo.
La reacción del marxismo soviético
ante las ideas de Lukàcs y Korsch fue de total rechazo. El Quinto Congreso de
la Internacional Comunista del año 1924 en Moscú las tachó de “revisionistas”.
Pero mientras tanto el panorama político europeo estaba cambiando radicalmente
y, con la llegada al poder de los fascismos en Italia y Alemania, el desarrollo
del marxismo se interrumpía en dos de las tres áreas de mayor vitalidad. En la
tercera, Rusia, el marxismo se transformaba con Stalin en una suerte de
religión de Estado que legitimaba el sistema de poder de las cúpulas
burocráticas del partido comunista soviético y, consecuentemente, de los
partidos comunistas operantes en países capitalistas.
Pero la aparición de los textos de
la juventud de Marx, y en especial de los Manuscritos (descubiertos
casualmente en París), revelaba, sin lugar a dudas, el fuerte impulso humanista
de Marx y una actitud crítica y libertaria que desacreditaban radicalmente a
las burocracias de los partidos comunistas en el poder en aquel entonces. La posición que asumieron estas burocracias
frente a los textos juveniles de Marx fue la de considerarlos obras aún
inmaduras, ejercicios preparatorios para el desarrollo de un pensamiento que se
habría manifestado plenamente sólo mucho más tarde. El espíritu libertario de estos escritos fue etiquetado de ideología,
palabra que, en la terminología marxista, significa toda representación que
oculta la verdadera realidad de los hechos, revistiéndola de imágenes falsas o
ilusorias. Es precisamente a las
ideologías, a las superestructuras (jurídicas, políticas, filosóficas,
religiosas, etc.) que Marx contrapone su concepción materialista de la
historia.
Para Marx, la producción de
ideologías presupone ya la existencia de una fundamental división social del
trabajo, o sea, la separación entre trabajo manual e intelectual. Es gracias a esta escisión que pueden
constituirse los grupos de intelectuales de profesión que operan en campos
especializados y que dan vida a estructuras institucionales más o menos
complejas. La función de estas franjas
intelectuales productoras de ideologías es principalmente la de esconder y
justificar la división en clases de la sociedad y la explotación del trabajo
manual. A partir de esta mentira de
base, construyen una imagen invertida e idealizada de la realidad social e
histórica.
En modo grotesco y sin ninguna
capacidad de autocrítica, los intelectuales ligados a las burocracias del
partido no dudaron en acusar de “ideología” al mismo Marx joven y contraponerlo
al Marx “científico” de las últimas obras.
Se llegó incluso a censurar sus textos juveniles y a ocultar pasajes
enteros de los textos de su madurez.[20]
Pero luego de la Segunda Guerra
Mundial —y aquí retomamos el hilo del discurso inicial— comenzó a quedar en
claro que el modelo ruso había producido, con el estalinismo, una dictadura monstruosa
que infringía los derechos humanos fundamentales y las más elementales formas
de libertad personal. Fue en este clima
cultural que surgió en los ambientes filosóficos marxistas no ligados a las
burocracias de partido un interés creciente por recuperar los aspectos
humanistas del pensamiento de Marx. Y
así se fue desarrollando la línea interpretativa del humanismo marxista,
opuesta al “materialismo dialéctico” y, en general, a las interpretaciones del
marxismo entendido como “ciencia” de la economía y de la historia.
Veamos entonces la concepción que
Marx tiene del hombre y cómo él considera el humanismo en sus escritos
juveniles.
A los 26 años, Marx critica el
idealismo de Hegel —para quien el hombre era sólo un ser espiritual, una
autoconciencia— y delínea su antropología en los Manuscritos. Según Marx, el hombre es ante todo un ente
natural, material. Las distintas
definiciones que da ponen de relieve
este aspecto. Así el hombre: «...es el
hombre real, corpóreo, plantado en la tierra firme y redonda, este hombre que
espira y aspira todas las fuerzas de la naturaleza...».[21] Además «El hombre es inmediatamente
un ser natural. Como ser
natural, como ser natural viviente está en parte provisto de fuerzas
naturales, de fuerzas vitales, es decir, es un ser natural activo,
y estas fuerzas existen en él como disposiciones y facultades, como impulsos;
él es en parte, en cuanto ser natural, objetivo, dotado de cuerpo y de
sentidos, un ser pasivo condicionado y limitado, tal como los animales y
las plantas: es decir, los objetos de sus impulsos existen fuera de él,
como objetos independientes de él, pero estos objetos son objetos
de su necesidad, objetos esenciales, indispensables para actuar y
reafirmar sus fuerzas esenciales».[22]
Vemos entonces que el hombre vive en
el horizonte del mundo natural del que recibe, tal como los demás seres
sensibles, impresiones y condicionamientos, y en el que encuentra los objetos
que satisfacen sus necesidades, objetos hacia los que lo dirgen sus impulsos
internos, también ellos entendidos como fuerzas naturales. Y el mundo que lo circunda es un mundo real,
objetivo. Esta concepción deriva
claramente de Feuerbach quien, en polémica con Hegel, consideraba al hombre y
al mundo como entes naturales objetivos.
Y sin embargo, en los Manuscritos,
la distancia que separa a Marx del riguroso naturalismo de Feuerbach es ya
incolmable. Para Marx, de hecho, «... el hombre no es solamente un ser natural;
es también un ser natural humano, o sea un ser que es para sí mismo y
luego un ser que pertenece a una especie; como tal él debe
realizarse y confirmarse tanto en su ser como en su saber. Por ello los objetos humanos no son los
objetos naturales como se presentan en modo inmediato».[23] Y «la naturaleza, considerada en forma
abstracta, en sí, fijada en su separación del hombre, es para el hombre una
total nulidad».[24]
Vemos así que, a diferencia de los
demás seres naturales, el hombre posee características que le son particulares:
es también una conciencia (para sí) que se manifiesta como saber. No es
solamente naturaleza. A su vez, los
objetos naturales, aun siendo reales, no pueden ser concebidos en sí mismos,
independientemente de las actividades de los hombres. La relación hombre-naturaleza no consiste por lo tanto en un
“reflejo” fiel de la realidad natural en la conciencia humana —como sostendrán
Engels y Lenin—, o en un simple condicionamiento que la naturaleza ejerce sobre
el hombre; se trata en cambio de una relación eminentemente activa, práctica.
A través de su actividad conciente
(el trabajo), el ser humano se “objetiva” en el mundo natural,
acercándolo siempre más a sí, haciéndolo cada vez más similar a sí: lo que
antes era simple naturaleza, ahora se transforma en un producto humano. Por lo tanto, si el hombre es un ser
natural, la naturaleza es a su vez naturaleza humanizada, o sea transformada
concientemente por el hombre. Dice
Marx: «...Toda la así llamada historia del mundo no es otra cosa que la
generación del hombre a través del trabajo humano, nada más que el devenir de
la naturaleza para el hombre».[25] «Es solamente en la transformación del mundo
objetivo que el hombre se muestra realmente como un ser perteneciente a una
especie. Esta producción es su vida
activa como ser perteneciente a una especie.
A través de ella, la naturaleza se revela como su obra y su realidad».[26]
Por consiguiente, para Marx la
especificidad del ser humano, su característica fundamental en cuanto
perteneciente a una especie natural determinada, la especie humana, consiste en
la transformación de la naturaleza por medio del trabajo. El hombre es,
fundamentalmente, homo laborans.
Varios aspectos de una tal concepción llegan a Marx directamente de
Hegel. Éste había sostenido en la Fenomenología
del Espíritu (aunque con una perspectiva distinta) que toda la realidad
histórico-social, cultural y aun natural es un producto de la actividad de los
hombres, una “objetivación” de la conciencia humana. También para Hegel el trabajo —que transforma contemporáneamente
a la naturaleza y al hombre mismo —
constituye la vida y la conciencia de la especie.
El otro aspecto fundamental
(estrechamente ligado al anterior) de la antropología de Marx se encuentra en
la afirmación de que el hombre es, por esencia, social: «El hombre es un ‘zoon
politikon’ en el sentido más literal: no sólo es un animal social, sino también
un animal que puede individualizarse únicamente en la sociedad».[27] «La esencia humana no es algo abstracto e
inmanente a cada individuo. Es en su
realidad el conjunto de las relaciones sociales».[28]
Por consiguiente, la esencia humana
no reside en alguna característica que se pueda ubicar en el interior de un
individuo aislado, en su conciencia.
Por el contrario, ella se encuentra, por así decir, en su exterior, en
la sociedad, en el conjunto de relaciones sociales que el hombre establece con
sus semejantes. Colaborando entre sí para transformar a la naturaleza, los
hombres construyen una especie de ser colectivo, social, comunitario. Y es sólo
aquí que la esencia humana se manifiesta plenamente: «El intercambio de
actividad humana dentro de la producción misma, así como el intercambio de
productos con el otro, es equivalente a la actividad de la especie y al
espíritu de la especie, cuya existencia real, conciente y auténtica, es la
actividad social y la satisfacción social.
Así como la naturaleza humana es la verdadera naturaleza comunitaria o
el ser comunitario de los hombres, éstos a través de la activación de su
naturaleza crean y producen un ser humano comunitario, un ser social que
no es un poder abstracto, universal, opuesto al del individuo aislado, sino que
es la naturaleza o esencia de cada individuo aislado, su propia actividad, su
propia vida, su propio espíritu, su propia riqueza».[29]
El hombre se transforma de ser
natural en ser verdaderamente humano únicamente en la sociedad. Y sólo en la sociedad resulta comprensible y
realizable la tarea que le ha sido asignada a la especie: la humanización de la
naturaleza. «La esencia humana de la naturaleza existe solamente para el
hombre social: en efecto, sólo aquí la naturaleza existe para el hombre
como vínculo con el hombre, como existencia de él para el otro y
del otro para él ... sólo aquí la naturaleza existe como fundamento de
su propia existencia humana. Solamente aquí la existencia natural
del hombre se ha vuelto para el hombre existencia humana; la naturaleza
se vuelto hombre. Por lo tanto, la sociedad es la unidad esencial, plenamente
realizada, del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza,
el naturalismo completado del hombre y el humanismo completado de la
naturaleza».[30]
De esta concepción derivan dos
consecuencias, ambas de gran importancia. Ante todo, el hombre no posee una
esencia pasible de ser asimilada a un concepto abstracto y estático, que pueda
ser determinada de una vez para siempre: siendo el conjunto de las relaciones
sociales, la esencia humana es necesariamente histórica y cambia de acuerdo a
la organización de la producción social, al proceso de humanización de la naturaleza.
La segunda consecuencia es que la
sociabilidad natural del hombre no podrá manifestarse en su positividad
mientras que el trabajo, la producción, estén organizados en forma no
comunitaria, no solidaria. En tales condiciones,
se manifestará siempre como alienación, como extrañamiento del hombre de
sí mismo, de la sociedad, de la especie, de la naturaleza. He aquí como Marx expresa este concepto
fundamental: «En tanto el hombre no sea reconocido como hombre y no organice el
mundo humanamente, su ser social se manifiestará en forma de alienación, puesto que su sujeto, el hombre, es
un ser extrañado de sí mismo. Los
hombres son este ser no en una abstracción, sino como individuos reales,
vivientes, particulares. Tal como
ellos son, así es por consiguiente este ser.
Es, pues, una proposición idéntica [el decir] que el hombre se
extraña a sí mismo y [el decir] que la sociedad
de este hombre extrañado es la caricatura de su real ser social, de su
verdadera vida de especie; que su actividad, por tanto, se le presenta como
tormento, su propia creación se le presenta como una potencia extranjera, su
riqueza como pobreza, el vínculo esencial que lo liga a los otros
hombres como un vínculo inesencial; y que también la separación de los otros
hombres se le presenta como su verdadera existencia ...».[31]
Marx descubre el origen de la
alienación en la propiedad privada, que en la sociedad capitalista domina todos
los aspectos de la vida individual y colectiva. El ser humano ha sido reducido al trabajo que es capaz de
ofrecer, a la mercancía que produce.
Así, él mismo se ha transformado en mercancía, en cosa. En su contra se yergue como un Golem un
“poder social extraño”, que no es otra cosa que el ser colectivo que por
esencia los hombres siempre construyen, pero que, por el hecho de ser el
resultado de una producción no comunitaria, domina como una fuerza
independiente a los hombres que le han dado vida.
He aquí cómo Marx describe esta
“guerra de todos contra todos” en la sociedad capitalista: «Cada hombre se las
ingenia para procurar una nueva necesidad a otro hombre, para
constreñirlo a un nuevo sacrificio, para reducirlo a una nueva dependencia...
Cada uno trata de crear sobre el otro una fuerza esencial extraña para
lograr con esto la satisfacción de la propia necesidad egoísta. Con la masa de los objetos crece, entonces,
la esfera de los seres extraños a los cuales el hombre está sometido, y cada
nuevo producto es un nuevo potenciamiento del recíproco engaño y de los
recíprocos despojamientos. El hombre se
hace mucho más pobre como hombre, tiene mucha más necesidad del dinero
para apoderarse del ser hostil, y la potencia de su dinero está en proporción
inversa a la masa de la producción; en otras palabras, su miseria crece en la
medida en que aumenta la potencia del dinero».[32]
Pero la alienación no se limita a la
relación entre los hombres: ésta produce una escisión, una fractura en el
interior de hombre mismo, alterando incluso su estructura perceptiva. «La propiedad privada nos ha vuelto tan
obtusos y unilaterales, que un objeto es considerado nuestro solamente
cuando lo tenemos y, por lo tanto, cuando existe para nosotros como capital o
es por nosotros poseído, comido, bebido, llevado sobre nuestro cuerpo,
habitado, etc., en síntesis, cuando es utilizado por nosotros... En lugar de todos los sentidos
físicos y espirituales, se ha instalado la simple alienación de todos
estos sentidos, el sentido de poseer».[33] «...los sentidos del hombre social
son distintos de los del hombre no social».[34]
Para Marx es posible eliminar la
alienación sólo suprimiendo su causa: la propiedad privada. Gracias a la negación de aquello que la
había negado, la sociabilidad natural del hombre vuelve a manifestarse en su
positividad y plenitud. Con una nueva inversión, el mundo invertido se
endereza. Se restablece la humanidad
del ser humano; se sana la escisión interna y se salva la fractura entre hombre
y sociedad, especie, naturaleza.
«La abolición de la propiedad
privada representa, entonces, la completa emancipación de todos los
sentidos y de todos los atributos humanos; pero es una emancipación de este
tipo precisamente porque estos sentidos y estos atributos se han vuelto humanos,
subjetiva y objetivamente. El ojo se ha
vuelto humano en el momento en que su objeto se ha transformado
en un objeto social, humano, que procede del hombre para el hombre».[35]
Y ahora, veamos la definición más
completa que da Marx del comunismo humanista: «El comunismo [se define] como
supresión positiva de la propiedad privada, entendida como
autoalienación del hombre y por lo tanto como real apropiación de
la esencia del hombre a través del hombre y para el hombre; por esto [se define
también] como regreso del hombre para sí, del hombre como ser social, o
sea humano; regreso completo, hecho conciente, madurado dentro de toda la
riqueza del desarrollo histórico hasta hoy.
Este comunismo se identifica, en cuanto naturalismo que ha alcanzado la
propia realización, con el humanismo; en cuanto humanismo que ha alcanzado la
propia realización, con el naturalismo...».[36]
Pero, para Marx, esta fundamental
comprensión teórica no es suficiente como tal: debe ser actuada, puesta en
práctica. La filosofía ya no basta más
a sí misma, no vale más como modo de existencia. No hay que contentarse con interpretar el mundo, es necesario
transformarlo. Es preciso que la filosofía
se comprometa en actividades, que oriente la transformación del mundo, que
llegue a ser praxis. Sin la praxis, la
filosofía es nada.[37]
Así entonces, con Marx la filosofía
pasa a ser fundamentalmente acción (trabajo) y el filósofo, un
revolucionario. Pero la acción humana,
que niega y transforma las condiciones inhumanas del mundo, no sería
posible si la evolución de la historia
fuera el resultado de un rígido determinismo —como sostenían los materialistas
antiguos y modernos— o de la astucia de
la Razón universal que se sirve de los hombres como ingenua materia de la
historia —como sostenía Hegel. Marx
critica con fuerza ambas posiciones.
Para él, el determinismo no es suficiente. La dinámica histórica nace de
la unión entre el condicionamiento natural e histórico y la actividad humana
libre, que trata de modificar este condicionamiento.[38]
Esta concepción filosófica no es
fácilmente definible como un materialismo en el sentido tradicional. Marx mismo aclara este punto en los Manuscritos
cuando inicia la exposición de su antropología: «Vemos aquí cómo el naturalismo
o humanismo, conducido a la propia realización, se distingue tanto del
idealismo como del materialismo, y es al mismo tiempo la verdad que une a
ambos».[39] Pero, la concepción que emerge de las obras
juveniles parece ser, según lo que Marx mismo afirma, un naturalismo que
coincide con un humanismo, en el sentido de que si el hombre es un ser natural,
la naturaleza es siempre naturaleza humanizada, es decir transformada por el
trabajo social de la humanidad.
El humanismo marxista ha sido
desarrollado sobre todo en base a estas ideas.
No es sorprendente que los exponentes de esta línea interpretativa
sostengan con vehemencia que no es correcto considerar al marxismo como un
materialismo y que afirmen que la definición más adecuada es precisamente la de
humanismo. He aquí cómo se expresa
Mondolfo, el primer intérprete de Marx en sostener esta tesis: «... En realidad
si examinamos sin prejuicios el materialismo histórico, tal como resulta de los
textos de Marx y Engels, debemos reconocer que no se trata de un materialismo,
sino de un verdadero humanismo, que coloca el concepto de hombre en el centro
de toda consideración y discusión. Es
un humanismo realista (realer Humanismus) como lo llamaron sus mismos
creadores, que quiere considerar al hombre en su realidad efectiva y concreta,
comprender su existencia en la historia y comprender la historia como una
realidad producida por el hombre a través de su actividad, de su trabajo, de su
acción social, durante los siglos en los cuales se va desarrollando el proceso
de formación y de transformación del ambiente en el que el hombre vive, y en el
que se va desarrollando el hombre mismo, simultáneamente como efecto y causa de
toda la evolución histórica. En este
sentido consideramos que el materialismo histórico no puede ser confundido con
una filosofía materialista... ».[40]
Pero la interpretación humanista del
pensamiento de Marx desencadena una durísima reacción por parte de los
sostenedores de la “cientificidad” del marxismo. Uno de los más conocidos, el francés Althusser, escribe: «... el
binomio ‘humanismo socialista’ encierra en realidad una extraordinaria
desigualdad teórica: en el contexto de la concepción marxista, el concepto de
socialismo es efectivamente un concepto científico, mientras que el concepto de
humanismo es solamente un concepto ideológico».
A pesar de reconocer una fase
humanista en el período juvenil de Marx, Althusser continúa: «Desde 1845 Marx
rompe radicalmente con toda teoría que fundamente la historia y la política en
una esencia del hombre. Esta ruptura
única comporta tres aspectos teóricos indisolubles: 1) Formación de una teoría
de la historia y de la política fundada en conceptos radicalmente nuevos,
conceptos tales como: formación social, fuerzas productivas, relaciones de
producción, superestructura, ideologías, determinación en última instancia por
obra de la economía, determinación específica de los otros niveles, etc. 2)
Crítica radical de las pretensiones teóricas de todo humanismo
filosófico. 3) Definición del humanismo como ideología».[41]
Althusser sostiene, entonces, que en
la producción de Marx existe un momento de ruptura y de cambio, una especie de
conversión de una fase humanista a una estrictamente científica. Con la
elaboración de los conceptos clave del materialismo histórico y la crítica de
los humanismos filosóficos, Marx se colocaría más allá de cualquier concepción ideológica,
o sea, no fundada sobre un análisis científico de los fenómenos económicos que
son la base de la evolución histórica.
Ésta es la “teoría de los dos Marx”
(el joven, todavía ideólogo y el maduro, verdaderamente científico), que
sustancialmente se alínea con la teoría “oficial” del partido
marxista-leninista soviético. Las
consecuencias que el filósofo francés deriva de esta posición son las
siguientes: «Todo pensamiento que se remita a Marx para restaurar, de un modo u
otro, una antropología o un humanismo filosóficos, no sería teóricamente
más que polvo. Pero, prácticamente,
erigiría un monumento de ideología premarxista que pesaría gravemente sobre la
historia real y que podría arrastrarla a un callejón sin salida».[42] «Una (eventual) política marxista de la
ideología humanista, o sea una actitud política con respecto al humanismo
—política que puede ser rechazo o crítica, uso o sostén, desarrollo o renovación
de las formas actuales de la ideología humanista en el campo ético-político—,
una tal política no es entonces posible a menos que cumpla con la condición
absoluta de estar fundada en la filosofía marxista, cuya premisa es el antihumanismo
teórico».[43]
Es así que Althusser, haciéndose
intérprete de lo que considera el pensamiento original de Marx, niega
decididamente que el marxismo sea un humanismo. Por el contrario, considera que
el marxismo, por ser una “ciencia” de la sociedad y de la historia, es necesariamente
un antihumanismo. La relación política
del marxismo con cualquier tipo de humanismo puede, desde este punto de vista,
ser táctica, es decir que según las circunstancias puede comportar un rechazo o
un apoyo, etc.; pero debe quedar siempre en claro que marxismo y humanismo son
antitéticos.
De todo lo que hemos dicho hasta
ahora resulta evidente cuán divergentes son las evaluaciones que los mismos
marxistas han hecho del significado general de la obra de Marx. Y en años más recientes, el hecho de que su
pensamiento pueda ser considerado un humanismo divide a los intérpretes en dos
facciones irreconciliables. Es cierto
que en la historia de la filosofía no faltan ejemplos análogos: basta pensar en
la variedad de interpretaciones que de Aristóteles dio el mundo antiguo y el
medieval. Pero, en general, aparecen nuevas interpretaciones de una
doctrina cuando ésta comienza a operar en un contexto histórico-cultural distinto
de aquél que le dio origen.
El aspecto singular, en el caso del
marxismo, reside en el hecho de que dos interpretaciones opuestas aparecieron
casi simultáneamente en el ámbito cultural originario. Como hemos visto, ya en el área de
influencia alemana el marxismo ha sido entendido, por una parte, como una
teoría materialista de la sociedad de tipo científico, fundada sólo en el
estudio de relaciones deterministas de causa-efecto y por lo tanto carente, en
cuanto ciencia, de juicios de valor y, por otra parte, se lo ha visto como una
crítica de la sociedad burguesa alienada, crítica que, como tal, presupone una
confrontación con un sistema de valores considerados superiores.
En el primer caso, la teoría de la
alienación o la dialéctica misma se relegan al márgen de la obra de Marx. En el segundo caso, son sus aspectos
“científicos” los que se dejan de lado como elementos caducos y superados.
Pero si se analiza la cuestión con
detenimiento, esta duplicidad interpretativa parece derivar de una ambigüedad
de fondo que caracteriza a toda la obra de Marx. Como hemos observado, Marx ha
combinado positivismo con idealismo, el reino de los hechos y las causas con el
de los fines y los valores. Por un
lado, ha intentado investigar los mecanismos y los nexos causales que operan en
las formaciones económico-sociales y que producen su transformación; ha
pretendido estudiar la sociedad humana como lo hace un investigador que escruta
fríamente un fenómeno natural, describiendo con precisión y desapego sus
características y leyes. Pero esta actitud, si es coherente, no permite juzgar
a las distintas conformaciones económico-sociales en base a un ideal ético: el
estudio de los nexos evolutivos entre especies de primates o de insectos
sometidos a la presión del ambiente no puede comportar un juicio moral sobre
las mismas.
Pero Marx, por otro lado, ha sido el
filósofo de su tiempo que con mayor fuerza ha denunciado la alienación y la
cosificación del hombre, su deshumanización en un mundo trastornado. Su indignación ante la explotación y la
miseria del proletariado industrial, su desprecio por la hipocresía de la clase
burguesa y de sus ideólogos, su llamado a la praxis conciente para la
transformación de una realidad social inhumana constituyen una de las críticas
morales más duras a la sociedad capitalista.
En realidad, toda su concepción filosófica, está impregnada de una
tensión ideal y de una promesa escatológica.
Para Marx, el hombre que recorre el largo camino de la historia es una
criatura mutilada, expropiada de su verdadera esencia: el trabajo social y
solidario para humanizar la naturaleza.
Porque el hombre es señor y dios; es el centro de la naturaleza. Pero esta historia de lágrimas y sangre, de
extrañamiento y dominio, que es la
historia de la humanidad, llegará a un término: al final de la Historia, la
sociedad ideal, el reino de la libertad —el comunismo— sanará todas las
laceraciones, reconciliando al hombre consigo mismo, con los otros hombres y
con la naturaleza.
Es evidente que tanto la dimensión
humanista cuanto la escatológica (que deriva claramente de Hegel) mal se concilian
con la pretensión de describir científicamente los fenómenos
económico-sociales, ya que se basan en juicios de valor, en fines, en lo que
Marx mismo ha llamado ideologías.
Si este análisis es correcto, es
posible decir en síntesis que Marx, por un lado, asimila el ser humano a un
ente natural cualquiera y, por otro, lo coloca al centro de la naturaleza y de
la historia como valor supremo. Marx
oscila continuamente —a menudo incoherentemente— entre estas dos concepciones
opuestas del hombre. En su esfuerzo por
conciliarlas, Marx intenta demostrar que la historia, aunque se fundamente en
rígidas leyes de necesidad, tiende a realizar un Fin Último: la libertad
humana. Si se considera a estas dos
concepciones del hombre en menoscabo una de otra, la doctrina marxista puede
ser interpretada en dos modos divergentes: como materialismo o como
humanismo. Si se la entiende como un
materialismo, la doctrina marxista se expone a la misma crítica que Marx
lanzaba contra la sociedad burguesa capitalista: el reducir el ser humano a
objeto, a cosa. Efectivamente, como
Sartre ha escrito en su polémica contra el marxismo interpretado de este modo:
«Todo materialismo tiene por efecto el considerar a los hombres, incluso al materialista
mismo, como objetos, es decir, como una suma de reacciones determinadas que en
nada se distinguen de la suma de las cualidades y los fenómenos que conforman
una mesa, una silla o una piedra».[44]
Si, en cambio, se lo entiende como
un humanismo, el marxismo ya no puede ser presentado como un ciencia, fundada
sobre hechos y leyes de la sociedad y la historia, sino que puede sólo
desempeñar el rol de una interpretación.
La interpretación del Cristianismo en
clave humanista se desarrolla en la primer mitad de este siglo como parte de un
vasto proceso —que comienza en el siglo pasado y se continúa hasta nuestros
días— de revisión de las doctrinas cristianas a fin de adaptarlas al mundo
moderno; un mundo con respecto al cual la Iglesia católica había adoptado,
durante siglos, a partir de la Contrareforma, una posición de neto rechazo o de
abierta condena.
A partir del Renacimiento, la autoridad
espiritual de la Iglesia, que por mil años había sido la depositaria de la
visión cristiana en Occidente, fue declinando cada vez más en un crescendo de
eventos epocales: la cultura del humanismo invierte la imagen que el
cristianismo medieval había construido del hombre, la naturaleza y la historia;
luego la Reforma protestante divide a los cristianos de Europa; en el
Seiscientos y sobre todo en el Setecientos, las filosofías racionalistas, que
se habían difundido entre las clases cultas, ponen en discusión la esencia
misma del cristianismo. En el Ochocientos, las ideologías liberales o
socialistas de trasfondo científico, que se desarrollaron paralelamente a la
expansión de la revolución industrial, conquistan el rol de guía en la
organización de la sociedad y en la definición de sus fines e ideales que hasta
ese entonces había desempeñado la religión, dejandole a ésta un rol marginal.
Finalmente, en este siglo, la rápida difusión del ateísmo, que se transformó
rápidamente en un fenómeno de masas, pone en peligro la sobrevivencia misma de
la Iglesia como institución.
Para no dejarse arrollar, la
Iglesia se vió obligada a abandonar
progresivamente la visión del mundo que había heredado del Medioevo y la
defensa del orden social ligado a ella.
Este proceso de apertura y modernización sufrió durísimas resistencias,
cambios de rumbo y replanteos.
En el tortuoso acercamiento de la
Iglesia al mundo moderno, la encíclica Rerum Novarum de León XIII de
1891 constituye un hito fundamental. Con esta encíclica la Iglesia se dió una
doctrina social que pudiera contraponerse al liberalismo y al socialismo. En polémica con éste último, reafirmaba el
derecho a la propiedad privada, pero atenuándolo con un llamado a la solidaridad
entre clases en pos del bien común y a la responsabilidad recíproca entre
individuo y comunidad. Contra el
liberalismo y su laissez faire
en materia de economía, la Iglesia invitaba al Estado y a las clases más
fuertes a ayudar a los grupos sociales más débiles.
Después de la tragedia de la primera
guerra mundial, en el clima de desilusión general frente a las ideas de
progreso sostenidas por el socialismo y el liberalismo, la Iglesia pasó
decididamente al contraataque. Y lo hizo tanto en el plano político,
autorizando la formación de partidos de masas de inspiración cristiana, como en
el doctrinario, proponiéndose como portadora de una visión, una fe y una moral
capaces de dar respuesta a las necesidades más profundas del hombre de esta
época.
Es en este intento de reproponer al
mundo moderno los valores cristianos, debidamente actualizados, que se encuadra
el Humanismo cristiano, cuyo iniciador puede ser considerado el francés Jacques
Maritain.
Maritain había sido primero alumno
de Bergson, y después había adherido al socialismo revolucionario. Insatisfecho de ambas filosofías, en 1906 se
convirtió al Catolicismo. Fue uno de los exponentes más notables del así
llamado “neotomismo”, es decir, de aquella corriente de pensamiento católico
moderno que se remite directamente a Santo Tomás de Aquino y, a través de él, a
Aristóteles, cuya filosofía Santo Tomás había tratado de conciliar con los
dogmas cristianos. A este punto cabe recordar que ya en el siglo pasado, otra
encíclica de León XIII, Aeterni Patris de 1879 había afirmado que la filosofía
de Santo Tomás era la que mejor se adaptaba a la visión cristiana.
Maritain, con una posición que se
contrapone radicalmente a la tendencia más general del pensamiento moderno, da
un salto hacia atrás, sobrevolando el Renacimiento y reconectándose con el
pensamiento medieval. Y hace esto
porque es precisamente en el Humanismo renacentista donde descubre los gérmenes
que han llevado a la crisis y al resquebrajamiento de la sociedad moderna, de
los cuales el nazismo y el estalinismo son la máxima expresión. Con esto él no pretende explícitamente
revalorizar el Medioevo y la visión cristiana ligada a aquel período; su
objetivo es restablecer –luego de la difícil experiencia del Medioevo– el curso
de la evolución histórica del Cristianismo que, según su visión, ha sido
interrumpido y obstaculizado por el pensamiento moderno, laico y secular.
En su libro Humanismo integral,
examina la evolución del pensamiento moderno desde la crisis de la Cristiandad
medieval al individualismo burgués del siglo XIX y al totalitarismo del siglo
XX. En esta evolución Maritain ve la
tragedia del Humanismo antropocéntrico, como él lo llama, que se
desarrolla a partir del Renacimiento. Este Humanismo, que ha llevado a una
progresiva descristianización de Occidente es, según Maritain, una metafísica
de la “libertad sin la gracia”. Con el
Renacimiento, el hombre comienza a ver su propio destino y su propia libertad
desligados de los vínculos de la “gracia”, es decir, del plano divino. Para el hombre, la libertad es un privilegio
que él pretende realizar por sí solo.
Dice Maritain: «A él sólo le compete ya crear su propio destino, a él
sólo le corresponde intervenir como un dios, mediante un saber dominador que
absorbe en sí mismo y que supera toda necesidad, en la conducta de su propia
vida y en el funcionamiento de la gran máquina del universo, abandonada a
merced del determinismo geométrico».[45]
Así, el hombre moderno que surge en
el Renacimiento, lleva consigo este pecado de soberbia. Quiere prescindir de Dios y se construye un
saber científico de la naturaleza que, a partir de Descartes, es considerada
como una gran máquina para ser estudiada more geometrico, o sea según
las leyes de la geometría. Pero una
concepción tal de la naturaleza sólo puede llevar a una escisión entre hombre y
mundo, y a un determinismo mecanicista que arrolla al hombre mismo. En efecto, a medida que la razón substituye
a Dios y el saber científico se extiende, la crisis interna del hombre se hace
más profunda.
He aquí las etapas de esta decadencia
progresiva del hombre moderno que, como Prometeo, se rebela ante Dios y, como
Fausto, está dispuesto a todo con tal de arrebatar los secretos de la
naturaleza: «Con respecto al hombre, se
puede notar que durante el primer período de la época moderna, ante todo con
Descartes y luego con Rousseau y Kant, el racionalismo había construido de la personalidad
del hombre una imagen soberbia y espléndida, indestructible, celosa de su
inmanencia y autonomía y, finalmente, buena por esencia. En nombre mismo de los derechos y de la
autonomía de esta personalidad, la polémica racionalista había condenado toda
intervención externa en este universo perfecto y sagrado. Ya fuera que tal intervención proviniese de
la revelación y de la gracia, o de una tradición de humana sabiduría, o de la
autoridad de una ley de la cual el hombre no fuese autor, o de un Bien soberano
que solicitase su voluntad, o, finalmente, de una realidad objetiva que midiese
y regulase su inteligencia».[46]
Pero esta soberbia de la razón –que
primero eliminó todos los valores tradicionales y trascendentes y luego, con el
idealismo, absorbió en sí la realidad objetiva– ha generado ella misma su
propia destrucción. Primero Darwin y
después Freud asestaron los golpes mortales a la visión optimista y progresista
del humanismo antroprocéntrico. Con
Darwin el hombre descubre que no existe discontinuidad biológica entre él y el
mono. Pero no sólo esto: entre él y el
mono ni siquiera existe una verdadera discontinuidad metafísica, es decir, no
hay una radical diferencia de esencia, un verdadero salto cualitativo. Con Freud, el hombre descubre que sus
motivaciones más profundas están dictadas en realidad por la líbido sexual y el
instinto de muerte. “Acheronta movebo”,
moveré el infierno, había dicho Freud, y con él la soberbia de la razón se
hunde en la ciénaga de los instintos.
Al final de este proceso dialéctico destructivo, ya se han abierto las
puertas a los totalitarismos modernos, el fascismo y el estalinismo. Concluye Maritain: «Después de todas las
disociaciones y los dualismos de la época humanista antropocéntrica ...
asistimos a una dispersión y una descomposición definitivas. Lo que no impide al ser humano reivindicar
más que nunca la propia soberanía, pero ya no más para la persona individual. Ésta ya no se sabe dónde está y se ve sólo
disociada y descompuesta. Está ya
madura para abdicar ... a favor del hombre colectivo, de aquella gran figura
histórica de la humanidad de la cual Hegel ha hecho una teología y que, para
él, consistía en el Estado con su perfecta estructura jurídica, y que con Marx
consistirá en la sociedad comunista con su dinamismo inmanente».[47]
Al humanismo antropocéntrico así
descrito, Maritain contrapone un Humanismo cristiano, que define como integral
o teocéntrico. He aquí cómo se
expresa: «Llegamos de este modo a distinguir dos tipos de humanismo: un
humanismo teocéntrico, o verdaderamente cristiano, y un humanismo
antropocéntrico del cual son responsables el espíritu del Renacimiento y el de
la Reforma... El primer tipo de
humanismo reconoce que Dios es el centro del hombre, implica el concepto
cristiano del hombre pecador y redimido, y el concepto cristiano de gracia y
libertad... El segundo cree que el
hombre es el centro del hombre y, por ende, de todas las cosas, e implica un
concepto naturalista del hombre y de la libertad. Si este concepto es falso, se entiende por qué el Humanismo
antropocéntrico merece el nombre de humanismo inhumano y que su dialéctica deba
ser considerada la tragedia del humanismo».[48]
La base sobre la que se apoya el
Humanismo teocéntrico es una concepción del hombre «...como dotado de razón,
cuya suprema dignidad consiste en la inteligencia; ... como libre individuo en
relación personal con Dios, cuya suprema virtud consiste en obedecer
voluntariamente la ley de Dios; ... como criatura pecadora y herida, llamada a
la vida divina y a la liberación aportada por la gracia, cuya suprema
perfección consiste en el amor».[49]
Aquí vemos que la concepción que
Maritain tiene del hombre es la concepción clásica de Aristóteles ("el
hombre es un animal racional") interpretada en clave cristiana por Santo
Tomás. El hombre no es pura naturaleza
ni pura razón: su esencia se define en la relación con Dios y con su
gracia. El hombre así entendido es una persona.[50]
Maritain distingue en la persona
humana dos tipos de aspiraciones, las connaturales y las transnaturales. Mediante las primeras, el hombre tiende a
realizar ciertas cualidades específicas que hacen de él un individuo
particular. El hombre tiene derecho a
ver colmadas sus aspiraciones connaturales, pero la realización de las mismas
no lo deja completamente satisfecho porque existen en él también las
aspiraciones transnaturales que lo impulsan a superar los límites de su
condición humana. Estas aspiraciones
derivan de un elemento trascendente en el hombre y no tienen derecho alguno a
ser satisfechas. Si lo son, en algún
modo, tal cosa sucederá por la gracia divina.[51]
Al humanismo teocéntrico así entendido,
Maritain le confía la tarea de reconstruir una “nueva cristiandad” que sepa
reconducir la sociedad profana a los valores y al espíritu del Evangelio. Pero esta renovada civilización cristiana
deberá evitar repetir los errores del Medioevo, y en particular la pretensión
de someter el poder político al religioso.
Deberá, en cambio, preocuparse por integrar los dos tipos de
aspiraciones humanas y amalgamar las actividades profanas con el aspecto
espiritual de la existencia.
La interpretación cristiana que
Maritain dió del humanismo fue acogida en forma entusiasta en algunos sectores
de la Iglesia y entre varios grupos laicos.
Inspiró numerosos movimientos católicos comprometidos con la acción
social y la vida política, por lo que resultó ser un arma ideológica eficaz
sobre todo contra el marxismo.
Pero esta interpretación recibió
también críticas demoledoras de ámbitos filosóficos no confesionales. En primer lugar, se observó que la tendencia
racionalista que aparece en la filosofía post-renacentista y que Maritain
denuncia en Descartes, Kant y Hegel, se remonta precisamente al pensamiento de
Santo Tomás. Esta tendencia, que
llevará a la crisis y a la derrota de la razón, no es un producto del humanismo
renacentista, sino más bien del tomismo y de la escolástica tardía: la
filosofía cartesiana que se encuentra a la base del pensamiento moderno, en su
racionalismo se reconecta mucho más con Santo Tomás que con el neoplatonismo y
el hermetismo místico del Renacimiento.
Correspondería buscar las raíces de la “soberbia de la razón” de la
filosofía moderna en la pretensión del tomismo de construir una teología
intelectualista y abstracta. Según
estas críticas, Maritain cumplió con una obra colosal de mistificación y de
camuflaje, casi un juego de prestidigitación filosófica, atribuyendo al
Renacimiento una responsabilidad histórica que, por el contrario, compete al
pensamiento medieval.
En segundo lugar, la crisis de los
valores y el vacío existencial al cual ha llegado el pensamiento europeo con Darwin,
Nietzsche y Freud no es una consecuencia del humanismo renacentista, sino por
el contrario deriva de la persistencia de concepciones cristianas medievales
dentro de la sociedad moderna. La
tendencia al dualismo y al dogmatismo, el sentimiento de culpa, el rechazo del
cuerpo y el sexo, la desvalorización de la mujer, el miedo a la muerte y al
infierno son todos residuos del cristianismo medieval, que aun después del
Renacimiento han influido fuertemente en el pensamiento occidental. Aquéllos determinaron, con la Reforma y la
Contrarreforma, el ámbito sociocultural en el cual el pensamiento moderno se ha
desarrollado. La esquizofrenia del
mundo actual en la que Maritain insiste deriva, según estos críticos, de la
coexistencia de valores humanos y antihumanos.
La “dialéctica destructiva” de Occidente se explica entonces como un
intento doloroso y frustrado por liberarse de valores en pugna.
Inmediatamente después de la segunda
guerra mundial, el panorama cultural francés se ve dominado por la figura de
Sartre y por el existencialismo, la corriente de pensamiento que él contribuyó
a difundir a través de su obra de filósofo y escritor, y de su engagement
o compromiso político-cultural.
La formación filosófica de Sartre recibe
principalmente la influencia de la escuela fenomenológica. Becado en Alemania
en los años 1933-34, Sartre entra en contacto directo con el pensamiento de
Husserl y Heiddeger. Es precisamente en
la fenomenología y en su método de investigación que Sartre encuentra los
instrumentos para superar la filosofía académica francesa de su tiempo,
fuertemente teñida de espiritualismo e idealismo, y hacia la que siente un neto
rechazo.
La búsqueda de Sartre parte del
campo de la sicología. Es más, su ambición juvenil es revolucionar los
fundamentos de esta ciencia. Sartre se siente profundamente insatisfecho con la
sicología moderna, con su planteo positivista y su pretensión de tratar a los
fenómenos síquicos como si fueran fenómenos naturales, aislándolos, separándolos
de la conciencia que los ha constituído. Para Sartre –que hace propia la
posición de Husserl– la conciencia no es un simple contenedor de “hechos”
síquicos, ni una suerte de espejo que pasivamente refleja, o deforma, la
realidad externa; la conciencia es fundamentalmente intencional, activa,
posee su propio modo de estructurar los datos sensibles y de construir
“realidades” que, aun dependiendo de éstos, presentan características que les
son propias y específicas.
La aplicación del método fenomenológico
a temas de sicología se formaliza en tres ensayos: La imaginación
(1936), Esbozo de una teoría de las emociones (1939) y Lo imaginario
(1940). Para Sartre no se trata de estudiar esta o aquella emoción, o de
recoger datos sobre particulares comportamientos emotivos –como lo haría un
sicólogo tradicional–, sino de ir a las estructuras fundamentales de la
conciencia que permiten y explican el fenómeno emotivo. La emoción y la
imaginación son tipos organizados de conciencia, modos particulares de relacionarse
con el mundo, de atribuir un significado a las situaciones que se viven.
Además, las imágenes mentales no son simples “repeticiones” de datos externos,
de objetos, o de hechos; la función imaginativa, al contrario, revela la
propiedad fundamental que tiene la conciencia de tomar distancia de las cosas,
de trascenderlas, y de crear libremente otra realidad, como la actividad
artística demuestra en sumo grado.
Pero Sarte no tarda en alejarse de
Husserl por la importancia central que éste asigna a los aspectos lógicos y
gnoseológicos en su investigación. Para Sartre, en cambio, es fundametal el
estudio de la relación entre la conciencia humana real, existente, y el mundo
de las cosas al que la conciencia, por su misma constitución, hace siempre referencia,
pero por el que se siente limitada y oprimida. Siguiendo esta línea, Sartre se
acerca siempre más a Heidegger y a su problemática ontológica y existencial,
hasta llegar a una visión filosófica cuyo centro es la idea de una
“complementariedad contradictoria” entre la conciencia (el para sí) y el
mundo (el en sí).
Sartre reformula el concepto
fundamental de la fenomenología –la intencionalidad de la conciencia–
como trascendencia hacia el mundo: la conciencia trasciende a sí
misma, se supera continuamente hacia el mundo de las cosas. Pero el mundo, a
pesar de ser el soporte de la actividad intencional de la conciencia, no es
reductible a ésta: es lo otro para la conciencia, es la realidad de las
cosas y los hechos, realidad maciza y opaca, dada, gratuita. El mundo es absurdo e injustificable: está
ahí, pero podría no estar porque nada lo explica; es contingente, pero sin
embargo esta allí, existe. O mejor
dicho ex-siste, en el lenguaje sartriano, o sea emerge, asomándose a la
conciencia.
Lo mismo vale para el ser humano: es
contingente, está destinado a morir, podría no estar, pero no obstante existe,
está allí, arrojado en el mundo sin haberlo elegido, en-situación, en un
tiempo dado y en un lugar dado, con ese determinado cuerpo y en esa determinada
sociedad, interrogándose “bajo un cielo vacío”. Y la náusea es entonces esa sensación de radical
desasosiego que la conciencia registra frente a lo absurdo y a la contingencia
de todo lo que existe, luego de haber puesto en crisis, o suspendido
según el lenguaje de Husserl, los significados y los valores habituales.
En El ser y la nada (1943),
la conciencia es descrita en lacerante tensión con el mundo que la rodea (el
ser) con el que se encuentra necesariamente en relación, pero con el cual
no se siente jamás en armonía completa. La conciencia, que es libertad absoluta
de crear los significados de las cosas, de las situaciones particulares y del
mundo en general, está siempre obligada a elegir, a discriminar la realidad.
Por su propia constitución, ella contiene en sí misma a la nada en
cuanto continuamente niega, anula lo existente, proyectándose más allá de lo
que ya está dado, de lo que ya está hecho, creando nuevos proyectos, nuevas
posibilidades.
En esta tarea de incesante
proyección y de auto-proyección que anula y reconstruye el mundo, el hombre es,
por esencia, sus propias posibilidades; su existencia está de continuo puesta
en juego por sus elecciones, proyectos y actos. Por lo tanto, lo que caracteriza a la realidad humana no es una
esencia preconstituída, sino precisamente el existir, con un incesante
preguntarse sobre sí misma y sobre el mundo, con su libertad de elegir y
elegirse, con su proyección hacia el futuro, con su ser siempre más allá de sí
misma.
Pero es justamente la libertad de
elegir, esta libertad absoluta que es la esencia misma de la conciencia, la que
genera angustia. En El ser y la nada, siguiendo tanto a
Kierkegaard y como a Heidegger, Sartre define a la angustia como la sensación de
vértigo que invade al hombre cuando éste descubre su libertad y se da cuenta de
ser el único responsable de las propias decisiones y acciones. A diferencia del miedo, que se refiere
siempre a un objeto, la angustia no tiene referencia precisa, sino que es más
bien “miedo a tener miedo” o, como decía Kierkegaard, es “temor y temblor”
frente a la indeterminación y a la complejidad de las alternativas de elección
que se presentan en la existencia. Y es
para huir de la angustia que anida en la libertad, para eludir la
responsabilidad de la elección, que los hombres recurren a menudo a esas formas
de auto-engaño que constituyen los comportamientos de fuga y excusa, o a la
hipocresía de la mala fe, cuando la conciencia trata de mentirse a sí
misma, mistificando sus motivaciones y enmascarando e idealizando sus
fines. Es el modo de ser no-auténtico
de los burgueses descritos despiadadamente algunos años antes en la novela La
náusea (1938) y en la colección de cuentos El muro (1939).
Pero la conciencia, que es el
fundamento de todo, por su propia contingencia no puede encontrar justificación
para sí ni en el mundo ni en sí misma. En la conciencia se presenta entonces
una dualidad –ineludible en cuanto constitutiva– que deja entrever un fondo
indescifrable, de no-trasparencia: aun siendo libertad para crear nuevos
posibles, libertad de dar significado al mundo, la conciencia no puede jamás
conformar un significado definitivo, no puede jamás llegar a la cristalización
de un valor.
En la conclusión de El ser y la nada
se dice: «...el para-sí es efectivamente perpetuo proyecto de fundarse
en cuanto ser y perpetua derrota de este proyecto».[52]
En síntesis, para el Sartre de El
ser y la nada la esencia de la conciencia humana está en el intento
permanentemente frustrado de autofundarse, de anclarse. Pero ésta es una “fatiga de Sísifo”, como
dirá Camus, un perpetuo hacer y deshacer, un compromiso que es necesario asumir
pero para el cual no ha sido prevista ni recompensa ni esperanza alguna, y al
que la muerte, como hecho extremo, pone fin abruptamente. Por lo tanto, están la rebelión y la
denuncia de la mala fe, pero todo “bajo un cielo vacío”. En efecto, El ser y la nada no
presenta ninguna propuesta positiva, no indica ninguna dirección para superar
el jaque, el sin-sentido de la existencia.
El libro concluye con la afirmación de que “el hombre es una pasión
inútil” y con la admisión de que todas las elecciones posibles son equivalentes
y, en última instancia, siempre negativas.
Estos temas del existencialismo
ateo –como fué llamado– se hicieron muy populares y llegaron a
transformarse en una verdadera moda en el clima de pesimismo y de desconcierto
en el que se encontraba Europa después de la Liberación. Sartre, que había participado sólo
marginalmente en la resistencia contra los nazis, “llevando alguna valija”
–como él mismo dirá– se encontró dominando la escena político-filosófica
francesa, junto al marxismo y al humanismo cristiano. Entre tanto, el horizonte político internacional se iba
oscureciendo nuevamente con los primeros síntomas de la “Guerra Fría” entre la
URSS y Estados Unidos, y nuevas amenazas de conflicto comenzaban a condensarse
sobre la Europa dividida.
Fue así que, en el nuevo clima de
post-guerra y en la confrontación con el marxismo, Sartre se esforzó por
reelaborar su existencialismo, enfatizando principalmente los aspectos éticos y
las implicancias intersubjetivas y políticas.
El existencialismo se reformula como doctrina humanista, en cuyo centro
están el hombre y su libertad, pero además invoca el compromiso militante en la
sociedad y la lucha contra toda forma de opresión y alienación.
Una doctrina así estructurada debía
servir como base para la construcción de una nueva fuerza política, para la
apertura de una “tercera vía” entre el partido católico y el comunista. En particular, Sartre se dirigía a la
izquierda francesa, proponiendo su existencialismo no sólo como filosofía
anti-burguesa y revolucionaria, sino como filosofía de la libertad, en contraposición
al marxismo y su visión determinista, que anula al individuo y a su
especificidad. El marxismo, sobre todo
en su versión leninista, era considerado por Sartre como totalmente carente de
una visión coherente del hombre y de una teoría del sujeto agente.
Es entonces con esta intención que
Sartre publicó, en el año 1946, El existencialismo es un humanismo. Este ensayo es una versión levemente
modificada del texto integral de la conferencia que había dado un año antes en
el Club Maintenant en París.
La conferencia había tenido el objetivo
inmediato de responder a las acusaciones y a los malentendidos que circulaban
con respecto al existencialismo en los ambientes de derecha y de
izquierda. Los adversarios de derecha
lo calificaban como una doctrina del absurdo y de la nada; atea, materialista,
que mostraba los aspectos más crudos y sórdidos del ser humano, y en la cual
las relaciones interpersonales se configuraban como una tortura recíproca. Los adversarios de izquierda lo describían
como una teoría decadente, un típico producto del idealismo pequeño-burgués que
conducía al inmovilismo y a la resignación, y que, en su miope subjetivismo, no
tomaba en cuenta los verdaderos factores de opresión que actúan sobre el ser
humano real, o sea las diversas formas de dominio económico-social ejercidas
por la sociedad capitalista.
Después de estos comentarios,
necesarios para entender el cuadro filosófico-político en que Sartre se movía,
veamos cómo él mismo presenta y defiende la tesis de que el existencialismo es
un humanismo: «Trataré hoy de responder a todas estas críticas dispares y es
por ello que he titulado esta breve exposición “El existencialismo es un
humanismo”. Muchos se maravillarán de
que aquí se hable de humanismo. Veremos
en qué sentido lo entendemos como tal.
En todo caso podemos ya decir que entendemos por existencialismo una
doctrina que hace posible la vida humana y que, por otra parte, declara que
toda verdad y toda acción implican tanto un ambiente como una subjetividad
humana».[53]
Y más adelante precisa: «Nuestro punto
de partida es, en efecto, la subjetividad del individuo, y esto por razones
estrictamente filosóficas... No puede haber, en principio, otra verdad que
ésta: yo pienso, por lo tanto soy.
Esta es la verdad absoluta de la conciencia que se aprehende a sí misma. Toda teoría que considere al hombre fuera
del momento en el cual él se alcanza a sí mismo, es antes que nada, una teoría
que suprime la verdad, porque fuera del “cogito” cartesiano todos los objetos
son solamente probables; y una doctrina de probabilidad que no esté sostenida
por una verdad se hunde en la nada.
Para describir lo probable es preciso poseer lo verdadero. Entonces, para que exista una verdad
cualquiera, necesitamos una verdad absoluta; y ésta es simple, fácil de lograr,
puede ser entendida por todos y consiste en aprehenderse a sí mismo sin
intermediarios. Además, esta teoría es
la única que da una dignidad al hombre, es la única que no hace de él un objeto».[54]
Pero a diferencia de lo que ocurre
en la filosofía cartesiana, para Sartre el yo pienso remite directamente
al mundo, a los otros seres humanos. Continúa Sartre: «De esta manera, el
hombre que se aprehende a sí mismo directamente con el “cógito” descubre
también a todos los demás, y los descubre como condición de su propia existencia. Él cae en cuenta de que no puede ser nada
(en el sentido en que se dice que alguien es simpático, malo, o celoso) si los
otros no lo reconocen como tal. Para
obtener una verdad cualquiera sobre mí mismo es necesario que la consiga a
través del otro. El otro
es tan indispensable para mi existencia como para el conocimiento que yo tengo
de mí. En estas condiciones el
descubrimiento de mi intimidad me revela, al mismo tiempo, al otro como
una libertad colocada frente a mí, la cual piensa y quiere solamente para mí o
contra mí. Así descubrimos
inmediatamente un mundo que llamaremos la inter-subjetividad, y es en este
mundo que el hombre decide sobre lo que él es y sobre lo que los otros son».[55]
Luego Sartre pasa a definir lo que
es el hombre para el existencialismo.
Todos los existencialistas de distinta extracción, ya sea cristiana o
atea, incluso Heidegger, para Sartre concuerdan en esto: que en el ser humano
la existencia precede a la esencia.
Para aclarar este punto, Sartre da el siguiente ejemplo: «Cuando se
considera un objeto fabricado, como por ejemplo un libro o un cortapapel, se
sabe que tal objeto es obra de un artesano que se ha inspirado en un
concepto. El artesano se ha referido al
concepto de cortapapel y, al mismo tiempo, a una técnica de producción
preliminar que es parte del concepto mismo y que en el fondo es una
“receta”. Por lo tanto el cortapapel es
por un lado un objeto que se fabrica de una determinada manera y, por otro,
algo que tiene una utilidad bien definida... Por lo que concierne al
cortapapel, diremos entonces que la esencia –o sea, el conjunto de los
conocimientos técnicos y de las cualidades que permiten su fabricación y su
definición– precede a la existencia...».[56]
Así, dice Sartre, en la religión
cristiana, sobre la cual se ha formado el pensamiento europeo, el Dios creador
es concebido como un sumo artesano, que crea al hombre inspirándose en una
determinada concepción, la esencia del hombre, tal como el artesano común
fabrica el cortapapel. En el
Setecientos, la filosofía atea ha eliminado la noción de Dios, pero no la idea
de que la esencia del hombre precede a su existencia. Según tal concepción, dice Sartre, «...esta naturaleza, o sea el
concepto de hombre, se encuentra en todos los hombres, lo que significa que
cada hombre es un ejemplo particular de un concepto universal: el hombre».[57]
Pero «el existencialismo ateo que yo
represento» –prosigue Sartre– «es más coherente. Éste afirma que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el cual
la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de ser definido por
algún concepto: este ser es el hombre, o como dice Heidegger, la realidad
humana. ¿Qué significa en este caso que
la existencia precede a la esencia?
Significa que el hombre ante todo existe, se encuentra, surge en el
mundo, y que luego se define. El
hombre, según la concepción existencialista, no es definible, en cuanto al
principio no es nada. Será
sólo después, y será como se habrá hecho».[58]
Y más adelante precisa: «...el
hombre no es de otro modo más que como él mismo se hace. Este es el primer principio del
existencialismo. Y es también aquello
que se llama subjetividad y que se nos reprocha con este mismo término. Pero, ¿qué queremos decir nosotros con esto,
sino que el hombre tiene una dignidad más grande que la piedra o la mesa?
Nosotros queremos decir que el hombre en primer lugar existe, o sea que él es
en primer lugar aquello que se lanza hacia un porvenir y aquello que tiene
conciencia de proyectarse hacia el porvenir.
El hombre es, al comienzo, un proyecto que se vive a sí mismo
subjetivamente; ...nada existe antes de este proyecto; ...el hombre, ante todo,
será aquello que habrá proyectado ser».[59]
Por lo tanto, el hombre no tiene una
esencia determinada; su esencia se construye en la existencia, primero como
proyecto y después a través de sus acciones.
El hombre es libre de ser lo que quiera, pero en este proceso de autoformación, no tiene a disposición
reglas morales que lo guíen.
Refiriéndose a uno de los
inspiradores del existencialismo, Dostoievski, Sartre afirma: «Dostoievski ha
escrito: 'Si Dios no existe, todo está permitido'. He aquí el punto de partida del existencialismo. Efectivamente todo es lícito si Dios no
existe, y como consecuencia el hombre está “abandonado” porque no encuentra en
sí ni fuera de sí la posibilidad de anclarse. Y sobre todo no encuentra
excusas. Si verdaderamente la existencia precede a la esencia, no podrá jamás
dar explicaciones refiriéndose a una naturaleza humana dada y fija; en otras
palabras, no hay determinismo: el hombre es libre, el hombre es libertad».
Y continúa, «Por otra parte, si Dios
no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que puedan
legitimizar nuestra conducta. Así, no
tenemos ni por detrás ni por delante, en el luminoso reino de los valores,
justificaciones o excusas. Estamos
solos, sin excusas. Situación que creo
poder caracterizar diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado porque no se ha creado a sí mismo,
y no obstante libre porque, una vez lanzado al mundo, es responsable de todo lo
que hace».[60] «El hombre, sin apoyo ni ayuda, está
condenado en todo momento a inventar al hombre».[61]
Entonces, según lo que Heidegger
había enseñado, el hombre está solo, abandonado en el mundo; además está
obligado a elegir y a construírse en la elección. El abandono y la elección van junto con la angustia. Hay que decir que Sartre, en el intento de
recalificar al existencialismo como un humanismo, se ha visto obligado a revisar
este punto, dándole una distinta función al concepto de angustia, que tanta
importancia tenía en su filosofía precedente.
En El ser y la nada, Sartre había descrito la angustia como la
sensación de vértigo que el hombre experiementa cuando reconoce que es libre y
que debe asumir la responsabilidad de sus elecciones. En El existencialismo
es un humanismo, el significado de angustia se traslada del ámbito
subjetivo al intersubjetivo. La
angustia pasa a ser entonces el sentimiento de “aplastante responsabilidad” que
acompaña una elección que se reconoce no sólo como individual, sino que
involucra a otros seres humanos, o aún a la humanidad toda cuando se trata de
decisiones muy importantes y radicales.
He aquí cómo Sartre se expresa:
«Cuando decimos que el hombre se elige, entendemos que cada uno de nosotros se
elige, pero con esto también queremos decir que cada uno de nosotros,
eligiéndose, elige por todos los hombres.
En efecto, no existe tan siquiera uno de nuestros actos que, creando al
hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre que
nosotros juzgamos deba ser. Elegir ser
esto en lugar de aquello es afirmar, al mismo tiempo, el valor de nuestra
elección, ya que no podemos jamás elegir el mal; lo que elegimos es siempre el
bien y nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos».[62]
Sobre estas bases Sartre construye
su ética social de la libertad: «...Cuando en un plano de total autenticidad,
yo he reconocido que el hombre es un ser en el cual la esencia está precedida
por la existencia, que es un ser libre que sólo puede querer, en circunstancias
diversas, la propia libertad, he reconocido al mismo tiempo que yo sólo puedo
querer la libertad de los otros».[63]
Esta ética de Sartre no se funda
sobre el objeto elegido, sino sobre la autenticidad de la elección. A diferencia de cuanto afirmaba en El ser
y la nada, ahora, para Sartre no todos los comportamientos son igualmente
carentes de sentido. No obstante él
reafirme que para actuar no es necesario tener esperanza, la acción no es necesariamente gratuita,
absurda o infundada. En efecto, es
posible dar un juicio moral aunque no exista una moral definitiva y aunque cada
uno sea libre de construír la propia moral en la situación en la cual vive,
eligiendo entre las distintas posibilidades que se le ofrecen. Este juicio moral se basa en el
reconocimiento de la libertad (propia y de los otros) y de la mala fe. Veamos cómo lo explica Sartre ahora: «Se
puede juzgar a un hombre diciendo que está en mala fe. Si hemos definido la condición del hombre
como libre elección, sin excusas y sin ayuda, quien se refugie detrás de la
excusa de sus pasiones, quien invente un determinismo, es un hombre en mala
fe».[64] «Pero se puede replicar: ¿Y si yo quiero
estar en mala fe? Respondo: No hay
ninguna razón para que usted no lo esté.
Pero yo afirmo que usted está en mala fe y que la actitud de estricta
coherencia es la actitud de buena fe.
Y, además, puedo dar un juicio moral».[65]
Veamos ahora, en qué modo el
existencialismo –que en el fondo es un intento por deducir todas las
consecuencias de una posición atea coherente– llega a ser un humanismo. «...el
hombre está constantemente fuera de sí mismo; sólo proyectándose y perdiéndose
fuera de sí hace existir al hombre y, por otra parte, sólo persiguiendo fines
trascendentes él puede existir; el hombre, siendo esta superación, y
aprehendiendo los objetos sólo en función de esta superación, está en el
corazón, en el centro de esta superación.
No hay otro universo que no sea un universo humano, el universo de la
subjetividad humana. Esta conexión
entre la trascendencia como constitutiva del hombre (no en el sentido que se da
a la palabra cuando se dice que Dios es trascendente, sino en el sentido del ir
más allá) y la subjetividad (en el sentido de que el hombre no está encerrado
en sí mismo, sino que está siempre presente en un universo humano) es lo que
nosotros llamamos humanismo existencialista.
Humanismo porque le hacemos recordar al hombre que él es el único
legislador y que precisamente en el abandono él decidirá sobre sí mismo; y
porque nosotros mostramos que, no dirigiéndose hacia sí mismo, sino buscando
siempre fuera de sí un objetivo (que es aquella liberación, aquella actuación
particular) el hombre se realizará precisamente como humano».[66]
Éstas son entonces las ideas
fundamentales del humanismo existencialista, según Sartre las formulara en
1945-46. Pero el pensamiento de Sartre
sufrió, en los años sucesivos, continuos reajustes y, a veces, mutaciones
profundas en un difícil itinerario que llevó al filósofo primero a ser un
“compañero de camino” del Partido Comunista francés y luego a asumir una
posición de abierta ruptura con éste, después de la invasión de Hungría en
1956. Asímismo, varias de las ideas
expuestas en El existencialismo es un humanismo fueron reelaboradas más
tarde. Después del encuentro con el
marxismo, que lo estimuló a hacer un análisis más profundo de la realidad
social, Sartre pasó a sostener la idea de una libertad ya no absoluta, sino condicionada
por un conjunto de factores sociales y culturales.
Él mismo admitió que las antítesis
radicales de El Ser y la nada le habían sido impuestas por el clima de
la guerra, en el cual no parecía posible otra alternativa que aquella entre ser
con o ser contra. “Después
de la guerra llegó la experiencia verdadera, la de la sociedad”, o sea, la
experiencia de una realidad compleja y ambigua, con matices y gradaciones,
donde la relación entre situación dada y elección individual, entre libertad y
condicionamiento, no es clara ni directa.
En la entrevista dada a la New Left Review en 1969, Sartre llega
a dar la siguiente definición de libertad: «Yo creo que un hombre puede siempre
hacer algo diferente de lo que se haya hecho con él. Ésta es la definición de
libertad que hoy consideraría apropiada: esa pequeña diferencia que hace de un
ser social completamente condicionado, una persona que no se limita a
re-exteriorizar en su totalidad el condicionamiento que ha sufrido».[67]
Aun con esta definición más
restringida, Sartre no abandona el tema central de toda su filosofía: que la
libertad es constitutiva de la conciencia humana. Y aun en los años Setenta, discutiendo con los gauchistes
de la revuelta estudiantil del ‘68, Sartre –ya casi ciego– reafirma que los hombres
no son jamás totalmente identificables con sus condicionamientos, que la
alienación es posible precisamente porque el hombre es libre, porque no es una
cosa.[68]
Éste es, en rápida síntesis, el
camino filosófico recorrido por Sartre.
Camino sufrido, lleno de cambios y autocríticas, pero siempre “dentro de
una cierta permanencia”. Sartre debió
continuamente responder a los ataques de los burgueses ‘de bien’, de los
católicos y de los marxistas, pero las críticas más profundas y radicales al
intento de dar una formulación humanista a su filosofía, las recibió de
Heidegger, es decir, de aquél que había sido el inspirador de varios aspectos
de su existencialismo.
Uno de los eventos decisivos en la formación
filosófica de Heidegger se dió en 1916 cuando Husserl fue nombrado titular de
la cátedra de filosofía de Friburgo, universidad en la que Heidegger se había
graduado y donde ejercía como docente libre. En aquel entonces Husserl era ya
un pensador muy conocido y respetado, y la fenomenología, un movimiento en
rápido desarrollo que estaba generando gran interés. Ese mismo año Husserl
nombró al joven Heidegger como su asistente e inició así un período de estrecha
colaboración entre los dos durante el cual
Heidegger contribuyó en modo decisivo al desarrollo de la fenomenología,
no sólo a través de su investigación personal, sino también ejerciendo su
influencia sobre la dirección de las investigaciones de Husserl. Este último solía describir la situación de
la escuela fenomenológica en aquellos años en Friburgo así: «La fenomenología
somos yo y Heidegger, nadie más».
En 1927, Heidegger –que ahora era
profesor ordinario de filosofía en la Universidad de Marburgo– publicó su obra
fundamental Ser y tiempo, dedicándola a Husserl. Pero este trabajo señó la ruptura entre
ambos, que fue explícita en ocasión del fallido intento de redactar juntos la
voz “fenomenología” para la Enciclopedia Británica. Esta ruptura marcó asímismo una verdadera escisión de la escuela
fenomenológica que Husserl hizo pública en 1931, atacando duramente lo que él
dió en llamar “la filosofía de la existencia” de Heidegger.
En 1928 Heidegger fué nombrado
sucesor de Husserl en la Universidad de Friburgo. Al asumir el nuevo cargo académico Heidegger leyó una ponencia
que sería una de sus obras más conocidas y discutidas: Qué es la metafísica. En 1933, con la victoria política del
nazismo, Husserl –que era hebreo– fué alejado del cuerpo de docentes de la
universidad, y Heidegger nombrado rector de la misma. Un mes después adhirió al partido nazi. Esta adhesión duró menos de un año, porque ya en 1934 Heidegger
renunció al cargo por disensión con las autoridades gubernativas al rehusarse a
expulsar de la universidad a dos colegas antinazistas. Dejó entonces de ocuparse de política y
entró en un período de reseva y silencio, interrumpiendo sus publicaciones que
ya eran obstaculizadas por el régimen.
Sin embargo dictó regularmente sus cursos universitarios, constantemente
vigilados por los Servicios de Seguridad.
No obstante todo, su adhesión al
partido nazi siempre arrojó sobre Heidegger una luz siniestra, una especie de
estigma que, ciertamente, no ayudó a la comprensión de su filosofía y de la
revolución por él producida en el pensamiento occidental.
Una vez finalizada la guerra, el
Comando de las fuerzas de ocupación le prohibió ejercer la docencia hasta
1951. Al año siguiente la prohibición
fue revocada y Heidegger comenzó nuevamente a enseñar, al principio en forma
privada. A partir de ese momento publicó un gran número de ensayos, escritos
sobre todo durante los años de silencio que siguieron a la publicación de Ser
y tiempo. Estos ensayos testimonian
un viraje que ha hecho hablar de una “segunda fase” del pensamiento de Heidegger
y que aparece explícito en la Carta sobre el Humanismo, publicada en
1947 y de la que nos ocuparemos extensamente.
Ser y tiempo se inicia con un
epígrafe que ilustra eficazmente la problemática; se trata del siguiente fragmento del Sofista de Platón: «Está
claro que vosotros desde hace tiempo estáis familiarizados con lo que entendéis
cuando usáis la expresión ser; también nosotros creímos un día haberlo
comprendido sin lugar a dudas, pero ahora hemos caído en la perplejidad». Heidegger se pregunta si el significado de
la palabra ser goza de mejor comprensión actualmente, si nos es claro lo
que queremos decir cuando la utilizamos. La respuesta que él se da es que esto
no sucede, sino que el problema mismo ha sido olvidado. En efecto, el hecho de no comprender el
significado del término ser no crea en nosotros perplejidad alguna. Lo
utilizamos continuamente pero jamás nos detenemos a analizarlo, jamás nos
interrogamos sobre él. En general
decimos “Esto es ...” continuando con una serie de predicados que definen el
objeto que estamos examinando. Discutimos si una cosa es ésto o aquéllo, pero
nunca examinamos la palabra “es”.
Siendo el concepto más general y vacío de todos, el que se aplica a
todos los entes (las cosas, los animales, los vegetales, nosotros
mismos, etc.), el concepto de ser aparentemente elude cualquier tipo de
definición. Su significado se pierde en
el uso común.
En su larga historia, la filosofía
ha dado distintas respuestas a la pregunta fundamental sobre el ser, y
Heidegger declara que no pretende proponer una nueva respuesta. Visto que el
problema mismo parece haber sido olvidado, lo que le interesa es re-despertar
la comprensión del sentido de la pregunta. Ya el hecho de que el hombre se
plantee qué es el ente (que pregunte: “¿Qué cosa es...?”) presupone una
comprensión “media y vaga“ del ser del ente. Y es precisamente en base a tal
comprensión que el hombre se pregunta sobre el ser. Por lo tanto la investigación sobre el significado del ser deberá
partir de este ente que parece ocupar una posición privilegiada, es decir,
deberá comportar una clarificación preliminar del ser del hombre.
Pero no se puede indagar sobre el
ser –o la esencia– del hombre del mismo
modo en que se indaga sobre todos los otros entes. En la tradición filosófica,
cuando se habla de la “esencia” o la “naturaleza” de un ente, se hace
referencia al conjunto de características específicas inherentes al ente y sin
las cuales éste no sería lo que es. Pero para Heidegger el hombre no es jamás
algo definitivo, terminado; el modo de ser que le es más propio es el existir,
o sea, poder ser, el relacionarse constantemente con posibilidades. El hombre, “ese ente que siempre somos”, no
se presenta según el modo de ser de las cosas, el modo de la realidad,
de la objetividad; el hombre se presenta como existencia, que es
posibilidad, continua superación de lo dado. Decir que el hombre es
constitutivamente poder ser o, en otras palabras, que su esencia
es su existencia, equivale a decir que no posee una esencia en el sentido
tradicional, una esencia dada y definida como la de las cosas.
Para Heidegger, entre el hombre y
los demás entes existe una radical diferencia de esencia que no puede ser
ovidada. Al contrario, si se reduce el
ser humano a un ente cualquiera y se lo estudia como ente, como “cosa” –del
modo en que lo hacen las ciencias que tienen por objeto al hombre (la
antropología, la biología, la sicología)– se pierden sus características más
propias y constitutivas. Esta diferencia representa precisamente el punto de
partida de la analítica existencial que deberá hacer luz, paso a paso,
con la profundización y el desvelamiento progresivos característicos del método
fenomenológico, sobre las estructuras constitutivas del ser del hombre.
Por lo tanto, de un primer nivel de
análisis surge que la esencia del hombre consiste en su existencia. Pero esta
existencia no se da en abstracto, sino concretamente en un mundo constituído
por cosas y por otros seres humanos. Así, la existencia es fundamentalmente
estar-en-el-mundo. Heidegger designa la esencia humana con el término Dasein
que significa literalmente “existencia”, pero lo descompone en Da-sein
que significaría “ser ahí”, enfatizando de esta manera el carácter de la
realidad humana como ser en el mundo y apertura al mundo.
Pero ¿qué debemos entender por
“mundo”? Para Heidegger el mundo no es
simplemente la sumatoria de todos los entes posibles, entendidos como
cosas-en-sí, dotadas de realidad objetiva. He aquí uno de los puntos
centrales de su pensamiento. Para Heidegger, la filosofía no ha logrado jamás
explicar adecuadamente ni la vida ni la historia precisamente porque siempre ha
concebido la realidad como simple-presencia, o mejor dicho –utilizando
un término ya común al lenguaje científico y al cotidiano– como objetividad.
Esta concepción, por una parte, presupone un sujeto separado que observe las
cosas y, por otra, que las cosas mismas posean una naturaleza en-sí a las que
el sujeto se esfuerza por acercarse a través de una mirada pura y desinteresada
cuanto más posible, como se trata de hacer en las ciencias exactas. Pero un
análisis del significado de “mundo” muestra que originariamente las cosas se
nos presentan no como objetos separados de nosotros, como cosas en-sí, dotadas
de existencia objetiva. Las cosas se dan a nuestra experiencia sobre todo como
instrumentos, en el sentido que siempre las incluimos de alguna manera en
nuestra vida, dándoles un objetivo, refiriéndolas a un “proyecto”. El mundo es
entonces el horizonte dentro del cual utilizamos y damos significado a lo que
encontramos, a aquello de lo que podemos disponer. En este sentido el mundo es una estructura constitutiva de la
realidad humana.
La apertura del hombre al mundo se
da a través de tres modos fundamentales: la “situación emotiva”, la “comprensión” y el “discurso”.
El hombre siempre experimenta su
ser-en-el-mundo con una cierta disposición emotiva; su relación con las cosas
no es nunca neutral, su actitud no es la de un “sujeto puro”; él se siente
en el mundo. Por lo tanto, la “situación
emotiva” es ya una aprehensión, una pre-comprensión del mundo. Sin embargo, el hombre no puede disponer de
ella: la tonalidad afectiva que determina su modo de relacionarse con las cosas
no depende de él. A través de esta
apertura el hombre descubre que el aspecto fundamental de su existir lo elude.
La situación emotiva lo enfrenta con su propia inexplicabilidad y finitud, con
el hecho de ser arrojado, abandonado en el mundo.
Además, el hombre siempre tiene una
“comprensión” del mundo, en el sentido de que está familiarizado con una
totalidad de significados antes de encontrarse con los objetos que se le
presentan. En cuanto poder-ser,
el hombre está en el mundo fundamentalmente como “proyectante”, y su
conocimiento de las cosas es siempre una interpretación, o sea una inclusión de
las mismas en un proyecto. Por lo
tanto, la “comprensión” no es algo que se obtiene conociendo a las cosas “así
como son” (en-sí), sino que es siempre expresión de una relación ineludible con
ellas. Tenemos siempre una comprensión-interpretación
del mundo que, en cuanto proyecto, está sujeta a desarrollos y cambios.
El “discurso”, finalmente, articula
y concreta la situación emotiva y la comprensión.
A través de estas tres aperturas fundamentales,
el hombre “cuida” a las cosas, a los otros y a sí mismo. El cuidar, el dedicarse-a, es el ser de la
realidad humana en cuanto existencia.
Profundizando aún más el análisis,
Heidegger reconoce en la temporalidad el sentido del cuidado. En otras palabras, lo que hace posible y
comprensible que el ser humano entre en relación con los objetos, les dé un
significado y los comprenda en un proyecto, reside en la temporalidad. Dice, en efecto, Heidegger: «En la medida en
que calcula, planea, provee, previene, el Ser-ahí [el ser humano], dice
siempre, explícita o implícitamente: “después” ocurrirá esto, “antes de que”
aquello haya sido llevado a cabo, “ahora” se debe rehacer lo que “entonces” no
tuvo éxito».[69]
Pero la temporalidad no es
para Heidegger el tiempo como se entiende vulgarmente. En Ser y tiempo desarrolla un
análisis de la concepción común del tiempo de extraordinaria profundidad. Al tiempo común se lo entiende como una
sucesión de “instantes” y en esta sucesión se datan los acontecimientos. Así, el tiempo es concebido como una recta
infinita, tanto en la dirección del pasado como en la del futuro, formada por
tales puntos-instante. El
punto-instante es siempre entendido como “ahora”, por lo que también el pasado
y el futuro se entienden sólo a partir de la experiencia del presente. Pero el “ahora” del presente es
experimentado mientras se desliza hacia el pasado y tiende hacia el
futuro. Por lo tanto “ahora” es
necesariamente también un “hace poco” y un “dentro de poco”. Por otra parte, si el pasado es entendido en
función del presente, en función del “ahora”, aquél es “ahora no más”; y a su
vez el futuro, interpretado en función del “ahora”, es “ahora no todavía”.
La imagen del tiempo como sucesión
infinita de puntos-instante, de “ahoras”, surge cuando los “ahoras” del
presente (que poseen las características descritas) son proyectados en el
pasado y en el futuro. He aquí cómo
Heidegger describe la concepción común del tiempo y el sentido que tiene su
aparición: «Antes que nada, el tiempo se presenta como una sucesión
ininterrumpida de “ahoras”. Cada
“ahora” es ya también un “hace poco” o un “dentro de poco”. Si la comprensión del tiempo se basa primariamente
o exclusivamente en esta sucesión, no podrá nunca encontrar ni un fin ni
un principio. Cada último “ahora”, en
cuanto “ahora” es siempre ya un “dentro-de-poco-no-más” y es por lo
tanto tiempo en el sentido del “ahora-no-más”, del pasado. Cada primer
"ahora" es siempre un "hace-poco-no-aún" y es por lo tanto
tiempo en el sentido del "ahora-no-todavía", o sea del porvenir. En
consecuencia el tiempo es infinito "por ambas partes". Esta
concepción del tiempo se mueve en el horizonte fantástico de una sucesión,
en sí existente, de “ahoras” simplemente-presentes. ... Si “se piensa” en
el “fin“ de la sucesión de los “ahora” en el horizonte del ser-presente y en
del no-ser-presente, tal fin no se puede jamás encontrar. A partir del hecho de que este pensar
en el fin del tiempo se ve obligado siempre a pensar el tiempo, se deduce
que el tiempo es infinito. ¿Pero en qué se funda la nivelación del
tiempo-mundano y el encubrimiento de la temporalidad? En el ser mismo del
Ser-ahí [del hombre] que hemos ya interpretado ... como cuidado. Arrojado y deyecto, el Ser-ahí está antes que
nada y en general perdido en aquello que cuida. Pero esta perdición es la fuga en la cual el Ser-ahí se esconde
frente a su existencia auténtica, o sea en presencia de la decisión
anticipadora [de la muerte]. Esta fuga
dominada por el cuidado es una fuga frente a la muerte, es decir un
rechazo a ver el fin del ser-en-el-mundo [la existencia]».[70]
Así, para Heidegger, la construcción
de esta imagen ilusoria de la temporalidad tiene su sentido en el intento de
eludir el problema de la muerte. De
todas las posibilidades que se le presentan al hombre –que, como hemos visto es
fundamentalmente poder-ser– la muerte es la única ineludible, y por por
lo tanto constitutiva y propia del hombre.
La existencia es fundamentalmente
ser-para-la-muerte. Frente a la angustia
que la nada de la muerte produce, el ser humano tiene dos posibles vías: la
primera consiste en perderse en el mundo, abandonándose en la banalidad
cotidiana, en el cuidado, en los proyectos continuamente hechos y
deshechos, logrados o frustrados. El
hombre inventa así la ilusión del tiempo como sucesión infinita de “ahoras” que
aleje el oscuro conocimiento de que su tiempo es necesariamente finito.
El presente, el “ahora”, es siempre
un “mientras”; está siempre en relación
a algún objeto presente que es parte de un proyecto. El hombre llega así a comprender al ente como cosa-presente y a
sí mismo como cosa-yo. Esta forma de
vida inauténtica tiene como dimensiones la charla, la curiosidad y el equívoco;
el sí mismo deviene el “se” impersonal y anónimo, el “se dice”, “se cree”, “se
hace” porque, en el fondo, la muerte rechazada es siempre la muerte de los
demás, nunca la propia. Es precisamente
del “se muere” que nacen todos los otros “se”.
Vemos entonces que la relación cotidiana con el mundo del ser humano que
rechaza su ser-para-la-muerte está señada por esta inautenticidad, que
Heidegger llama deyección, que literalmente significa deposición de
material de deshecho, de descarte.
A la existencia deyectiva, Heidegger
contrapone la posibilidad que el ser humano tiene de conquistar un modo
auténtico de existencia. Éste se puede
lograr sólo a través de la “decisión anticipadora” de la muerte. En esta
decisión, el ser humano asume concientemente la posibilidad de la muerte como
la posibilidad que le es más propia.
Llegando al centro de la angustia de la nada, el hombre se abre así a
vivir auténticamente todas las otras posibilidades de la existencia. Descubrir, sin velos ni fingimientos, que
uno es-para-la-muerte y que ha sido arrojado en el mundo significa descubrir lo
que uno ha siempre sido. Por lo tanto,
el hombre puede auténticamente haber-sido sólo en cuanto se descubre en su
porvenir. El pasado surge, en cierto
modo, del porvenir. Entonces, en el
proyecto auténtico el hombre se anticipa o, como dice Heidegger, “ad-viene” a
sí mismo, y en tal “ex-tasis”, como él lo llama, define el pasado y el
presente. En este sentido, «el fenómeno
primario de la temporalidad originaria y auténtica es el porvenir».[71]
Heidegger nos exhorta a no considerar
la temporalidad como algo que sucede en el tiempo, como se lo entiende
comúnmente. Esta tendencia deriva
simplemente de nuestro ilusorio concepto de tiempo. Lo mismo vale para los conceptos de pasado y futuro. «“Porvenir” no significa aquí un “ahora” que
todavía no ha llegado a ser “actual” y que llegará a serlo,
sino más bien el advenimiento al que llega el Ser-ahí [el hombre] en sí mismo
en base a su poder-ser más propio. La
anticipación [de la muerte] hace al Ser-ahí auténticamente adveniente,
ya que la anticipación misma es posible solamente porque el Ser-ahí, en
cuanto existente, ha, en general, ya siempre llegado a sí mismo, o sea, en
cuanto en su ser, es, en general, adveniente».[72]
Dicho en términos más simples: la
aceptación conciente de la muerte muestra al hombre su anticiparse, su
proyectarse en el porvenir (usamos aquí palabras tradicionales) sólo porque el
hombre ha sido siempre así. No se trata
de una causa que produce un efecto, sino más bien de un des-velamiento, un
trascenderse, un llegar a ser aquello que siempre se ha sido, porque «el
sentido primario de la existencialidad es el porvenir».[73] Esto no significa, según el modo ingénuo de
pensar el tiempo, que el futuro esté “antes” del presente, en el sentido de un
“antes“ y un “después”.
Presente-pasado-futuro son, como dice Heidegger, co-originarios y forman
una unidad estructural.
La obra Ser y tiempo quedó
inconclusa. El plan original
contemplaba dos partes de tres secciones cada una. Heidegger escribió las dos
primeras secciones de la primera parte, que –como hemos visto– analizan,
respectivamente, la existencia humana y su sentido, que es el tiempo. La tercera sección, anunciada con el título
de Tiempo y ser y que debía tratar el problema central, el del “sentido
del ser en general”, no fue nunca escrita. Heidegger mismo explicaría más tarde
que no le había sido possible completar Ser y tiempo “por razones de
lenguaje”, en cuanto el lenguaje que tenía a disposición era, en el fondo, el
tradicional de la filosofía, marcado por un error originario que impide
expresar el sentido del ser.
Para Heidegger toda la historia del
pensamiento occidental, comenzando con Platón y Aristóteles, ha concebido al
ente como simple-presencia y esto ha oscurecido la conexión entre ser y
tiempo, y entre los tres grados temporales.
En este horizonte, la relación con los entes ha adquirido las formas de
la existencia inauténtica y deyectiva, por lo que el lenguaje que ha expresado
y expresa esta relación está necesariamente marcado por el olvido del ser. Por
lo tanto no se puede expresar al ser con el lenguaje de la ontología
tradicional, de la metafísica. Es por esto que, después de Ser y tiempo,
la reflexión sobre el lenguaje tenderá a ocupar una posición siempre más
central en el filosofía de Heidegger.
Sin embargo, el olvido del ser que
seña toda la historia de la metafísica occidental no puede ser considerado
simplemente un error filosófico. De
hecho, si tal ha sido el modo en que el ser se le ha presentado al Ser-ahi
durante el transcurso de la historia de Occidente, es porque así es
el ser para el Ser-ahi en esta tradición cultural. No se ha tratado por lo tanto de un error, sino de un Destino. En
el Destino de Occidente, el ser se manifiesta escondiéndose. Es en este
horizonte que se aclara el significado de la tecnología. El mundo tecnológico,
donde todo es instrumento, donde sólo hay entes, donde el ser ha sido
oscurecido y completamente olvidado, constituye la más acabada expresión del
pensamiento occidental y, al mismo tiempo, el punto de arribo de un modo de
expresión del ser.
Como surge claramente de estos
temas, que pertenecen ya a la “segunda fase” del pensamiento de Heidegger –la
fase posterior al viraje de su pensamiento después de Ser y Tiempo– los términos
de la relación entre el Ser-ahi y el ser aparecen invertidos. Ya no es el
hombre quien indaga sobre el ser y se abre a éste, sino que es el Ser el que se
abre al hombre. Y el lenguaje es el
nuevo centro de esta relación; pero el que habla no es más el hombre, sino el
Ser. Y la existencia, que había sido
definida como ser-en-el-mundo y ser-para-la-muerte, ahora, en la Carta sobre
el Humanismo, es definida así: «Yo llamo ek-sistencia del hombre a
su estar en el traslucir [Lichtung] del Ser».[74]
En esta ubicación existencial, en la
cual entrevé la luz del Ser, el hombre oye el lenguaje del Ser. Sin embargo, como hace notar un conocido
intérprete de Heidegger, «este lenguaje ontológico ya no es portador de significados
humanos; es una especie de lenguaje sagrado, o de símbolo misterioso, una
suerte de revelación del Ser en el silencio de toda palabra humana. El filósofo, en el sentido corriente del
término, deberá callar para ser substituido por el “pensador” o el poeta. Ellos tendrán la palabra o, más bien, la
palabra los tendrá a ellos. El poeta,
confidente del Ser, habiendo aprendido a “existir en aquello que no tiene
nombre”, puede nombrar lo sagrado.
En cuanto al pensador, él puede “decir” el Ser».[75]
Con esta concepción del ser y del
lenguaje, Heidegger se ubica concientemente al término del pensamiento
occidental, e idealmente se reconecta –saltando por sobre toda la metafísica,
desde Platón en adelante– con los iniciadores de este pensamiento, los antiguos
Presocráticos, que a menudo escribían en poesía y «decían el Ser como se
recita religiosamente una fórmula sagrada».[76]
Luego de esta rápida presentación
del pensamiento de Heidegger, pasaremos a analizar la posición que el filósofo asume
con respecto al humanismo, posición que, en el contexto del presente escrito,
constituye el tema de mayor interés.
En 1946, la publicación del ensayo
de Sartre El existencialismo es un humanismo causó un encendido debate y
profundas controversias. En aquella ocasión un filósofo francés, Jean Baufret,
escribió una carta a Heidegger en la cual hacía una serie de preguntas sobre
este tema y, entre ellas, la de «cómo volver a dar significado a la palabra
‘humanismo’», disputada entre cristianos y marxistas, y ahora hecha propia
también por el existencialismo sartriano.
Heidegger respondió a estas
preguntas precisamente con la Carta sobre el Humanismo que fue
publicada, con algunas correcciones, en 1947.
En esta Carta, Heidegger traza una historia de la idea de
humanismo desde la antigüedad griega hasta el presente, reconstruyendo los
distintos significados que le han sido atribuidos. Cada uno de estos significados deriva de una determinación previa
de qué cosa es lo humano, es decir, de cuál es la esencia del hombre. Es evidentemente la definición de esta
esencia, la que traza el confín entre lo humano y lo inhumano.
El primer humanismo histórico, dice
Heidegger, ha sido el que surgió en Roma en el tiempo de la República. Aquí el hombre humano que se contrapone al
hombre bárbaro es el romano que ha incorporado la educación griega. Este humanismo tiene como ideal la humanitas,
que es la traducción de la palabra griega paideia, educación. Se trata de la educación que se impartía en
las escuelas filosóficas de la civilización griega tardía. A fines de la Edad Media, el humanismo
italiano, que trata expresamente de reconectarse con Grecia y Roma, hará suyo
este mismo ideal humanista. En este
caso el hombre bárbaro, al cual se contrapone el hombre humano, es el hombre de
la Edad Media. Todas las corrientes de
pensamiento que, después del Renacimiento, tomaron como modelo a las
civilizaciones griega y romana han reivindicado este concepto de humanismo.
Los otros humanismos (el marxista,
el cristiano, el sartriano) no apelan en absoluto a la antigüedad y determinan
la esencia del hombre cada uno con su propia forma. Así, «Marx quiere que sea conocido y reconocido "el hombre
humano" y lo encuentra en la “sociedad”:
el hombre es, para él, el hombre "social" en cuanto es en la
sociedad que se asegura adecuadamente la "naturaleza" del hombre, o
sea el conjunto de sus "necesidades naturales" (nutrirse, vestirse,
reproducirse, obtener recursos económicos).
El cristiano considera a "la humanidad" del hombre ... desde
el punto de vista de sus límites con respecto a Dios: él es, en la historia de
la salvación, hombre en cuanto “hijo de Dios” que aprende y recoge el derecho a
tal paternidad en Cristo. Para el cristiano el hombre no es de este mundo, en
cuanto el “mundo” es entendido –según la teoría platónica– sólo como vía de
pasaje que debe conducir al más allá. » [77] Para Sartre, el hombre no tiene una esencia
determinada; ésta se construye en la existencia a través de la elección.
«Sin embargo –continúa Heidegger–
todas estas formas de humanismo, aun siendo tan diferentes en objetivo y
fundamento, en los modos y los medios previstos para sus respectivas
realizaciones, y en la forma doctrinaria, coinciden en esto: que la humanitas
del homo humanus se determina en base a una interpretación ya fijada de la
naturaleza, de la historia, del mundo y de su fundamento, o sea del ser en su
totalidad. Todo Humanismo, por lo
tanto, se funda en una metafísica o se hace él mismo fundamento de una
metafísica. Toda determinación de la
esencia del hombre, que presuponga ya una interpretación del ente sin
plantearse el problema de la verdad del ser, lo sepa o no, es metafísica».[78]
Por lo tanto, para Heidegger, todas
estas concepciones humanistas poseen el mismo vicio de fondo: son metafísica o
construyen una metafísica. Y hemos
visto cómo él incluye en esta categoría a todo el pensamiento occidental, a
partir de Platón y Aristóteles. La
metafísica reduce la realidad del ente a simple-presencia, lo aprehende
sólo en la dimensión temporal del presente.
Además, la metafísica presupone el ser del ente, pero no indaga sobre él
ni lo conoce.
La metafísica se apoya sobre un
fundamento que le es ignoto. Lo mismo
sucede necesariamente con todos los humanismos metafísicos, tanto antiguos como
modernos. Presuponen –y aquì llegamos
al punto central del anàlisis de Heidegger– que la esencia del hombre es algo
evidente que no necesita discusión, porque todos se remiten a la definición de
hombre como “animal racional”, o sea a la fórmula latina que es traducción de
la definición griega “zoon logon ekhon”.
Pero esta definición es, de por sí, un tipo de metafísica, es ya una
interpretación. Coloca de hecho al hombre
en la dimensión de la animalidad, aunque después agregue el “racional” que es
entendido, según los distintos sistemas filosóficos, como alma, o mente, o
espíritu, o sujeto pensante, o persona, etc.
Ciertamente, de esta manera se dice algo verdadero sobre el hombre, pero
su esencia se concibe en forma demasiado limitativa. «La metafísica –dice Heidegger– piensa al hombre a partir de la animalitas;
no lo piensa en la dirección de su humanitas ». [79]
A esta concepción restrictiva de la
esencia humana, Heidegger contrapone su visión del Ser, únicamente del cual el
hombre deriva su propio fundamento.
Como ya hemos dicho, la concepción de la relación entre el Ser-ahi y el
Ser propuesta en la Carta sobre el Humanismo pertenece a la “segunda
fase” del pensamiento de Heidegger. La
esencia del hombre es ahora su ek-sistencia, entendida como su “estar en
el traslucir del Ser".
Precisamente por morar en proximidad del Ser, el hombre es radicalmente
distinto de los otros seres vivientes.
He aquí cómo se expresa Heidegger:
«De ek-sistencia se puede hablar solamente con referencia a la esencia del
hombre, o sea sólo al modo humano de ser; porque únicamente el hombre, según la
experiencia que tenemos, está involucrado en el destino de la
ek-sistencia. Entonces, la ek-sistencia
no puede ser nunca pensada como un modo específico de ser entre los demás seres
vivientes, dado que el destino del hombre es pensar la esencia del
propio Ser».[80] «Probablemente, de todos los entes, los más
difíciles de pensar son los seres vivientes, a causa, por un lado, de la mayor
afinidad que en un cierto modo tenemos con ellos y, por otro lado, por el
abismo que separa nuestro ser ek-sistente del de ellos. En cambio, pareciera que la esencia de lo
divino estuviera más cerca de nosotros que este (extraño para nosotros) ser del
viviente... ». [81]
Vemos así, que para Heidegger, el
hombre está mucho más cercano a lo divino, al Ser entendido como Trascendens
puro, que a las otras especies vivientes.
Expresión fundamental de esta cercanía es el lenguaje. Es entonces a partir de esta cercanía, y no
a partir de la animalidad, que debe ser pensada su esencia. La palabra ek-sistencia, con la que
Heidegger define la esencia del hombre, para él no tiene nada en común con la
palabra existencia utilizada por la tradición metafísica. En esta
tradición, existencia quiere decir “realidad de hecho”, en contraposición a la
esencia, entendida como posibilidad lógica, como ejemplaridad ideal. Sartre forma parte, con pleno derecho, de la
tradición metafísica. Sartre –dice
Heidegger– «formula la proposición fundamental del existencialismo así: la
existencia precede a la esencia. Él,
entonces, considera existentia y
esentia en el sentido de la metafísica que, desde los tiempos de Platón,
dice que la esentia está antes de la existentia; sólo que él invierte esta
proposición, pero la inversión de una proposición metafísica es siempre una
proposición metafísica, y con la metafísica se detiene en el olvido de la
verdad del ser».[82]
Por consiguiente, el existencialismo
sartriano no tiene nada que ver con la filosofía de Heidegger. En otro pasaje, Heidegger invertirá la frase
de Sartre «Nosotros estamos precisamente en un plano donde hay solamente
hombres», afirmación que está a la base del existencialismo del filósofo
francés, y dirá: «Nosotros estamos en un plano donde está solamente el Ser». Para Heidegger el plano del cual habla
Sartre no es otro que el Ser. Los
caminos de los dos filósofos divergen radicalmente.
Para Heidegger, entonces, queda bien
poco de los así llamados “humanismos” una vez denunciada su raíz metafísica, la
que ha determinado su empobrecimiento y la pérdida de sus significados. Sin embargo, una denuncia tal no ha sido
inútil. Ha permitido concebir la
esencia del hombre de una manera más originaria, o sea, como ek-sistencia, como
el vivir del hombre en proximidad al Ser.
Pero ¿conviene que esta nueva forma
de pensamiento, que critica a los humanismos sin defender lo “inhumano”, sea
llamada “humanismo”? «O, ¿no
convendría –se pregunta Heidegger–
intentar, con una abierta resistencia al “humanismo”, provocar un choque capaz
de forzar la atención de manera que, de una vez por todas, ésta se dirija al
problema de la humanitas del homo humanus y su fundamento? Aunque el momento actual de la historia
mundial no impulsara ya en esta dirección, se podría así estimular
una reflexión que se orientaría no solamente hacia el hombre, sino también
hacia la “naturaleza” del hombre, y no solamente hacia esta naturaleza, sino
más originariamente aún, hacia la dimensión en la cual la esencia del hombre,
determinada por el punto de vista del Ser mismo, se sienta como en su casa». [83]
Esta reflexión sobre la esencia del
hombre es entonces fundamental, en cuanto es sólo en base a la comprensión de
su esencia que el hombre puede construir su futuro. [84] Pero volver a dar un sentido a la palabra
“humanismo” no puede ser una operación abstracta. Es necesario tener una experiencia más originaria de la esencia
del hombre. Los humanismos
tradicionales han fracasado en su objetivo: el hombre moderno se siente
alienado, sin casa, sin patria. Pero
esta alienación no puede ser pensada en los términos de Marx, sino como lejanía
del Ser.
Un acercamiento al Ser olvidado es
entonces la única vía posible para sacar al hombre de la situación de extrañeza
en la que se encuentra. En este reacercamiento
está el Destino de Occidente. Veamos
cómo se expresa Heidegger: «El Occidente no debe ser pensado regionalmente en
su distinción del Oriente, ni simplemente como Europa, sino, desde el punto de
vista de la historia del mundo, [debe ser pensado] en su cercanía al origen
primero. La patria de esta morada
histórica es la cercanía del Ser. En
esta cercanía, y no en otra parte, podrá también tener lugar la decisión de si y
cómo Dios y los dioses llegaron a faltar y queda la noche; de si y cómo ya raya
el alba de un nuevo día de lo sagrado; de si y cómo, con el surgir de lo
sagrado, pueden comenzar nuevamente a mostrarse Dios y los dioses. Pero lo sagrado, que es solamente el espacio
esencial de la divinidad, que, a su vez, es la única que asegura la dimensión
para los dioses y para Dios, lo sagrado puede mostrarse, sólo si antes, y con
una larga preparación, el Ser mismo ha llegado a traslucir y se lo experimenta
en su verdad. Solamente así puede
comenzar una superación de ese encontrarse sin patria, en el cual no sólo los
hombres, sino la esencia del hombre está vagando». [85]
Éste es, en breve síntesis, el pensamiento de Heidegger sobre el
humanismo. En la Carta él ha
ejercido sobre las concepciones humanistas tradicionales la misma tarea de
desestructuración, de nulificación, que ya había efectuado sobre la
filosofía. Para él, la visión que los
humanismos metafísicos tienen del hombre es insuficiente, más aún, dañina, por
lo cual es necesario desmantelarla totalmente.
Recordemos que si él piensa contra el humanismo tradicional, es porque
éste no realza suficientemente la humanitas del hombre. Pero Heidegger no dice de qué modo es
posible efectuar esta nueva experiencia de la esencia humana. Él simplemente demuestra la necesidad de tal
experiencia y da como única indicación genérica que su realización atañe a
Occidente. Pero corresponde al Ser, y
no al hombre, abrirse en las formas que le son propias. Sobre éstas, el hombre no puede intervenir;
él sólo puede prepararse, en silencio, a la revelación del Ser.
Una de las corrientes de pensamiento que más decididamente adoptan una
posición antihumanista es el estructuralismo. Se trata de una tendencia
filosófica que surge en los años Sesenta especialmente en Francia. No es
posible atribuir al estructuralismo las características de una Escuela ni las
de un movimiento homogéneo. Es, como
otros han ya señalado, un "estilo de pensar" que reúne personalidades
muy diferentes entre sí, activas en los más diversos campos de las ciencias
humanas, tales como la antropología (C. Lévi-Strauss), la crítica literaria (R.
Barthes), el psicoanálisis freudiano (J. Lacan), la investigación historiográfica
(M. Foucault), o pertenecientes a corrientes filosóficas específicas como el
marxismo (L. Althusser).
Este heterogéneo grupo de estudiosos comparten, sin embargo, una actitud
general de rechazo de las ideas de subjetivismo, historicismo y humanismo, que
son el núcleo central de las interpretaciones de la fenomenología y del
existencialimo que, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial,
desarrollarían J.-P. Sartre y M. Merleau-Ponty, y que, en aquel entonces,
dominaban la escena filosófica francesa. Utilizando un método en neto contraste
con el que adoptaban estos últimos, los "estructuralistas" tienden a
estudiar al ser humano desde afuera, como a cualquier fenómeno natural, «como
se estudia a las hormigas» –dirá Lévi-Strauss– y no desde adentro, como a una
conciencia. Con este enfoque, que imita a los procedimientos de las ciencias
físicas, tratan de elaborar estrategias investigativas capaces de dilucidar las
relaciones sistemáticas y constantes que existen en el comportamiento humano, individual
y colectivo, y a las que dan el nombre de estructuras. No son relaciones
evidentes, superficiales, sino que se trata de relaciones profundas que, en
gran parte, no se perciben concientemente y que limitan y constringen la acción
humana. Independientemente del objeto de estudio, la investigación
estructuralista tiende a hacer resaltar lo inconsciente y los condicionamientos
en vez de la conciencia o la libertad humana.
Es necesario aclarar que el concepto de estructura y el método inherente
a él llegan al estructuralismo no directamente desde las ciencias
lógico-matemáticas ni de la sicología (la escuela de la Gestalt) ,en las que ya
se encontraban operando desde hacía tiempo, sino por otra vía: la
lingüística. En tal sentido, se ha
dicho que el estructuralismo nace de una exhorbitancia, de un
"exceso" de las teorías del lenguaje.[86] De hecho, un punto de referencia común a los
distintos desarrollos del estructuralismo ha sido siempre la obra de Ferdinand
de Saussure, Curso de lingüística general (1915) que, además de
constituir un aporte decisivo para la fundación de la lingüística moderna,
introduce el uso del "método estructural" en el campo de los
fenómenos lingüísticos.
Corresponde agregar que las raíces del estructuralismo, especialmente en
lo que respecta a las teorías estéticas y literarias, se encuentran en aquella
vasta y abigarrada tendencia que aparece en Rusia en la época de la Revolución,
que atraviesa todo el pensamiento y el arte europeos de principios del siglo XX
y que recibe el nombre de Formalismo. Este término, más precisamente "método formal", aparece
por primera vez en las teorías estéticas de los Futuristas rusos, quienes
proclamaban que era necesario revolucionar la literatura y las artes conjuntamente
con la sociedad. El arte y la literatura son instrumentos cuyo objetivo es
desfamiliarizar el pensamiento, destruir el estrato de los hábitos
percerptuales normales, a través del uso de objetos extraños e inmotivados, de
artificios técnicos, privilegiando el aspecto formal en desmedro del contenido.[87]
El lingüista ruso R. Jacobson cumplió con el importante rol de conectar
los diversos componentes históricos del estructuralismo y de transferir el
método interpretativo estructural de la lingüística a las demás ciencias
humanas. En efecto, en Jacobson se entrecruzan las más variadas líneas del
desarrollo del estructuralismo: partiendo de la experiencia del formalismo ruso
–del cual propagó las ideas estéticas–, desarrolló las ideas de Saussure, al
principio en el Círculo lingüístico de Praga –del que fué uno de los
fundadores– y más tarde en América. Fue precisamente en Nueva York –donde se
había refugiado para escapar de la guerra– que Lévi-Strauss entro en contacto
directo con el estructuralismo lingüístico gracias a su amistad con Jacobson.
Pasemos ahora a examinar los aspectos fundamentales de la teoría de
Ferdinand de Saussure. Esto nos permitirá comprender por qué tuvo tanta
importancia para el desarrollo del estructuralismo.
Para Saussure el lenguaje, una facultad común a todos, no se puede
concebir simplemente como la suma de los actos del hablar (sean estos pasados o
futuros) que los individuos efectúan para comunicar entre sí. La distinción
fundamental en el lenguaje es la que existe entre lengua y habla (en
francés, langue y parole).
La lengua (langue) «es un sistema de signos que expresan ideas»[88]
y «es la parte social del lenguaje, exterior al individuo, quien por sí solo no
puede ni crearla ni modificarla; no existe más que en virtud de una especie de
contrato establecido entre los miembros de la comunidad».[89]
El habla (parole) es un acto único de comunicación verbal efectuado por
un individuo para expresar un pensamiento personal. El primer concepto indica el sistema de reglas que están a la
base de cada acto del hablar y que, siendo bagaje común de toda la comunidad,
existe independientemente del sujeto.
Si no se conoce este sistema de reglas –que el individuo hace suyo a
través del aprendizaje– ningún acto del hablar sería posible. La lingüística
es, para Saussure, fundamentalmente el estudio de la langue y, en este
sentido, constituye solo una rama de una disciplina más general, una ciencia de
los signos o semiología, que él espera se desarrolle a futuro.
Saussure efectúa una segunda distinción básica entre el significante
y el significado de un signo lingüístico. Ante todo aclaremos este último
término. En un primer analisis,
Saussure define al signo lingüístico como la unión entre un concepto y una
“imagen acústica” (es decir un sonido, no en el sentido estrictamente físico,
material, sino un sonido en la dimensión de la percepción auditiva).[90] Más tarde Saussure propone, a fin de evitar
posibles ambiguedades, dar el nombre de significado al concepto y llamar
significante a la imagen acústica. Pero el punto clave que surge del
análisis de Saussure es el siguiente: el nexo que une a los dos componentes de
un signo lingüístico es arbitrario. Tal es así, que un mismo concepto, por
ejemplo, "hermana" aparece ligado a imágenes acústicas diferentes
según el idioma (sister, soeur, sorella, etc.). No existe por lo tanto ninguna
razón aparente por la cual una imagen acústica dada se deba asociar a un cierto
concepto: cualquier otra imagen sería igualmente adecuada. Esto no significa
que el hablante pueda modificar libremente la asociación entre los dos
términos; si así lo hiciera comprometería seriamente la comunicación. En efecto, esta asociación, aunque
arbitraria, está socialmente dada en un cierto momento histórico. Es evidente
que el lenguaje cambia con el tiempo, pero para una comunidad lingüística lo
que cuenta es su situación presente, que es la que permite la comunicación
entre las personas.
Es más. Un idioma no sólo produce un conjunto singular de significantes,
dividiendo y organizando el espectro sonoro de un modo que es al mismo tiempo
arbitrario y específico, sino que se comporta de la misma manera en el espectro
de las posibilidades conceptuales: un idioma posee un modo, también arbitrario
y específico, de dividir y organizar el mundo en conceptos y categorías, es
decir, posee su propia forma de crear significados. Esto no es difícil de
comprobar si consideramos que ciertos términos, expresiones o construcciones de
un idioma no se pueden traducir fácilmente a otro justamente porque sus
significados no son completamente equivalentes, ya que corresponden a distintas
articulaciones del plano conceptual.
Por lo tanto, los significados no existen por sí mismos, no constituyen
entidades fijas, válidas para todos los idiomas y que luego cada idioma expresa
con diferentes significantes. Los significantes y los significados,
precisamente por el hecho de ser divisiones arbitrarias de un contínuo
–conceptual en un caso, sonoro en el otro– pueden ser definidos solamente a
partir de sus relaciones, o sea, en función del sistema de diferencias
recíprocas, siendo cada uno de ellos lo que los demás no son. Aclaremos este
punto utilizando un ejemplo que nos da Saussure.[91] El expreso Ginebra-París de las 8.25
es el mismo tren todos los días a pesar de que sus componentes materiales
puedan ser siempre distintos. En
efecto, la locomotora, los vagones y el personal pueden cambiar según los días.
Pero lo que da identidad al tren es su posición en el sistema de trenes que
describe el horario ferroviario. Lo
importante es que se lo pueda distinguir entre todos los demás trenes. Así expone Saussure este punto clave de su
teoría lingüística, esta concepción diferencial de los
significados y los significantes: «Lo importante en una palabra no es el
sonido en sí, sino las diferencias fónicas que permiten distinguir tal palabra
de todas las demás porque son ellas las que llevan la significación».[92] «[Los conceptos] son puramente
diferenciales, definidos no positivamente por su contenido, sino negativamente
por sus relaciones con los demas términos del sistema. Su más exacta
característica es la de ser lo que los
otros no son».[93]
Falta aún considerar una última distinción fundamental que Saussure
describe entre sincronía y diacronía. Todos hemos experimentado
que el lenguaje cambia continuamente. Los signos lingüísticos no son estáticos:
se transforman incesantemente. Este
hecho admite una verificación inmediata en lo que respecta a los significantes,
pero vale del mismo modo para los significados. Por ejemplo, la palabra inglesa "silly" tuvo el
significado de "pío", "bueno" hasta el siglo XVI, durante
el cual comenzó a significar "inocente", "indefenso". La
palabra continuó cambiando hasta el momento actual en que se la conoce con el
significado de "estúpido". Se
puede entonces estudiar el lenguaje en una dimensión diacrónica, es
decir histórica, siguiendo las transformaciones de los signos lingüísticos, o
en un particular momento histórico, en otras palabras, en su dimensión sincrónica.
Esta última es la única que importa a quienes utilizan el lenguaje y la única
que permite determinar el sistema de relaciones internas, de reglas (langue)
de un idioma. De aquí la importancia
primaria que Saussure otorga al análisis sincrónico en la lingüística.
Son las comentadas hasta aquí, en forma extremadamente sintética, las
ideas fundamentales y más innovativas del Curso. Recordemos que el Curso es una
reconstrucción del pensamiento de Saussure que hicieran sus alumnos en base a
los apuntes tomados durante las lecciones y que fue publicado en 1915, luego de
la muerte del maestro. Es interesante
destacar que en el Curso nunca aparece el vocablo “estructura”,
sino “sistema” con el cual, como ya hemos visto, Saussure asigna al lenguaje la
condición de un todo solidario, cuyas partes son interdependientes. Con el término estructura se designa en
general el modo de organización de un sistema en base al rango, el rol, las
relaciones, etc. de sus partes. Y es
con este sentido que la palabra fue luego utilizada por el estructuralismo
lingüístico, apareciendo por primera vez en el Círculo lingüístico de Praga
donde se habla de “estructura del sistema lingüístico”.
De todo lo que hemos dicho resulta que el lenguaje, en el análisis de
Saussure, posee algunas propiedades singulares: por una parte está compuesto de
signos totalmente arbitrarios y por otra parte presenta un rígida estructura
impersonal, externa y que precede al individuo, quien no puede crearla ni
transformarla. Esta estructura funciona
como una suerte de a priori social: aunque no se perciba concientemente,
ella ejerce una influencia fundamental sobre los que la aprenden y la usan, en
cuanto determina en gran medida la calidad y la amplitud de su horizonte
cognoscitivo. En efecto, las personas
asimilan el lenguaje mucho antes de poder "pensar por sí mismas"; es
más, tal aprendizaje constituye precisamente la base para que eso suceda. Es cierto que luego se pueden privilegiar
algunos contenidos y rechazar otros, pero no se puede cambiar facilmente el
sistema de asociaciones entre significantes y significados, que ha sido
establecido socialmente y que el aprendizaje ha depositado en la memoria de
cada uno. Dicho de otro modo, se piensa
siempre desde adentro de un lenguaje, y el lenguaje es ya una forma
interpretativa de la realidad. Este enfoque
restringe al máximo el espacio que le queda al sujeto para construír
concientemente la propia experiencia y para expresarla libremente a través del
lenguaje. De este planteo deriva que no existe un momento perceptivo
distinto de un momento posterior en el cual la percepción es articulada
concientemente en el lenguaje:
pareciera existir un único momento de percepción-interpretación que en
gran medida elude al "sujeto".
Todo esto permite comprender la actitud general anti-subjetiva y
anti-humanista que los estructuralistas desarrollan a partir del paradigma
lingüístico de Saussure. Además, la posición de privilegio otorgada al análisis
sincrónico, que es el que permite reconocer las estructuras, transforma a la
historia en una serie de "cuadros" sin conexión, en los que, aunque
cambie el transfondo, los seres humanos aparecen siempre sometidos a
condicionemientos inconscientes. Lo que
se obtiene de este modo es una historia sin sujeto.
Lévi-Strauss, que puede ser considerado el "padre" del
estructuralismo, no era un lingüista; era un antropólogo formado en la
tradición de la sociología francesa de E. Durkheim y M. Mauss. Después de su encuentro con Jacobson, el
enfoque adoptado por el estructuralismo lingüístico se le presenta como el
mejor instrumento para indagar en lo profundo de los fenómenos socio-culturales
–el objeto de estudio de la antropología– con el fin último de determinar
precisamente aquellas constantes universales de las sociedades humanas
que Durkheim buscaba. Así, adoptando el
método del estructuralismo lingüístico, Lévi-Strauss propone reducir la
antropología a una semiótica, es decir, estudiar las culturas humanas como
estructuras de lenguajes verbales y no verbales.[94]
Efectivamente, del estudio de una cultura, la antropología pone de
relieve una serie de sistemas tales como el parentesco, los ritos
matrimoniales, la comida, los mitos, etc.
Cada uno de ellos constituye un conjunto de procesos que permiten un
tipo específico de comunicación y, por lo tanto, pueden ser tratados como lenguajes
que operan en distintos niveles de la vida social, cada uno con su propio
sistema de signos. El conjunto
estructurado de todos estos lenguajes constituye la totalidad de la cultura
que, desde este punto de vista, puede ser considerada como una suerte de
lenguaje global.
De este modo, analizando los complejos sistemas de división en clanes
totémicos de las tribus así llamadas "primitivas", Lévi-Strauss
descubre en ellos una forma de comunicación, un lenguaje. A un observador
"moderno" tales sistemas pueden parecer absurdos, primitivos en
cuanto confusos, ingenuos, carentes de racionalidad. Sin embargo, cuando un hombre primitivo divide el universo de
acuerdo a las características del propio clan, incluyendo ciertos animales,
plantas o estrellas, está construyendo un sistema de divisiones entre sí y los demás miembros de la tribu, divisiones
que permiten la existencia misma de la tribu como un conjunto articulado y
no indistinto[95],
está contruyendo un sistema de comunicación social, que es precisamente lo que
mantiene unida a la tribu. Esta
operación no es “primitiva” en ningún modo sino altamente sofisticada, en el
sentido que ese hombre reúne cosas que no están juntas en la experiencia
perceptual, y esto es justamente la esencia de todos los signos y de la
operación misma de la significación.
De la misma manera, cuando se identifica con el animal totemico, el
hombre primitivo no se "percibe" como animal –como un etnólogo
ingenuo podría llegar a creer–; él se
"interpreta" como un tipo
específico de animal, es decir que se trasforma en un signo para sí mismo y
para los demás miembros de la tribu, entrando así en el "discurso" de
su sociedad.
El salvaje organiza su propio mundo mental de un modo que Lévi-Strauss
define "analógico", ya que utiliza los objetos naturales que están a
su alrededor para construír sus propios signos, como lo haría un bricoleur,
que crea o repara algo con pedazos de objetos que tiene a disposición. Desde
este punto de vista, su pensamiento es distinto del moderno, o "lógico",
ya que este inventa signos artificiales y los superpone a la naturaleza, como
haría un ingeniero. Sin embargo, el pensamiento salvaje no
es menos abstracto que el pensamiento moderno, y está tan lejos cuanto éste
último lo está de un mundo de datos sensoriales puros. En este sentido, el estudio de los complejos
sistemas de parentesco en las sociedades primitivas es muy ilustrativo. Refiriéndose a esto, Lévi-Strauss dice: «Un sistema de parentesco no consiste en
relaciones objetivas de descendencia o consanguinidad entre individuos. Existe sólo en la conciencia humana; es un
sistema arbitrario de representación y no el desarrollo espontáneo de una
situación real».[96]
La diferencia entre nosotros, hombres modernos, y los
"primitivos" no consiste entonces, para Lévi-Strauss, en una
capacidad mental diferente, sino en un área diversa de aplicación de la misma
energía mental. La mente primitiva es exactamente la misma mente moderna y su
funcionamiento devela el funcionamiento de ésta última: ambas construyen sus
proprias realidades y las proyectan sobre cualquier realidad que encuentran a
su alrededor, aunque esta operación no sea conciente en ninguno de los dos
casos. En síntesis, lo que surge es una
función simbólica, estructurante, de la mente humana que existe siempre,
en todas partes, en toda sociedad, aunque se presente bajo diversas formas.
Por otra parte, la forma analógica de pensar, típica del totemismo, no
se circunscribe ciertamente a los pueblos primitivos; se la puede encontrar
donde sea, en un club deportivo, por ejemplo, donde los jugadores se dan el
nombre de animales para indicar el propio temperamento o alguna característica
física y distinguirse así de los demás.
Lo que ocurre es que ya no la reconocemos, o simplemente nos parece
"extraña" y este fenómeno comienza cuando los seres humanos dejan de
cooperar analógicamente con la naturaleza y se interesan solamente por actuar
lógicamente sobre ella.
Lévi-Strauss es un crítico severo y amargo del hombre y de la sociedad
moderna, a la que define "un cataclismo monstruoso" que amenaza con
deglutir a todo el planeta, y en este sentido anticipa muchos de los temas de
los movimientos ecológicos que surgirían mas tarde. Para él, el así llamado "progreso" ha sido posible sólo
a costa de la violencia, la esclavitud, el colonialismo, la destrucción
de la naturaleza; es sólo una ilusión etnocéntrica de nuestra civilización, un
mito, y como tal tiene el mismo valor de arbitrariedad y la misma
función de "verdad social" que aquellos productos del pensamiento
primitivo.
El progreso no existe porque tampoco existe la historia como sucesión
objetiva de eventos. La historia no es
otra cosa que un sistema de signos que, por definición son injustificados y
determinados por otras realidades no históricas. En realidad, las expresiones históricas (o sea las distintas
formas en que se relata la historia), así como sucede con el lenguaje, el
totemismo y los mitos, eligen sus proprias unidades significantes de una matriz
terminológica pre-existente, que en este caso está constituida por "hechos
históricos". Pero la elección, la
organización y por lo tanto la interpretación de los "hechos
históricos", en síntesis, los significados que se les atribuyen, son
arbitrarios, determinados por la proyección que hacemos sobre ellos de nuestra
situación actual. Si nos hemos
interesado en un cierto período histórico, por ejemplo, la Revolución Francesa,
es porque creemos que ésta nos puede dar un modelo interpretativo y de conducta
para el presente. La historia en sí no
nos provee de significados ni representa progreso: es solamente un catálogo de
eventos, un método, que se puede usar de distintas maneras.
Está claro que el pensamiento de Lévi-Strauss no podía evitar el
choque con el de Sartre, su perfecta
antítesis. Con su Crítica de la
razón dialéctica (1960) Sartre había intentado hacer una síntesis entre el
humanismo existencialista y el marxismo.
Para él la historia posee una propia intelegibilidad: son los hombres
los que la construyen. Más aún, el pensamiento de Sartre, en cuanto humanismo,
tiende a demostrar que el significado, la continuidad y el objetivo atribuídos
a la acción humana colectiva son componentes intrínsecos de la comprensión histórica.
La historia, por lo tanto, non puede ser reducida a un fenómeno simplemente
natural, biológico.[97]
La siguiente cita, extraída del último capítulo de El pensamiento
salvaje –en gran parte dedicado a
la refutación de la Crítica de la razón dialéctica– muestra el valor que Lévi-Strauss atribuye
al historicismo y al humanismo de Sartre: «Bastaría sólo con reconocer que la historia es un método al cual no
corresponde un objeto preciso, para rechazar la equivalencia entre la noción de
historia y la noción de humanidad, que algunos han pretendido imponernos con el
fin inconfesado de hacer de la historicidad el último refugio de un humanismo
trascendental: como si el hombre pudiera recuperar la ilusión de libertad en el
plano del "nosotros" con sólo renunciar a los "yo" que,
obviamente, están desprovistos de consistencia».[98]
Para Lévi-Strauss, así como no existe un sujeto individual (recordemos
aquí que él había definido al "yo" de la tradición fenomenológica
como un enfant gatè), no existe tampoco un sujeto colectivo, una
humanidad que crea la historia y que da una continuidad conciente a los
acontecimientos. En la base de la idea moderna de historicidad, con la
que se trata de contrabandear la idea de libertad humana, y con ella la de
humanismo, está el hecho de que nosotros vivimos en una sociedad “caliente” (como él la llama), es decir
una sociedad que genera constantemente, a través de una dialéctica interna, el
cambio social y, por lo tanto, continuas tensiones y conflictos. Es una sociedad que funciona como una
máquina termodinánica, que produce un alto nivel de orden a costa de un gran
consumo de energía y de desigualdades internas, en otras palabras, una máquina
que genera entropía: un desorden global mayor que el orden interno. Por el contrario, las sociedades primitivas
son “frías” porque tratan de limitar los cambios, tratan de evitar la
historia. Lo hacen manteniendo un bajo
standard de vida –y por ende preservando el ambiente–, tratando de controlar el
crecimiento demográfico y basando el poder en el consenso.[99]
En este punto se ve claramente una de las tantas paradojas de la
filosofía de Lévi-Strauss, que sus muchos críticos no han dejado de señalar[100]:
luego de haber emitido un juicio tan áspero y negativo de la sociedad
industrial, uno se esperaría que repudiase
la ciencia o, más en general, la "mirada científica" que
objetiviza la naturaleza, que la transforma en cosa. Porque el desarrollo de nuestra “sociedad entrópica” ha ido de la
mano con el de la ciencia y la tecnología.
Pero al contrario, Lévi-Strauss ubica su propia investigación en el
ámbito de las ciencias naturales; es más, la encuadra en el más riguroso y
globlal cientificismo materialista. Así
es como él se expresa en un famoso pasaje: « ...Creemos que el fin último de
las ciencias humanas no es constituir al hombre, sino disolverlo. El valor
eminente de la etnología es el de corresponder a la primera etapa de una acción
que comporta a otras: más allá de la diversidad empírica de las sociedades
humanas, el análisis etnográfico quiere llegar a invariables ... Sin embargo, no basta con reabsorber las
humanidades particulares en una humanidad general; esta primer empresa esboza
otras ... que incumben a las ciencias exactas y naturales: reintegrar a la
cultura en la naturaleza y, finalmente, a la vida en el conjunto de sus
condiciones físico-químicas».[101]
En una última
reducción, para Lévi-Strauss, los distintos tipos de sociedades humanas derivan
simplemente de distintas configuraciones de los elementos estructurales de la
mente humana, cuya raiz se encuentra en los funcionamientos bioquímicos y
biofísicos. Esto es así porque la mente
humana no es otra cosa que un atributo del cerebro humano y constituye un sistema
cerrado: como un caleidoscopio donde sucesivos movimientos producen continuos
juegos de formas y colores, pero siempre a partir de pocos elementos simples.
Es evidente que este
naturalismo y anti-humanismo radicales se prestan a objeciones en distintos
niveles. Las más inmediatas se refieren
a la posición y al rol del observador.
Después de todo, es siempre un hombre el que estudia a los
hombres-hormiga. Como ha escrito el
fenomenólogo M. Dufrenne: «Sea cual fuere el elemento en donde se mueve,
el pensamiento del hombre se enfrentará siempre con la fatigosa tarea de reconducir
el pensamiento al pensador; no importa lo que se diga del hombre, será siempre
un hombre quien lo dice ... ».[102]
Debemos considerar
además el punto clave del valor que pueden tener las interpretaciones de las
estructuras culturales de los pueblos primitivos efectuadas por una mente
moderna que, por definición, posee una configuración inconsciente diferente de
aquello que interpreta.
Lévi-Strauss ha reconocido que sus interpretaciones de los mitos
primitivos constituyen una suerte de traducción del código semántico del
"pensamiento salvaje" a un código moderno, y, en este sentido son, de
por sí, necesariamente míticas. Pero, si lo anterior es cierto –como ha
observado el filósofo post-estructuralista J. Derrida– no se entiende por qué
habría que tomar esas interpretaciones
en serio.
Michel Foucault, de quien examinaremos la ideas fundamentales
especialmente en lo que respecta a su visión del hombre y la crítica que hace
al humanismo, ha siempre sostenido que no era un estructuralista. En su opinión
una tal denominación no significa nada, dado que engloba personalidades que
tienen muy poco en común.[103] Cuando describe su propia formación y el
clima general que reinaba al momento de la conformación de su pensamiento,
Foucault se siente parte de aquella generación que, al principio de los años
Cincuenta, ya no se reconocía más en el existencialismo de Sartre y
Merleau-Ponty y en su insistencia en los problemas del
"sentido". La generación de
Foucault, después de los estudios de Lévi-Strauss sobre las sociedades y de
Lacan sobre el inconciente, considera superficial y vana la problemática
existencialista. Aquello que vale la pena indagar es el
"sistema". Éstas son, en las
palabras de Foucault, las razones: «En todas las épocas el modo de reflexionar
de la gente, el modo de escribir, de juzgar, de hablar (incluso en las
conversaciones de la calle y en los escritos más cotidianos) y hasta la forma
en que las personas experimentan las cosas, las reacciones de su sensibilidad,
toda su conducta, está regida por una estructura teórica, un sistema, que
cambia con los tiempos y las sociedades pero que está presente en todos los
tiempos y en todas las sociedades».[104]
No existe un pensamiento verdaderamente libre: siempre «se piensa en el
interior de un pensamiento anónimo y constrictor que es el de una época y el de
un lenguaje. ... La tarea de la filosofía actual ... es la de sacar a la luz
este pensamiento ..., ese transfondo sobre el cual nuestro pensamiento
"libre" emerge y centellea durante un instante».[105]
Y así es como Foucault describe los aspectos fundamentales de su
problemática. El fin de toda su obra es «... intentar encontrar en la historia
de las ciencias, de los conocimientos y del saber humano algo que sería como su
“inconsciente”. ... Si se quiere, la hipótesis de trabajo es globalmente ésta:
la historia de los conocimientos no obedece simplemente a la idea de progreso
de la razón; no es la conciencia humana o la razón humana quien detenta las
leyes de su historia. Por debajo de lo
que la ciencia conoce de sí misma existe algo que desconoce, y su historia, su
devenir, sus episodios, sus accidentes obedecen a un cierto número de leyes y
determinaciones. Son precisamente esas
leyes y esas determinaciones lo que yo he intentado sacar a luz. He intentado desentrañar un campo autónomo
que sería el del inconsciente de la ciencia, el inconsciente del saber que
tendría sus propias reglas del mismo modo que el inconsciente del individuo
humano tiene también sus reglas y sus determinaciones».[106]
Además, para Foucault, uno de los obstáculos más graves con los que se
enfrenta el pensamiento actual es la idea de "humanismo". Por ello, una de las tareas principales de
su obra es la de depurar el campo filosófico de tal idea. En las palabras de Foucault, «Los
descubrimientos de Lévi-Strauss, de Lacan, de Dumezil ... borran no sólo la
imagen tradicional que se tenía del hombre, sino que, a mi juicio, tienden
todas a convertir en inútil, para la investigación y para el pensamiento, la
idea misma de hombre. La herencia más
gravosa que hemos recibido del siglo XIX –y de la que ya es hora de
desembarazarse– es el humanismo».[107]
Foucault, que había sido un estudiante brillante y contaba con una
formación filosófica y sicológica, inicia su carrera con una obra profundamente
original, La historia de la locura en la edad clásica [108],
publicada en 1961. En este libro Foucault describe una historia de la locura en
Occidente, que parte del Renacimiento y, pasando por la Edad de la Razón (la
"edad clásica") llega al siglo XIX, o sea hasta la fundación de la
siquiatría como "ciencia".
Foucault revierte la interpretación normal y optimista que presenta a la
siquiatría como a una disciplina en continua evolución y crecimiento; el libro
constituye una suerte de contra-historia de esta disciplina. La locura emerge como un concepto
históricamente cambiante, móvil, que asume formas a veces contradictorias, y
que en general depende del conjunto de creencias que caracterizan a una época. Así, en el Renacimiento, durante el cual a
los locos se los deja a menudo libres, de alguna manera la locura
"habla" a los sanos de otro mundo a donde la razón no llega, o, como
en la combinación del rey-bufón, la locura desafía a la razón mostrando la
demencia que hay en ella y presentándole sus proprias razones. Mientras que en la sucesiva edad del
racionalismo, la locura está separada de la razón y deviene la no-razón: se
confina a los locos en lugares cerrados junto a los pobres, los vagabundos, los
criminales, es decir junto a aquéllos que no tenían trabajo y que podían
constituir una amenaza para la sociedad.
Este grupo heterogéneo está unido por el hecho de diverger del
comportamiento que en aquella época se consideraba conforme a la razón. A fines del siglo XVIII se inicia la fase
moderna, con la reforma que aisla a los locos de sus compañeros de desventura y
se da origen al manicomio como lugar de confinamiento y de tratamiento
médico. A partir de este momento, el
loco deviene objeto del estudio y de la práctica siquiátrica, o sea de un saber
que se constituye como resultado de tales actividades. La locura es ahora "enfermedad
mental" que "habla" según el discurso médico; el loco es
acallado y por él hablan las distintas interpretaciones, en conflicto entre sí,
construídas incesantemente por lo siquiatras.
Pero la locura, relegada por la fuerza al manicomio, "grita"
en la sociedad moderna a través del arte
–su único lugar de expresión–
desafiando y relativizando la normalidad burguesa: grita con las voces
de Sade, Hölderlin, Van Gogh, Nietzsche...
No obstante la buena recepción
en los ambientes académicos y entre las corrientes de la
anti-siquiatría, el libro no tuvo gran
resonancia. Y lo mismo ocurrió con el
sucesivo, Nacimiento de la clínica, de planteo similar. Fue con la publicación de Las palabras y
las cosas [109]
en 1966 que Foucault tuvo gran éxito, aun entre el público no especialista,
éxito que lo catapultó al centro de la escena de la filosofía francesa.
En este libro, que en inglés fué traducido –por sugerencia del autor–
como The Order of Things (El orden de las cosas), Foucault se
propone estudiar los códigos culturales fundamentales que han
determinado el ordenamiento de la experiencia humana en Occidente. Como ya hemos visto, para Foucault, la
actividad cognoscitiva en cualquier período histórico no es libre, sino que se
da dentro de ciertos canales ya delineados, dentro de ciertas formas de
conocimiento dadas, que son simultáneamente anónimas, inconcientes e
ineludibles. Él llama a estas formas episteme
(esta palabra, de origen platónica, se usa comúnmente en filosofía con el
significado de "conocimiento verdadero", "ciencia"). Los episteme constituyen “a priori
sociales” que delimitan, en la totalidad de la experiencia posible, un espacio
cognoscitivo específico y determinan tanto los modos de ser de lo que se conoce
en ese espacio, como los criterios según los cuales se construye un discurso
"verdadero".
Un episteme es ineludible porque, como dice Foucault, cualquier
ordenamiento de las cosas o de los conceptos, «cualquier similaridad o
distinción, aún para una percepción no entrenada, es siempre el resultado de
una precisa operación y de la aplicación de un criterio preliminar». [110]
En este contexto, evidentemente no tiene sentido preguntarse si un
episteme es verdadero o falso, o cuál es su valor racional. Es el
episteme mismo el que determina lo que se puede decir y el modo de construir
las verdades reconocidas en una época dada.
Es el fundamento de los discursos,
el reticulado conceptual que permite o excluye la existencia de tales
verdades; es lo no-pensado mediante lo cual se modela y articula el
conocimiento y el saber.
El estudio efectuado en Las palabras y las cosas cubre
aproximadamente el mismo período considerado en La historia de la locura,
desde el Renacimiento hasta el fin del siglo XIX. Foucault individua a los distintos episteme a través del
estudio de las distintas configuraciones históricas de tres “empiricidades”, o
sea de tres áreas fundamentales del saber empírico que son el lenguaje, la
economía y la vida. Esto porque, según
Foucault, los conocimientos humanos se han siempre ocupado, de un modo u otro,
de palabras, bienes materiales y seres vivientes. Las palabras y las cosas no es, sin embargo, una historia en
sentido clásico, sino una “arqueología”, en particular –como aclara el subtítulo– una arqueología de las ciencias humanas. Con estos términos, Foucault entiende una
investigación que, partiendo del presente lleve a la luz –como en una excavación– lo que está por debajo de ese conjunto de
conocimientos que actualmente se conoce con el nombre de ciencias humanas: ante
todo, la sicología, la sociología, la crítica literaria, la historiografía y
luego las contra-ciencias, como él las llama, es decir, la etnología, el
sicoanálisis y la lingüística. Pero
esta investigación no tiene por objetivo la reconstrucción de la historia de su
desarrollo, sino llegar a un diagnóstico de su actual status cognoscitivo, o
sea, de su capacidad, validez y
límites en cuanto ciencias del hombre.
Foucault no discute sus contenidos ni sus teorías actuales, así como al
arqueólogo no le importa la superficie en la que excava. El diagnóstico de su estado presente es
posible sólo reconstruyendo el episteme que constituyó su condición de
existencia y que, consecuentemente, ha permitido que aparecieran y que se
articularan como lo han hecho. La
arqueología, como método, trata de aislar los diferentes estratos horizontales
dentro de los cuales las tres "empiricidades" fundamentales aparecen
con distintos ordenamientos. Es así
que, a partir de los modos en los que, en Occidente, durante los últimos
cuatro, cinco siglos, se ha hablado del lenguaje, de los bienes materiales y de
la vida, es posible reconstruir los diferentes episteme. Aquél que ha dado origen a las ciencias
humanas emergerá, en esta excavación, como un estrato específico, distinto de
los subyacentes. Con el concepto de
arqueología Foucault demuestra seguir, por lo que respecta a la historia, la
lección de Lévi-Strauss y, sobre todo, la de Nietzsche: él parte concientemente
del presente para aclarar el
presente. La historia es
solamente un archivo y la arqueologia
–mediante el análisis sincrónico de los restos– muestra su discontinuidad, los distintos
estratos de depósito, pero no individua "sujetos históricos" ni
explica por qué o cómo se haya pasado de un estrato a otro. Foucault, a diferencia de Lévi-Strauss, no
busca estructuras invariables, sino que
–como el Nietzsche de la Genealogía de la moral– muestra la esencial fluidez de todos los
significados sociales y su incesante reinterpretación.
Foucault identifica tres episteme en el período que investiga y entre
ellos, dos momentos de neta separación.
El primer episteme es el del Renacimiento que se caracteriza por la semejanza.
Para el hombre del Renacimiento, todos los seres están envueltos en una
apretada red de semejanzas y correspondencias.
Cada uno de ellos conduce a otro, al cual está ligado por invisibles
hilos, por sutiles analogías. El
pensamiento del hombre del Renacimiento no separa las cosas, sino que las une
entre sí, ordena el mundo utilizando al cuerpo humano, donde todo está en
estrecha relación, como metáfora suprema.
El lenguaje del Renacimiento es, como dice Foucault, la "prosa del
mundo". Sus signos no son arbitrarios, sino que reconducen a la esencia misma de las cosas: entre significante y
significado existe necesariamente una relacion, algún tipo de semejanza que el
estudioso debe descubrir. El
conocimiento es fundamentalmente interpretacion, exégesis, del gran libro del
mundo que Dios ha escrito para los hombres, es búsqueda de los signos, de las signaturas,
es decir de los trazos que la mano de Dios ha dejado, como una firma, en la
naturaleza.
De repente, a mediados del siglo XVII, este episteme se derrumba. El
carácter general del nuevo episteme está dado por la representación,
vocablo con el cual Foucault indica la racionalidad abstracta que divide e
individua: «La actividad de la mente
...ya no será la de reunir las cosas, dedicarse a buscar algo que pueda
revelar un parentesco, una atracción,
una naturaleza secretamente común a ellas, sino que, al contrario, será
la de discriminar, o sea,
establecer la identidad de las cosas... En este sentido, la discriminación
impone, en la comparación, la búsqueda primaria y fundamental de las
diferencias...».[111]
En todos los campos, las cosas son medidas, ordenadas, tabuladas,
colocadas en serie, en columnas, en estructuras. El conocimiento se espacializa y todas las
"ciencias" son ciencias del orden, son taxonomías, nomenclaturas,
clasificaciones, siguiendo el modelo de la Botánica de Linneo. En todos los
campos, el análisis substituye a la analogía. En el lenguaje, el nexo de
similitud, la conjunción entre significado y significante desaparece: la
relación entre ambos deviene simplemente convencional, pero al mismo tiempo se
la entiende como una relación clara e inequívoca. Las palabras y las cosas pertenecen a dos órdenes paralelos. Es
la naturaleza misma de la conciencia humana, así como ha sido creada por Dios,
la que permite esta relación transparente entre cosa y concepto de la cosa,
entre cosa y palabra.
Este episteme desaparece abruptamente hacia finales del siglo
XVIII. Comienza ahora la época moderna propiamente dicha, cuyo episteme se
caracteriza por la historicidad y, como dice Foucault, por la aparición
del hombre.
En la "tabla", que es la metáfora del episteme de la
edad del racionalismo, irrumpen inesperadamente el tiempo y la historia. Por ejemplo, los organismos vivientes,
colocados uno junto a otro en las clasificaciones, se demuestran –con sus
semejanzas y diferencias estructurales– adyacentes ya no en el espacio
abstracto de la serialidad, sino en una sucesión temporal. Su proximidad habla ahora de una transformación,
de una evolución, de pasajes y relaciones entre identidades que ya no son
estables. En el lenguaje se descubre la
estratificación de los significados que la historia ha ido depositando
continuamente. La palabra ya no es una
entidad definida y clara que reconduce en modo transparente a un concepto o a
una cosa del mundo; ahora es una construcción ambigua, cargada de significados
adquiridos y perdidos. De este modo la
filología reemplaza a la gramática como centro de interés. En la economía, el estudio del intercambio
de bienes pasa a segundo plano con respecto a la producción. En todos los campos, el pensamiento moderno
reconoce el dinamismo y la transformación.
El nuevo ordenamiento de las cosas se produce en base a la
historicidad. Más aún: para Foucault
todas las categorías del pensamiento moderno son fundamentalmente antropológicas
y ésta es la característica más específica del nuevo episteme.
En la edad moderna, nos aclara Foucault, la “representación” no
desaparece, pero, con la introducción de las categorías dinámicas, disminuye, pierde transparencia y –por
efecto de su propia estaticidad– no puede dar cuenta del devenir. Además se debilita la fe en un Dios que
garantice que la naturaleza de la conciencia humana permita un conocimiento claro
y verdadero del mundo. Como
consecuencia, la “representación” ya no constituye el terreno común para todos
los conocimientos; no es más el pensamiento sino un modo de pensar. Surge entonces el problema de fundamentar el
conocimiento de algún modo y es precisamente ésta la tarea a la que, según
Foucault, se dedica toda la filosofía moderna, desde Kant hasta Husserl. La filosofía moderna, por lo tanto, no es
otra cosa que epistemología o búsqueda del "sentido". Si antes Dios y la transparencia de la “representación”
daban un fundamento infinito al conocimiento, ahora éste deberá fundarse sobre
un ser finito: el hombre. Pero
este ser presenta una dualidad imposible de superar en cuanto es «... un individuo que vive, habla y trabaja
de acuerdo a las leyes de una biología, una filología y una economía, pero que,
por una suerte de torsión y sobreposición internas, ha adquirido el derecho,
precisamente a través de la interacción de estas mismas leyes, de conocerlas y
someterlas a una clarificación total».[112]
O como dice sintéticamente otro pasaje:
«... es un ser cuya naturaleza es ... conocer a la naturaleza y, de
consecuencia, a sí mismo como ser natural».[113]
En otras palabras, el ser humano que emerge luego del colapso del
episteme racionalista es, por una parte, un ser natural y finito, sujeto
a toda una serie de limitaciones y determinaciones que las "ciencias"
de la economía, la biología y la linguística muestran con sus leyes. Es un ser que habla un lenguaje que no es
suyo, en el que se han sedimentado las palabras de infinitas generaciones, un
ser que entra en un mundo de producción
ya organizado y dotado de reglas internas propias, un ser que tiene un cuerpo
sujeto a todas las leyes químicas y físicas...
Un ser que nace en una sociedad con una organización y con valores ya
dados y cuyo proceso cognoscitivo está sometido a una serie de mecanismos y
determinismos, un ser marcado por una no-trasparencia original, un
inconsciente, es decir, un "otro" dentro de sí que no podrá jamás ser
absorbido en ese sí, como las nuevas ciencias humanas de la sicología, la
sociología y el sicoanálisis demostrarán más adelante.
Pero este ser, limitado y finito, es también el sujeto de tales
conocimientos. Y además, a pesar de ser él en quien se deben establecer
empíricamente estos conocimientos, es quien debe poseer en sí sus fundamentos
para que la investigación misma tenga sentido.
En esta circularidad se mueven las ciencias humanas y toda la
filosofía del episteme moderno.
Es precisamente este doble rol de objeto del conocimiento y sujeto
del conocer (que Foucault decribe
detalladamente en el capítulo que lleva por título El hombre y sus
dobles) que ha creado todas las antinomias y las contradicciones de la
filosofía moderna, para llevarla finalmente a un callejón sin salida. Es hora de despertar de este "sueño
antropológico", dice Foucault parafraseando a Kant y a su "sueño
dogmático". Es hora de que el
pensamiento se libere de este tipo de humanismo.
Es en el sentido descrito hasta aquí que para Foucault el hombre
nace sólo al inicio del siglo XIX. Él
utiliza entonces el término hombre para designar esta construcción
intelectualista y circular (autorreferente), pero que –para quien piensa desde
el interior del episteme moderno– es
simplemente el hombre.
Esta extraña figura ha podido nacer, dice Foucault haciendo referencia a
Nietzsche, sólo con la muerte, o mejor dicho, con el asesinato de Dios, cuyos
atributos ha tratado, poco a poco, de absorber. Éste ha sido también el acto que ha dado origen a las ciencias
humanas. Así es como Foucault relata la
parábola del hombre, su aparición y su fin próximo: «Inventar las ciencias humanas era en
apariencia hacer del hombre el objeto de un saber posible. Significaba constituirlo en objeto de conocimiento. Ahora bien, en este mismo siglo XIX se
esperaba, se soñaba con el gran mito escatológico de esa época que ha sido el
siguiente: actuar de tal modo que ese conocimiento del hombre surtiese tal
efecto que el hombre pudiese ser liberado de sus alienaciones, liberado de
todas las determinaciones que no controlaba; que pudiese, gracias al
conocimiento que poseía de sí mismo, convertirse por vez primera en dueño y
detentador de sí. Dicho de otro modo, se convertía al hombre en objeto de
conocimiento para que el hombre pudiese convertirse en sujeto de su propia
libertad y de su propia existencia.
Pues bien, lo que ocurrió –y en
este sentido se puede decir que el hombre nació en el siglo XIX– es que, a medida que se desarrollaban estas
investigaciones sobre él en tanto que objeto posible del saber, ... este famoso
hombre, esa naturaleza humana o esa esencia humana, lo propio del hombre, todo
eso nunca se encontró. Cuando se
analizaron, por ejemplo, los fenómenos de la locura o de la neurosis, lo que se
descubrió fue un inconsciente ... que en realidad no tenía nada que ver con lo
que se podía esperar de la esencia humana, de la libertad o de la existencia
humana. ... Lo mismo ocurrió con el lenguaje... ¿qué se ha encontrado? Se han encontrado estructuras, ... pero el
hombre en su libertad, en su existencia, una vez más ha desaparecido». [114]
«...Esta desaparición del hombre en el preciso momento en que era
buscado en sus raices no significa que las ciencias humanas vayan a
desaparecer. Yo nunca he dicho eso,
sino que las ciencias humanas van a desarrollarse ahora en un horizonte que ya
no está cerrado o definido por el humanismo.
El hombre desaparece en filosofía no tanto como objeto de saber cuanto
como sujeto de libertad y de existencia, ya que el hombre sujeto, el hombre
sujeto de su propia conciencia y de su propia libertad, es en el fondo una
imagen correlativa de Dios. El hombre del siglo XIX es Dios encarnado en la
humanidad. Se produce una especie de
teologización del hombre, un retorno de Dios a la tierra, que ha convertido al
hombre del siglo XIX en una especie de teologización de sí mismo. ... Nietzsche
ha sido quien, al denunciar la muerte de Dios, ha denunciado al mismo tiempo a
este hombre divinizado con el que no cesó de soñar el siglo XIX. Y cuando Nietzche anuncia la llegada del
superhombre, lo que anuncia en realidad no es la próxima venida de un hombre
que se asemejaría más a un Dios que a un hombre, lo que anuncia en realidad es
la venida de un hombre que ya no tendrá ninguna relación con ese Dios, cuya
imagen encarna».[115]
Y así, para Foucault, el acto que mató a Dios anuncia también la muerte
de su asesino: «... dado que él ha
matado a Dios, él mismo deberá dar una respuesta a su propia finitud; pero dado
que es en la muerte de Dios que habla, piensa, existe, este asesino está
destinado a morir; nuevos dioses, los mismos dioses, están ya encrespando el
océano futuro; el hombre desaparecerá!» [116]
Si el hombre no es una constante del pensamiento humano, sino una
creación reciente, que surge desde el interior de un episteme particular de la
cultura europea, entonces será cancelado «como un rostro dibujado en la arena a
orillas del mar»[117]
cuando este episteme, así como los que lo han precedido, se derrumbará. Foucault, al final de Las palabras y las
cosas parece presentir que ese momento no está lejos, que una suerte de
terremoto está por destruir las viejas formas del pensar, abriendo paso a un
pensamiento nuevo.
Estas son las ideas fundamentales de Foucault sobre el hombre y el
humanismo, así como aparecen en los textos citados, todos ellos anteriores a
Mayo del '68. Después de Las palabras y las cosas –y sobre todo después
de aquel evento clave– la búsqueda del filósofo orbita siempre más en torno a
Nietzsche, y se orienta hacia una genealogía de aquella trama de
relaciones que existen entre el saber y el poder a diferentes
niveles y en diferentes franjas de la sociedad. Mientras que en Las palabras
y las cosas el análisis de las "prácticas discursivas" es
fundamental, el problema del poder se vuelve central en sus escritos sucesivos.
Según Foucault el poder no está concentrado en un "lugar"
específico, en el Estado, como creen los comunistas: el poder es
omnipresente. En las diferentes
instituciones sociales el poder está ligado a un saber específico junto con el
cual se ha ido constituyendo históricamente.
El poder-saber dispone de técnicas y estrategias disciplinarias,
constructivas y no solamente represivas, por medio de las cuales se reproduce e
interioriza, es decir, se transforma en acciones que el individuo termina
creyendo libres. El "sujeto"
deviene así un producto de la dominación, un instrumento del poder. El poder, por lo tanto, no solamente
reprime, sino que forma, entrena y construye: objetos, estructuras
organizativas, rituales de verdad e individuos "disciplinados". Las técnicas disciplinarias son comunes al
Occidente capitalista y al Oriente comunista, y no desaparecen cuando el poder
pasa de una clase a otra, o de un grupo político a otro.
Esta investigación sobre el poder-saber, que en realidad había comenzado
con la Historia de la locura, alcanza su máxima expresión en Vigilar
y castigar, una genealogía de la práctica carcelera, que desde la prisión
se extiende hacia otros lugares de "reclusión" y disciplina
construídos por la sociedad burguesa: la escuela, la fábrica, el hospital. Éste es, tal vez, el libro más maduro y
fecundo de Foucault. Cuando la muerte lo sorprende trágicamente en 1984, el
filósofo estaba abocado a la tarea de completar una amplia Historia de la
Sexualidad concebida como una genealogía del sicoanálisis.
A comienzos de la década del ‘80, la
situación de los humanismos era desordenada.
Por una parte, el existencialismo sartriano
no había podido desembocar en una corriente que, expresada políticamente,
conmoviera los ambientes intelectuales más allá del estudio de los filósofos y
las producciones de los literatos.
Heidegger, había descalificado a todo
humanismo conocido como una expresión metafísica más. A cambio de esto, llamaba al silencio y a la preparación de la
“nueva alborada del Ser”.
El Humanismo teocéntrico, se hundía
en sus propias contradicciones a pesar
de los esfuerzos realizados para hacer aparecer al Cristianismo como la
verdadera encarnación del humanismo.
Autores como W. Luypen, trataron de
hacer de la Fenomenología también un humanismo[118], aun cuando se vio
claramente que el interés estaba puesto en abrir nuevos horizontes al Humanismo
cristiano. Pero tales intentos, no
pudieron desarrollarse en el tiempo que medió desde su origen hasta la década
del ‘80.
El humanismo marxista, luego de
algunos intentos por establecer campos diferenciados entre “humanismo burgués”
y “humanismo proletario”, adoptaba desde sus cúpulas burocráticas la postura
propiciada por Althusser.
De este modo, la palabra “humanismo”
vagó por distintos ambientes y terminó confundida con una suerte de actitud que
más bien se refería a la “preocupación por la vida humana en general”, acosada
por los problemas sociales, tecnológicos y de sentido.
Desde luego que no puede dejarse de
lado el trabajo que, aunque realizado en ámbito restringido, llevaba adelante
la “Tercera Escuela de Sicoterapia de Viena”.
Viktor Frankl recogía las enseñanzas de la fenomenología y el
existencialismo y las aplicaba exitosamente en una dirección totalmente nueva
respecto de las anteriores escuelas siquiátricas deterministas. Estas últimas, a la sazón, padecían también
la crisis de fundamento científico en la medida en que seguían apegadas a sus
mitos de origen.
En Psicoterapia y Humanismo,
dice Frankl: «La logoterapia no invalida, en modo alguno, los profundos e
importantes hallazgos de pioneros de la talla de Freud, Adler, Pavlov, Watson o
Skinner. Dentro de sus respectivas
dimensiones, cada una de estas escuelas posee vigencia. Pero su importancia y valor auténticos se
hacen tan solo visibles si las situamos dentro de una dimensión más elevada,
más amplia: dentro de la dimensión humana.
En ésta, ciertamente, el hombre no puede seguir siendo considerado como
un ser cuya preocupación básica es la de satisfacer impulsos y gratificar
instintos, o bien reconciliar al ello, al yo y al superyó: ni la realidad
humana puede comprenderse meramente como el resultado de procesos
condicionantes o de reflejos condicionados.
En dicha dimensión, el hombre se revela como un ente en busca de
sentido: una búsqueda que, realizada en vano, es origen de muchos males de
nuestra época. Un psicoterapeuta que
rehuse a priori escuchar “la voz que clama en demanda de sentido”, ¿cómo podrá
enfrentarse con la masiva neurosis de nuestros días?»
Y más adelante dice: «... La cualidad autotrascendente de la realidad
humana se refleja, a su vez, en la cualidad ‘intencional’ de los fenómenos
humanos como han señalado Franz Brentano y Edmund Husserl. Los fenómenos humanos se refieren y apuntan
a ‘objetos intencionales’. La razón y
el sentido representan objetos de esta índole.
Son el ‘logos’ al cual tiende la psique. Si la psicología ha de ser merecedora de su nombre, deberá
reconocer las dos mitades de que se compone su nombre, tanto ‘logos’ como
‘psique’».[119]
Pensadores como M. Buber, formados
en Occidente pero enraizados en distintas culturas hicieron también llegar su
aporte esclarecedor y refrescante.
Pero también en otras áreas alejadas
de las tradiciones culturales occidentales, el Humanismo operó (en la
práctica), convirtiéndose en factor dinamizante de sociedades que hasta hace
poco tiempo estaban fuera del debate de las ideas universales. Uno de los casos más interesantes fue el del
presidente K. Kaunda en Zambia quien había instalado un gobierno fuerte desde
el triunfo de la revolución anticolonialista en su país. Su pasaje de un humanismo declamativo a la
realización de un humanismo consecuente, mostró los rasgos de una verdadera
“conversión”.[120] Súbitamente abolió el partido único que lo
había mantenido como dictador; devolvió la libertad a los enemigos políticos;
lanzó las elecciones que habían sido reclamadas durante largos veinticinco
años; fue derrotado por el voto popular y abandonó la suma del poder, en una
sucesión de actos de libertad inexplicables para la burocracia que se había
consolidado. Y todo esto fue realizado
mientras contribuyó sustancialmente a la causa de la liberación étnica y
política de Sudáfrica y otros países de la región.
En la segunda mitad de la década, el
marxismo antihumanista de Althusser había resignado posiciones. Él mismo, tal vez como en su momento había
ocurrido con las locuras “metafísicas”[121] de Nietzsche y de
Hölderlin, se encontró sin salida en el desarrollo de su filosofía originaria y
produjo aquel desafortunado incidente, que bien podríamos calificar de
“suicidio” simbólico.
Por otra parte, la Perestroika avanzaba
a pasos fenomenales, dejando sin aliento al “Occidente” y, desde luego, a los
burócratas de los partidos comunistas dentro y fuera de la Unión
Soviética. La interpretación oficial de
los fenómenos sociales y de las aspiraciones de la sociedad socialista habían
cambiado drásticamente. Así, en el Informe
del Secretario General del CC del PCUS al Pleno del Comité Central, reunido
el 27 de Enero de 1987 en Moscú, se dice: «Nuestra moral, nuestro modo de vida
están sometidos a prueba. En este caso
se trata de su capacidad de desarrollar y enriquecer los valores de la
democracia socialista, de la justicia social y del Humanismo... Por su esencia revolucionaria, por su
audacia y por su orientación social humanista, el trabajo que está en marcha es
la continuación de la gran obra iniciada por nuestro Partido leninista en
octubre de 1917».[122]
No se trataba solamente de declamar
humanismos. En la práctica, el clima de
participación, democracia directa y desconfianza por el monopolio estatal,
mostraba a las claras que se trataba de la misma tendencia humanista que el
llamado ”joven” Marx hubiera suscrito sin ambages.
Un cambio de actitud, en todos los
órdenes, había empezado y algunos esbozos teóricos comenzaban a desarrollarse.
En tal sentido, Man, Science, Humanism: a New Synthesis de L. Frolov[123] muestra el
enriquecimiento de visión operado entre los ideólogos y científicos de la URSS,
poco tiempo antes de la llegada de la Perestroika.
Pasada la segunda mitad de la década
del ‘80, algunos movimientos retomaban la marcha perdida en los
acontencimientos de Mayo del ‘68. Esto,
básicamente, porque aquella generación, que prematuramente protagonizó los
acontecimientos de esa época, hoy se encontraba instalándose en el poder en los
distintos campos. Se recordaba con
nostalgia la “década prodigiosa” y un nuevo “naturalismo” comenzaba a
desarrollarse a través de distintas manifestaciones culturales y
políticas. Expresiones ecologistas
mostraron su influencia creciente, aun cuando habían comenzado a generarse a
partir de la década del ‘70.
Es en el Movimiento Humanista donde
aparece con claridad la influencia de un nuevo tipo de planteo teórico,
conocido como “Nuevo Humanismo”. El
Movimiento Humanista comienza a desarrollarse a través de organizaciones sociales,
culturales y políticas al comienzo de la década del ‘80, apoyándose en
numerosos temas propiciados por el método fenomenológico y las corrientes
existencialistas, estructurados de un modo original bajo la perspectiva del
pensamiento de Silo.
“... Silo[124] explica que el ser
humano, antes de ponerse a pensar respecto a sus orígenes, o su destino, etc.,
se encuentra en una determinada situación vital. Situación que no ha elegido.
Así, nace sumergido en un mundo natural y también social, plagado de
agresiones físicas y mentales, que registra como dolor y sufrimiento.[125] Y se moviliza contra
los factores agresivos, tratando de superar el dolor y el sufrimiento. A diferencia de otras especies, la humana es
capaz de ampliar sus posibilidades corporales mediante la producción y
utilización de instrumentos, de ‘prótesis’ (en su etimología: pro=delante y
thesis=posición). Así es que, en su
accionar contra los factores dolorosos, produce objetos y signos que se
incorporan a la sociedad y que se transmiten históricamente. La producción organiza a la sociedad y, en
continua realimentación, la sociedad organiza a la producción. Éste, desde luego, no es el mundo social y
natural de los insectos, que trasmiten su experiencia genéticamente. Éste es un mundo social que modifica el
estado natural y animal del ser humano.
En este mundo, nace cada ser humano.
Un mundo en que su propio cuerpo es parte de la naturaleza y un mundo no
natural, sino social e histórico. Es
decir, un mundo de producción (de objetos, de signos), netamente humano. Un mundo humano en el que todo lo producido
está “cargado" de significación, de intención, de para qué. Y esa intención está lanzada, en última
instancia, a superar el dolor y el sufrimiento. Con su característica
ampliación del horizonte temporal, el ser humano puede diferir respuestas,
elegir entre situaciones y planificar su futuro. Y es esta libertad la que le permite negarse a sí mismo, negar
aspectos de su cuerpo, negarlo completamente como en el suicidio, o negar a
otros. Esta libertad ha permitido que
algunos seres humanos se apropien ilegítimamente del todo social. Es decir, que nieguen la libertad y la
intencionalidad a otros seres humanos, reduciéndolos a prótesis, a instrumentos
de sus propias intenciones. Allí está
la esencia de la discriminación, siendo su metodología la violencia física,
económica, racial y religiosa.
Necesariamente, aquellos que han reducido la humanidad de otros seres
humanos, han provocado con esto nuevo dolor y sufrimiento, reiniciando en el
seno de la sociedad la antigua lucha contra la naturaleza, pero ahora contra
otros seres humanos convertidos en objetos naturales. Esta lucha no es entre fuerzas mecánicas, no es un reflejo
natural. Es una lucha entre intenciones
humanas y esto es, precisamente, lo que nos permite hablar de opresores y
oprimidos, de justos e injustos, de héroes y cobardes. Esto es lo único que permite rescatar la
subjetividad personal, y es lo único que permite practicar con sentido la
solidaridad social y el compromiso con la liberación de los discriminados, sean
estos mayorías o minorías. A estas
alturas, se impone una definición del ser humano. No bastará decir: ‘el hombre es el animal social’, porque otros
animales también lo son. Será
incompleto definirlo como fabricante de objetos, poseedor de lenguaje,
etc. En la concepción siloísta, ‘el
hombre es el ser histórico, cuyo modo de acción social transforma a su propia
naturaleza’. Si admitimos esta
definición, tendremos que aceptar que puede transformar también su propia
constitución física... Y así está
sucediendo; comenzó con prótesis externas y hoy las está introduciendo en su
propio cuerpo. Está cambiando sus
órganos. Está interviniendo en su
química cerebral. Está fecundando ‘in
vitro’ y ha comenzado a manipular sus genes.
Reconociendo que todo ser humano se encuentra en situación y que esta
situación se da en el mundo de lo natural (cuyo exponente más inmediato es el
propio cuerpo), al par que en el mundo social e histórico; reconociendo las
condiciones de opresión que algunos seres humanos han establecido en el mundo,
al apropiarse del todo social, se desprende una ética social de la libertad[126], un compromiso querido
de lucha no sólo contra las condiciones que me producen dolor y sufrimiento,
sino que lo provocan a otros. Porque la
opresión a cualquier ser humano es también mi opresión. Su sufrimiento es el mío y mi lucha es
contra el sufrimiento y aquello que lo provoca. Pero al opresor no le basta con encadenar al cuerpo. Le es necesario llegar más lejos, apropiarse
de toda libertad y de todo sentido. Por
tanto, apropiarse de la subjetividad.
Por lo anterior, las ideas y el pensar deben ser cosificadas por el
Sistema. Las ideas ‘peligrosas’ o ‘sospechosas’
deben ser aisladas, encerradas y destruidas como si se tratara de gérmenes
contaminantes. Vistas así las cosas, el
ser humano debe reclamar también su derecho a la subjetividad: a preguntarse
por el sentido de su vida y a practicar y predicar públicamente sus ideas y su
religiosidad o irreligiosidad. Y
cualquier pretexto que trabe el ejercicio, la investigación, la prédica y el
desarrollo de la subjetividad... que lo
trabe o lo postergue, muestra el signo de la opresión que detentan los enemigos
de la humanidad... “
En Contribuciones al Pensamiento,[127] Silo expone plenamente
las bases teóricas de su concepción, pero es en Cartas a mis Amigos
donde se expresa el Nuevo Humanismo con todo el vigor de un manifiesto.[128] Desde luego que ya se habían publicado el Humanist
Manifesto de 1933, inspirado por Dewey, y también el Humanist Manifesto
II de 1974, influido por las ideas de Lamont y suscrito entre otros por
Sakharov. Tal vez para ponerse a
distancia del naturalismo del primero y del social-liberalismo del segundo,
Silo le da a su escrito el título de “Documento del Movimiento Humanista”. Pasamos a transcribir la introducción
del Documento.[129]
«Los humanistas son mujeres y
hombres de este siglo, de ésta época. Reconocen
los antecedentes del humanismo histórico y se inspiran en los aportes de las
distintas culturas, no solamente de aquellas que en este momento ocupan un
lugar central. Son, además, hombres y
mujeres que dejan atrás este siglo y este milenio, y se proyectan a un nuevo
mundo».
«Los humanistas sienten que su
historia es muy larga y que su futuro es aún más extendido. Piensan en el porvenir, luchando por superar
la crisis general del presente. Son optimistas,
creen en la libertad y en el progreso social».
«Los humanistas son
internacionalistas, aspiran a una nación humana universal. Comprenden globalmente al mundo en que viven
y actúan en su medio inmediato. No
desean un mundo uniforme sino múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y
costumbres; múltiple en las localidades, las regiones y las autonomías;
múltiple en las ideas y las aspiraciones; múltiple en las creencias, el ateísmo
y la religiosidad; múltiple en el trabajo; múltiple en la creatividad».
«Los humanistas no quieren amos; no
quieren dirigentes ni jefes, ni se sienten representantes ni jefes de
nadie. Los humanistas no quieren un
Estado centralizado, ni un Paraestado que lo reemplace. Los humanistas no quieren ejércitos
policíacos, ni bandas armadas que los sustituyan».
«Pero entre las aspiraciones
humanistas y las realidades del mundo de hoy, se ha levantado un muro. Ha llegado pues, el momento de
derribarlo. Para ello es necesaria la
unión de todos los humanistas del mundo».
En una de sus más recientes
conferencias, Silo[130] caracteriza al
Humanismo como una actitud y una perspectiva frente a la vida, negando
que éste haya sido una filosofía.
Precisamente, según este autor, la confusión entre defensores y
detractores parte de una ubicación falsa del fenómeno y reclama un replanteo de
toda la cuestión. Por otra parte, niega
que el humanismo histórico defina con exclusivismo esa actitud que, por lo
demás, se encuentra en diversas culturas y regiones. Examinemos algunos de sus comentarios.
«Será conveniente explicitar
nuestros intereses respecto a estos temas ya que de no hacerlo se podría pensar
que estamos motivados simplemente por la curiosidad histórica o por cualquier
tipo de trivialidad cultural. El
Humanismo tiene para nosotros el cautivante mérito de ser no solo historia sino
también proyecto de un mundo futuro y herramienta de acción actual. Nos interesa un humanismo que contribuya al
mejoramiento de la vida, que haga frente a la discriminación, al fanatismo, a
la explotación y a la violencia. En un
mundo que se globaliza velozmente y que muestra los síntomas del choque entre
culturas, etnias y regiones debe existir un humanismo universalista, plural y
convergente. En un mundo en el que se
desestructuran los países, las instituciones y las relaciones humanas, debe
existir un humanismo capaz de impulsar la recomposición de las fuerzas
sociales. En un mundo en el que se
perdió el sentido y la dirección en la vida, debe existir un humanismo apto
para crear una nueva atmósfera de reflexión en la que no se opongan ya de modo
irreductible lo personal a lo social ni lo social a lo personal. Nos interesa un humanismo creativo, no un
humanismo repetitivo; un nuevo humanismo que teniendo en cuenta las paradojas
de la época aspire a resolverlas...
Empecemos por lo reconocible históricamente en Occidente, dejando las
puertas abiertas a lo sucedido en otras partes del mundo en las que la actitud
humanista ya estaba presente antes del acuñamiento de palabras como
‘humanismo’, ‘humanista’ y otras cuantas del género. En lo referente a la actitud que menciono y que es posición común
de los humanistas de las distintas culturas, debo destacar las siguientes
características: 1. ubicación del ser
humano como valor y preocupación central; 2.
afirmación de la igualdad de todos los seres humanos; 3. reconocimiento de la diversidad personal y
cultural; 4. tendencia al desarrollo
del conocimiento por encima de lo aceptado como verdad absoluta; 5. afirmación de la libertad de ideas y
creencias y 6. repudio de la
violencia».
Más adelante pasa revista a algunos
prejuicios que ya se inician con la aceptación de la palabra “humanismo”, sin
comprender que ella tuvo poco que ver con la actitud humanista. «...en realidad la actitud humanista había
comenzado a desarrollarse mucho antes y esto podemos rescatarlo en los temas
tratados por los poetas goliardos y por las escuelas de las catedrales
francesas del siglo XII. Pero la
palabra ‘umanista’, que designó a un cierto tipo de estudioso, recién comenzó a
usarse en Italia en 1538. En este punto
remito a las observaciones de A. Campana en su artículo: The Origin of the
Word ‘Humanist’, publicado en 1946.
Con lo anterior estoy destacando que los primeros humanistas no se
reconocían a sí mismos bajo esa designación que, en cambio, tomará cuerpo mucho
más adelante. Y aquí habría que
consignar que palabras afines como ‘humanistische’ (‘humanístico’), de acuerdo
con los estudios de Walter Rüegg, comienzan a usarse en 1784 y ‘Humanismus’
(‘humanismo’) empieza a difundirse a partir de los trabajos de Niethammer de
1808. Es a mediados del siglo pasado,
cuando el término ‘humanismo’ circula en casi todas las lenguas. Estamos hablando, por consiguiente, de
designaciones recientes y de interpretaciones de fenómenos que seguramente
fueron vividos por sus protagonistas de un modo muy diferente a como los
consideró la historiología o la historia de la cultura del siglo pasado».
Luego retoma la cuestión humanista en el momento actual. «Dijimos que los filósofos de la existencia reabrieron el debate sobre un tema que parecía muerto. Pero este debate partió de considerar al humanismo como una filosofía cuando en realidad nunca fue una postura filosófica sino una perspectiva y una actitud frente a la vida y las cosas. Si en el debate se dio por aceptada la descripción del siglo XIX, no es de extrañar que pensadores como Foucalt hayan acusado al humanismo de estar incluido en ese relato. Tal vez la discusión estuvo basada en la posición del existencialismo que planteó la cuestión en términos filosóficos. Viendo estas cosas desde la perspectiva actual nos parece excesivo aceptar una interpretación sobre un hecho como el hecho mismo y, a partir de ello, atribuir a éste determinadas características. Althusser, Lévi-Strauss y numerosos estructuralistas han declarado en sus obras su antihumanismo, del mismo modo que otros han defendido al humanismo como una metafísica o, cuando menos, una antropología... En realidad, el humanismo histórico occidental no fue en ningún caso una filosofía, ni aún en Pico de la Mirándola o en Marsilio Ficino. El hecho de que numerosos filósofos estuvieran incluidos en la actitud humanista no implica que ésta fuera una filosofía. Por otra parte, si el humanismo renacentista se interesó por los temas de la ‘filosofía moral’ debe entenderse a esa preocupación como un esfuerzo más por desbaratar la manipulación práctica que en ese campo efectuó la filosofía escolástica medieval. Desde esos errores en la interpretación del humanismo, considerado como una filosofía, es fácil llegar a cualquier postura. Así las cosas, autores como Lamont han definido sus humanismos como naturalistas y antiidealistas afirmando el antisobrenaturalismo, el evolucionismo radical, la inexistencia del alma, la autosuficiencia del hombre, la libertad de la voluntad, la ética intramundana, el valor del arte y el humanitarismo. Creo que éstos tienen todo el derecho en caracterizar así a sus concepciones pero me parece un exceso sostener que el humanismo histórico se haya movido dentro de esas direc